Y yo como tantos otros tuve que emigrar, las ofertas laborales que había era trabajar en la tierra o en las canteras de mármol blanco donde trabajaban hombres de Lubrín y de todas sus aldeas, también venían de otros pueblos vecinos.
A finales de los años 50 y principios de los 60 hubo dos clases de emigraciones: La nacional que la mayoría iba hacia Cataluña y la Europea que se hacía en países como Alemania los que más, también marchaban a Bélgica, Holanda, Suiza y Francia; mi padre emigró hacia Alemania y yo años más tarde a Barcelona. En las canteras para el trabajo tan duro que se hacía no estaba bien remunerado pero también tenía sus ventajas, la más importante es que tenías la garantía de cobrar todos los sábados en las llamadas "canteras del Tranco " que eran propiedad de Don Carlos Tortosa, estaban dirigidas por un gran hombre lleno de humanidad, era Italiano y se llamaba Gino, su mujer también italiana de nombre Alma, una gran dama, con Gino podías marchar donde quisieras intentando buscar una vida mejor porque si las cosas te iban mal y decidías no seguir emigrando él volvía a darte trabajo. Algunos hombres alternaban el trabajo de la cantera y de la tierra siempre con la ayuda de su familia, otros la dedicación era total, labrar las tierras casi todas eran de secano y guardar los ganados de cabras y en minoría otros animales.
Era muy bonita ver balanceándose los sembrados de trigo cuando tumbados por el viento hacían "la ola", el grano que más se sembraba era la cebada, el trigo, la avena y el centeno, también pero en menos cantidad eran los garbanzos y présoles, por último el panizo.
Parecía imposible en pleno verano con la calor que hacía y sin caer una gota de agua ver esos llanos sembrados de panizo con sus matas muy altas adornadas sus panochas con pelos de colores variados todo fruto del trabajo bien hecho de unos hombres y de una Tierra sabia y generosa.
Recuerdo un requiebro local que se les decía a las damiselas de catorce y quince años: "! Criatura te has criedo como el panizo en un verano... y ya eres una bella moza...!"
También en verano teníamos la época de la trilla que consistía en recoger los frutos de un año de mucho madrugar y mucho trabajo. Para los niños era estupendo, para la trilla nos gustaba que nos montaran en el trillo y cuando se despistaban los mayores bebíamos a escondidas un trago de Paloma que era agua con agua ardiente que mezclaban en el botijo de barro colgado siempre de algún árbol y la fiesta era completa si por la noche nos dejaban dormir en la era sobre la palva encima de jarapas, solo había un pequeño problema que amanecía muy temprano y el madrugón era muy grande, como todo tiene su historia sobre la trilla os diré que en la era de la venta del campico se inauguró con doce pares de mulos, fue un gran acontecimiento para la época muy comentado.
A mitad de los años 50 vinieron las "vacas flacas" hubo cinco o seis años de sequía seguidos que no recordaban ni los más viejos del lugar, la gente mayor se pasaban el día mirando hacia el cielo haciendo cabalas con las cabañuelas y los que compraban el almanaque zaragozano tampoco vieron llover...
En el año 73 fue todo lo contrario, llovió tanto en tan poco tiempo que el agua arrasó con todo, todo el sureste de la Península fue declarado "zona catastófrica" pero a La Rambla Aljibe no llegó ninguna ayuda estatal, regional o provincial.
A pesar de tanto contratiempo los hombre y mujeres de entonces con mucha paciencia y fe en lo que hacía volvieron a labrar sus tierras y cavar sus bancales, reparar los ribazos volviendo poco a poco a la normalidad dejando las tierras de nuestra aldea vistosas y fértiles para cuando llegue el día de entregar el testigo a otras generaciones. Por entonces todo era útil o servía para algo, el tiempo se aprovechaba al máximo, en las noches veraniegas después de cenar se hacía la tertulia a la fresca debajo del parral, se aprovechaba la ocasión entre la familia, amigos y vecinos para quitar la cáscara a la almendra y también las hojas secas a las panochas de panizo, las cáscaras de almendra se aprovechaban en los días de lluvia del invierno, se mezclaban con paja y se les daba al ganado y con las hojas de panocha se hacían colchones.
Recuerdo con añoranza las navidades, eran estupendas, lo primero que no había escuela, las matanzas estaban recién hechas, nuestras madres y abuelas con sus manos artesanas hacían roscas de pascua, mantecados y unas tortas de manteca con chicharrones que te chupabas las manos, para esas fechas volvían los emigrantes de Europa parecía que venían uniformados, casi todos llevaban puesto un abrigo largo y un sombrero tiroles con una pluma de ave. Las comadres solían decir que venían gorditos, con la piel blanca y muy elegantes, por pascua se hacían bailes en el salón de Pedro Saez venía tanta gente que casi no había espacio para bailar, además en invierno venía una familia madrileña que alquilaban el salón y por las noches primero hacían un poco de espectáculo y después proyectaban una película todas en blanco y negro, a la agente le encantaba tanto que cuando marchaban les pedían que la vuelta fuera pronto. Al principio de los 60 fue la “ edad de oro” de las letras en nuestra escuela. Había un gran maestro Don Diego Parra admirado y respetado como maestro y como persona por todos los padres, Don Diego cada año al final de curso presentaba un grupo de alumnos a examen de beca y el noventa por ciento de ellos la conseguía, el último año antes de marcharse a su pueblo natal Arboleas, yo era uno de los aspirantes a beca y gracias a la buena preparación que llevábamos llegó la recompensa…. la conseguimos!, después ya becarios fuimos al instituto unos al de Albox, otros al de Huercal-Overa y en mi caso con otros compañeros fuimos a Vera, con diez años ingresé en el internado, cada día me acordaba de mi familia pero también lo hacía de mi aldea, deseando que llegaran las vacaciones para volver, así fue como siendo un niño ya me dí cuenta de lo mucho que la quería.
A las nuevas generaciones quiero decirles que la historia no se compra, se hace día a día, que hagan historia y la escriban porque los que vengan detrás preguntarán y tendrán derecho a saber.
Cualquier época del año es buena para visitar la Rambla Aljibe, en primavera cuando llego a las higueras que hay al final de la cuesta de la tía Nicolasa miro al valle y lo primero que se ve son las menas, después los cazaminches y a continuación Los Pinos, todo tan verde y florecido que a mí me parece el jardín del Edén y se me enamora el alma…contemplando la vegetación de monto bajo, los romeros, los juagarzos, el tomillo y la jigra también las atocheras de esparto verde con sus juncos en el centro creciendo deprisa, buscando el sol y oteando el horizonte como celosos guardianes guardando su tesoro. Y como Reina de los cerros las albaidas que sobresalen de las demás por el color amarillo de sus flores dejando prendados el iris de los ojos que las miran.
Mi querida Rambla Aljibe, con el paso de los años desde la lejanía y con nostalgia te hablo con la razón del corazón y como tributo a la tierra que me vio nacer quiero que sepas que el día que note en mi persona la llamada del ocaso con la claridad del crepúsculo en el amanecer haré la maleta y en silencia me iré contigo para siempre.
P. D.:
El autor de la redacción sobre la onomástica de Juan el Bautista y su fiesta patronal es la misma persona que escribe esta pequeña biografía de su tierra natal, basada en las vivencias que con su generación le tocó asumir desde el respeto a las personas mayores de ese tiempo siempre escuchando e imitándoles en lo posible, gente de cultura la necesaria pero de inteligencia comunal y de nobleza sin igual.
Juan Robledillo Jiménez