LA LEYENDA DE LA DOLORES:
El germen de esta leyenda es una copla anónima, surgida en Calatayud, que impulsada por la labor creativa de dramaturgos, compositores, novelistas, cineastas, escritores, músicos, poetas..., y con la imprescindible colaboración popular, ha pasado de un arroyo minúsculo a un caudaloso río que vuelve a su lugar de origen, Calatayud, para ser patrimonio cultural único y de una magnitud extraordinaria.
La versión más conocida de la leyenda, recoge la ingenuidad de una moza honesta y caritativa, que está empleada como sirvienta en una posada de Calatayud. Había sido seducida en Daroca por un barbero llamado Melchor, quien la abandonó y se fue a Calatayud. La Dolores, que le ama, va en pos de él. Melchor la rechaza y va a casarse con una rica heredera. Dolores busca un hombre que la defienda y vengue su honor mancillado. La pretenden un mercader ricachón, Patricio, y un sargento dicharachero y petulante, Rojas. De ella se enamora locamente el seminarista Lázaro, sobrino de la Gaspara, la posadera. Lázaro sufre cuando requiebran a la Dolores. En la disputa por conseguir su amor, ceden Patricio y Rojas. Y en la lucha final que sostienen Lázaro y Melchor, muere este último, de una puñalada en el corazón.
Este es el argumento ficticio del drama de Feliú y Codina y de la ópera mundialmente famosa de Bretón, que se desarrollan en la antigua "Posada de San Antón", convertida literariamente en "Mesón de la Gaspara" y, desde hace un siglo, conocida como "Mesón de La Dolores". Es un notable palacio del siglo XV -quizás el edificio civil más antiguo de Calatayud-, entre cuyos muros, bajo el arco, el patio empedrado y las galerías voladizas, junto a las rejas de las ventanas y el brocal del pozo, es posible que estuviese La Dolores real; pero, en cualquier caso, entre estas paredes se encierra todo el poder de sugestión, de evocación, de misterio y de fábula capaces de engendrar un mito.
LA REALIDAD DE LA DOLORES:
María de los Dolores Peinador Narvión, nació en Calatayud el 13 de mayo de 1819, recibiendo el bautizo en la parroquia de San Juan el Real. Fueron sus padres Don Blas, un apuesto teniente de los Reales Ejércitos, abogado de la Audiencia y de los Reales Consejos, natural de Rivadavia (Orense); y su madre Doña Delfina Manuela, que pertenecía a una de las más distinguidas familias bilbilitanas.
En 1825, nombraron a D. Blas Alcalde Mayor de Daroca, falleciendo su esposa dos años después en esta ciudad y dejando una cuantiosa herencia a Dolores y a sus dos hermanos, Casiano y Amalia. Don Blas contrajo nuevas nupcias, ejerció durante tres años, a partir de 1832, como Alcalde Mayor de Gerona y, posteriormente, como Juez de Primera Instancia. Al parecer, se desentendió de los hijos de su primer matrimonio; iban pasando los años y se resistía a entregarles la herencia, cuyos bienes administraba.
Dolores, que poseía una excepcional belleza y apostura -alta, rubia, de ojos azules, que atraía por la sugestión de su mirada-, se casó en secreto en la parroquia de San Miguel de los Navarros, en Zaragoza, en 1839, con Esteban Tovar, andaluz, de Jorairatar (Granada), que acababa de dejar el Ejército siendo teniente ayudante del coronel de su Regimiento, quien, por lo visto, sólo pretendía un patrimonio que todavía no estaba en poder de su esposa.
Inmediatamente después de la boda, entabló el matrimonio una interminable sucesión de litigios por la posesión de unos bienes que D. Blas se resistía a soltar. Por fin, la cuantiosa herencia recayó en Dolores y en Tovar, porque sus hermanos les habían vendido su parte.
Desde que se casaron, vivieron en Calatayud hasta mediados del siglo y tuvieron cuatro hijos: Enrique, Amalia, Manuel y Emilia Cruz. Tovar ejerció como secretario del Ayuntamiento y, durante algún tiempo, fue uno de los mayores contribuyentes de la ciudad. Mas no pudieron disfrutar mucho tiempo de la herencia debido a los enormes gastos que les ocasionó el conseguirla y a la afición al juego y a la vida irregular y licenciosa que se atribuye a Tovar -y cabe suponer que algo le ayudaría Dolores en sus dispendios-; tuvieron que ir malvendiendo sus propiedades, cuyo valor podría estimarse en más de seis millones de euros actuales, y se quedaron poco menos que en la miseria.
De gozar de la máxima categoría social, pasaron a verse denigrados e ir en lenguas por culpa de la famosa copla que el pueblo inventó, acaso con motivo de la vida irregular que llevaba Dolores Peinador. Con esta copla anónima, que se expandió por todos los ámbitos, comenzó a forjarse la fama de la Dolores.
Hacia 1850, con el patrimonio muy mermado y no encontrándose a gusto en Calatayud, trasladaron definitivamente su residencia a Madrid. Primero vivieron en la calle de la Ballesta. En 1890, Dolores, ya viuda, vivía en la calle Jardines, 12, con su hijo Esteban, que había nacido en la Villa y Corte en 1857. La última etapa de su vida en Madrid transcurrió en muy especiales circunstancias y abandonada de los suyos.
Dolores falleció el 12 de agosto de 1894, en el Palacio de los Marqueses de Altamira, situado en la calle Flor Alta, 8, y fue enterrada en una tumba de caridad en el Cementerio de la Almudena.
Dolores fue una extraordinaria mujer y, como tal, sujeta a las leyes de la vida, con sus altibajos, con sus grandezas y debilidades. Le tocó vivir en una época conflictiva, llena de rencores colectivos y de intransigencias. Su propia vida estuvo mediatizada por la ambición de un padre y un marido que se disputaron su herencia. Y poco importa, a estas alturas, que diese pie, con mayor o menor fundamento, a que le sacasen la infamante copla de doble sentido.