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LIERGANES (Cantabria)
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Habitantes: 2.263  Altitud: 80 m.  Gentilicio: Trasmeranos 
Mapa de LIERGANES
Hoy amanece en LIERGANES a las 08:43 y anochece a las 17:41
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Dormir y Comer en:



Información general sobre LIERGANES
Situación:

A unos 25 kilometros de Santander

Ayuntamiento:

Liérganes

Monumentos:

La Iglesia Parroquial de San Pedro.
La Capilla del Carmen.
La Iglesia de San Sebastián y San Pantaleón.
Monumento al hombre pez.

Fiestas:

27 julio san Pantaleón,
1 de agosto san Pedruco,
5 de agosto Nuestra Señora de las Nieves
10 de agosto san Lorenzo

Costumbres:

Principales actividades laborales: el turismo y la ganadería entre otros
En gastronomía: el chocolate con churros

Historia:

El actual término municipal de Liérganes está constituido por la anexión de tres pueblos, el propio Liérganes, Pámanes y Los Prados, anexión que se produjo en 1813 y que permanece hasta hoy. Liérganes y Pámanes a su vez están divididos en numerosos barrios; al primero pertenecen las Cabeceras, Calgar, La Costera, Mercadillo, La Rañada, Rubalcaba Sotorrío y La Vega; al segundo, Somarriba, La Herrán, Tarriba y Bucarrero, por citar solamente algunos de aquellos cuyos antecedentes históricos alcanzan al menos, hasta mediados del siglo XIX.
En sus nobles calles, Liérganes guarda el recuerdo de hombres ilustres, artistas y caminantes, que han encontrado en esta villa un remanso de paz propio de uno de los pueblos más bellos de España.
Los primeros datos que se tienen sobre la existencia del pueblo se remiten al año 816, en que se alude al Monasterio de San Martín de Liérganes en una escritura de Santa María del Puerto (Santoña), a propósito de la donación que el Conde Gundesindo otorgó al Monasterio de Fístoles.
Liérganes se configuró en el libro de las Merindades de Castilla (1351) como lugar de behetría, según el cual, los labradores que allí habitaban escogían su propio señor y pagaban los tributos en especies.
Durante el siglo XVI, Liérganes debía ser una pequeña población sin una tierra apta para el cultivo de trigo, pero a principios del XVII se introdujo el cultivo del maíz, modificando los usos y costumbres agrícolas del lugar y permitiendo cierta prosperidad.
La riqueza llegó a la villa de la mano de Juan Curtius, el artífice de las fundiciones que en 1617 se encontraba dirigiendo su fábrica de cañones. Fue la primera Fábrica de Artillería, municiones y piezas de hierro colado conocida en España.
En época más reciente, alcanzó fama su balneario, establecido sobre las aguas sulfurosas de la Fuente Santa. Además se desarrolló un cinturón de hoteles, fondas, cafés, casino y teatro que brindaron vida social a los numerosos bañistas que acudían al balneario, así como a la población autóctona.

Turismo:

LA LEYENDA DEL HOMBRE PEZ
A mediados del siglo XVII, vivía en Liérganes el matrimonio formado por Francisco de la Vega y María de Casar, que tenían cuatro hijos. La mujer, al enviudar, mandó al segundo de ellos, Francisco, a Bilbao, para que aprendiese el oficio de carpintero. Allí vivía el joven Francisco cuando, la víspera del día de San Juan del año 1674, se fue a nadar con unos amigos al río. El joven se desnudó, entró en el agua y se fue nadando río abajo, hasta perderse de vista. Según parece, el muchacho era un excelente nadador y sus compañeros no temieron por él hasta pasadas unas horas. Entonces le dieron por ahogado.
Cinco años más tarde, en 1679, mientras unos pescadores faenaban en la bahía de Cádiz, vieron a un ser acuático extraño, con apariencia humana. Cuando se acercaron a él para ver de qué se trataba, desapareció. La insólita aparición se repitió por varios días, hasta que pudieron atraparlo, cebándolo con pedazos de pan y cercándolo con las redes. Cuando lo subieron a cubierta comprobaron con asombro que el extraño ser era un hombre joven, corpulento, de tez pálida y cabello rojizo y ralo; las únicas particularidades eran una cinta de escamas que descendía de la garganta hasta el estómago, otra que cubría todo el espinazo, y unas uñas gastadas, como corroídas por el salitre. Los pescadores llevaron al extraño sujeto al convento de San Francisco donde, después de conjurar a los espíritus malignos que pudiera contener, le interrogaron en varios idiomas sin obtener de él respuesta alguna. Al cabo de algunos días, los esfuerzos de los frailes en hacerlo hablar se vieron recompensados con una palabra: "Liérganes".
El suceso corrió de boca en boca y nadie encontraba explicación alguna al vocablo, hasta que un mozo montañés, que trabajaba en Cádiz, comentó que por sus tierras había un lugar que se llamaba así.
Don Domingo de la Cantolla, secretario del Santo Oficio de la Inquisición, confirmó la existencia de Liérganes como un lugar cercano a Santander, perteneciente al arzobispado de Burgos, y del cual él era oriundo. De inmediato mandó noticia a sus parientes del hallazgo efectuado en Cádiz, solicitando que informaran de si allí había ocurrido algún suceso que pudiese tener conexión con el extraño sujeto que tenían en el convento. De Liérganes respondieron que allí no había ocurrido nada extraordinario, fuera de la desaparición de Francisco de la Vega, hijo de la viuda María de Casar, mientras nadaba en el río de Bilbao.
Esta respuesta excitó la curiosidad de Juan Rosendo, fraile del convento, quien, deseoso de comprobar si el joven sacado de la mar y Francisco de la Vega eran la misma persona, se encaminó con él hacia Liérganes. Cuando llegaron al monte que llaman de la Dehesa, a un cuarto de legua del pueblo, el religioso mandó al joven que se adelantara hasta allí. Así lo hizo su silencioso acompañante, que se dirigió directamente hacia Liérganes, sin errar una sola vez el camino. Ya en el caserío se encaminó sin dudar hacia la casa de María de Casar. Ésta, en cuanto le vio, le reconoció como su hijo Francisco, al igual que dos de sus hermanos que se hallaban en casa.
El joven Francisco se quedó en casa de su madre, donde vivía tranquilo, sin mostrar el menor interés por nada ni por nadie. Siempre iba descalzo, y si no le daban ropa, no se vestía y andaba desnudo con absoluta indiferencia. No hablaba, sólo de vez en cuando pronunciaba las palabras "tabaco", "pan" y "vino", pero sin relación directa con el deseo de fumar o comer. No solicitaba la comida, pero si se la ponían delante o si veía comer, comía y bebía mucho de una vez y no volvía a hacerlo en tres o cuatro días. Si se le mandaba llevar algún papel de un pueblo a otro de los que conocía, lo ejecutaba con gran puntualidad, y siempre silenciosamente. En una ocasión le enviaron a Santander con un papel para un caballero, y no hallando el barco de Pedreña, se arrojó al mar y pasó a nado la legua que hay de travesía. Por el mismo rumbo volvió puntualmente la contestación.
Iba a la iglesia si veía ir a otros, o si se lo mandaban, pero en el templo de nada hacía caso, ni se le notaba atención alguna a la misa y demás funciones eclesiásticas. Por todo ello se le creía loco hasta que un buen día, al cabo de nueve años, desapareció de nuevo en el mar sin que se supiera nunca más nada de él.

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