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El jardinero de las nubes - ALDEA DEL REY - Ciudad Real - Castilla La Mancha

El jardinero de las nubes

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Mensajes sobre esta foto

Si es verdad, Dios amado, que no soy capaz de resistir los encantos de la primavera, que tanto alimenta mi melancolía, entonces es cierto que mi vida es un cautiverio. Si no puedo reír cuando los demás ríen, ni llorar cuando los demás lloran, déjame ser la flor que crezca en el muro de mi prisión. Deja que la alondra me tribute una nota de su arpada lengua en medio de mi desazón y que una hebra de amada cabellera se enrede en mis pétalos manchados de polvo.

En el cielo planean golondrinas. Mis ojos las contemplan, y me dan cuenta de que es inútil zafarme de los encantos de la primavera. Tendré que quitarme las telas que me sobran y destapar el dolor que ocultan. Asimismo, mi alma profunda me vencerá algún día y pugnará por derribar los muros de las sombras que la ocultan. Y no es bueno que la mucha luz y el aire fresco busquen su sitio en mi morada neblinosa. El corazón estallará en miríadas de fragmentos, y los labios hablarán de las lamentaciones acopiadas a lo largo de una vida gris y ausente. Y la polvorienta flor que crece solitaria en el muro, será transplantada en fresco arriate, entre perfumes de rosas y jazmines.

Un corazón solitario no puede derrotar a la primavera; hasta la dormida agua del otoño coadyuva a que se yergan las amapolas de mayo, heridas sangrantes de los campos de cereal.

Si es verdad, Dios amado, que no puedo vencer a la primavera, que mi melancolía reviente como las nubes en el cielo de mayo.

Si el amor encuentra su abono en la tristeza, que su florecimiento acontezca en praderas de alegría.

El jardinero de las nubes.

Mensaje enviado el 12/05/2008 a las 0:28 por jardinero de las nubes
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En el muy visitado blog de Natalia Gaete, una prestigiosa poetisa chilena, aparece Feliciano Moya en la portado de Hoy día 7 de mayo:

http://antaria. blogspot. com/2008/05/artes-visuales-fel iciano-moya-alcaide. html

la dirección general del blog es:

http://antaria. blogspot. com/

Merece la pena visitarlo, sobre todo aquellos que gusten de las letras y las artes.

El jardinero de las nubes.

Mensaje enviado el 07/05/2008 a las 18:26 por jardinero de las nubes
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BALADA A LA PRIMAVERA

En aquel entonces no fui capaz de proferir el grito que atraería tu atención. La voz se me quedó ligada a la garganta. Yo desesperaba por que pudieras reparar en el débil destello de mi alma sumida en el silencio de mi pequeña vida melancólica. Pasabas a mi lado, brisa y flor de primavera, y tus ojos buscaban la alegría de tu nombre. Me pasabas de largo, y el silencio de mis labios no era quebrado en tu requerimiento.

Yo gastaba mis horas junto a las ventanas en sombra, suspirando por capturar una mirada oblicua de tus ojos. Bordabas los campos de amapolas y posabas las perlas del rocío sobre las encendidas rosas del camposanto. Hacías que las calandrias te rindieran al amanecer el tributo de sus vibrantes gargantas cargadas de canciones. Te arrullabas en sábanas de heno fresco, mientras la luna te vertía sus cuencos repletos de plata húmeda. Le pedías sal a los mares y nieve a las altas cumbres, nieve que tu aliento convertía en lágrimas que las nubes no derramaron en el atardecer otoñal. Eran tus cabellos neblinosos rayos de sol y tus espejos los charcos que esmaltaban los caminos pedregosos tras los chubascos de abril... Todo lo podías, en todo estabas, y aun así me ignorabas.

Entre las sombras de las hojas del ailanto, yo contemplaba el resplandor de los cielos que te cobijaban, y tú te colocabas en la cabeza caprichosos sombreros de nubes y tu sonrisa tenía la curva del arco iris en postura inversa. Aun cuando tú vieras el brillo de mis lágrimas en las alas de la libélula, ponías a funcionar tu rueca de abejas y vilanos, sembrando florecillas azules en las grietas de la muralla.

El cordón de tus perlas se partió, y quedaron esparcidas en el lóbrego capuz de la noche, marcando las rutas de los navegantes. Y en la noche también me ignorabas, mientras llevaba la cuenta de cada una de tus perlas nacaradas; no tenías ojos más que para la risueña luna, que a la voz de tus requiebros se le pintaba el rubor en sus níveos riscos y en sus mares de tranquilidad. Las golondrinas te traían en el sable de sus alas las fragancias de la Arabia lejana, la suavidad de los filamentos de los nenúfares del lago Tchad. Y el limonero ponía sus flores en el troquel para llenar sus bandejas de soles amarillos con los que obsequiarte... Mi corazón era una pobre ofrenda en medio de tanta largueza como la Madre Naturaleza tenía contigo.

Y te gustaba el trémolo de las risas que el invierno había amordazado. De mis labios sólo salía el silencio; eras demasiado hermosa para que te fijaras en mí.

Y entonces quise ponerte en el olvido; quise hacer del otoño la estación de mi consuelo. Me replegué en las sombras, allá donde tu mirada no me alcanzara. Sepulté el amor que me inspiraste en los más recónditos surcos de mi corazón. Abrí mi boca en un triste suspiro, y esperé a que el invierno disolviera mi vida entre su polvo de nieve.

Entonces te diste cuenta de mi ausencia, y mandaste a las golondrinas a que golpearan los vidrios de mi sombría ventana. Te ignoré y sentí tus lágrimas golpeando mi tejado. Querías encontrarme...

Sentí que mi cuerpo se retorcía por el dolor del amor escondido que quería volver a germinar en la oscuridad de mi corazón. ¿No era lo bastante tarde para ti? ¿Querías que te franqueara la puerta de mi balcón?

Es cierto que lo hice y que llamaste luna plateada a las canas de mi cabeza, surco de labrador a las arrugas de mi frente y agua dormida a mis ojos apagados. Y yo entonces, entonces... volví a amarte con la fuerza del diluvio y rendí mi vida ante tus brazos.

¡No me abandones nunca, primavera querida!

El jardinero de las nubes.

Mensaje enviado el 03/05/2008 a las 14:54 por jardinero de las nubes
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Me he enterado con sorpresa y ulterior tristeza del fallecimiento de nuestro paisano don Pascual López, para mí el mejor capitán de Armaos que ha conocido Aldea. Aprovecho este medio para hacer testimonio de mi más sentido pésame a su viuda, a su hija y a su nieta.

La verdad es que nunca había hablado con él. Recuerdo que una vez me reprochó cordialmente que me cruzara tantas veces con él y yo no fuera capaz de abrir la boca para saludarle. Una vez le oí hablar en la peluquería de Castellanos, y me pareció un hombre muy sensato. En otra ocasión me prestó una ayuda espontánea (en estos casos se ve la calidad de las personas) y siempre me consideraré en deuda con él. Nunca olvidaré esa ayuda, y en virtud de la misma rezaré por el descanso de su alma y por el consuelo y bienestar de su familia.

Sé que fue un hombre al que la vida puso muy a prueba: conoció el sufrimiento del fallecimiento de su hija mayor, acaecido hace ya casi una década, y se vio en la precisión de ser abuelo y padre a la vez.

Y ha sido abuelo de nuevo, justo cuando daba su último suspiro. De ahí la conmoción que ha sacudido mi alma, hasta el punto de las lágrimas: su hija menor ha tenido que sobreponerse en tiempo real al dolor del fallecimiento de su padre para dar a luz a su bebé. Que Dios los compense, y que nunca deje de proteger a la familia de don Pascual López y a ese bebé que ha nacido en mitad del dolor de su ausencia.

Descanse en paz.

El jardinero de las nubes.

Mensaje enviado el 13/04/2008 a las 19:50 por jardinero de las nubes
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En julio de 2003 el mercurio del termómetro se disparó. Comentan que fue el verano más caluroso de los últimos cincuenta años. Durante las horas de mayor insolación, no había quien parara en el interior de las casas, pues las paredes irradiaban un calor insufrible.

Harto de bregar en un mar de sudor, encontré un rincón de frescor en el parque al que yo solía ir a pasear. Un banco cercano a una fuente cantarina y bajo la frondosa copa de un pangío. Era una bendición, puesto que los pangíos expelen un gas insecticida y ese verano había especial población de moscas y mosquitos. Enfrente del banco se extendía un espacio habilitado para los juegos de los niños con toboganes, areneros, columpios y balancines... Hasta había un remedo de barco con su timón y todo, muy próximo al banco.

Yo solía ocupar ese enclave a eso de la media tarde, cuando el sol moderaba un poco sus ardientes embestidas. Me sentaba en el banco, constelado de las monedas de luz que proyectaban las ramas del pangío, y me enfrascaba en la lectura de algún libro que al efecto me trajera de casa.

Sin embargo, no tardé en descubrir que la vida es un libro de lectura más apasionante que cualquiera de los de letra impresa. Empecé a presenciar los juegos de los niños sin intenciones subversivas, por simple curiosidad.

Venía en ocasiones un grupo de niños de un campamento de verano, con sus relucientes gorras y camisetas estampadas. Podían comprarse helados y hasta hacer llamadas con teléfonos móviles. Sus padres no podían tenerlos en casa durante las vacaciones de verano, y por ello los enviaban a esos campamentos de placer. Como digo, este grupo de niños aparecía por el parque de vez en cuando.

Pero había otro grupo de niños que nunca faltaba a su cita diaria con el parque. Aparecían al punto de las seis de la tarde, con tal alharaca que enmudecían el matraqueante chirriar de las cigarras. Su aspecto no era tan esplendente como el de los otros niños. Iban acompañados por muchachos jóvenes que tenían toda la traza de ser voluntarios de una ONG. Algunos de esos niños evidenciaban taras físicas o mentales. Eran hijos de la marginación, reunidos en un mismo centro de acogida, abandonados por unos padres que no podían cuidarlos.

Yanira era una niña traviesa y pizpireta. Llevaba los oscuros cabellos cortados en forma de tazón; sus mejillas estaban manchadas de restos de comida. Sólo tenía dos vestidos, ya de suyo muy usados: uno estampado de múltiples florecillas y el otro de color vainilla, que le venía un poquito grande. Yanira tenía un hermano que se llamaba Florentino, y era ciego y sordomudo (como Helen Keller). Me enteré que Florentino tenía siete años y Yanira cinco.

Los niños del centro de acogida acaparaban todas las atracciones del parque. A Florentino le gustaba pasar el rato subido en lo alto del tobogán. Parecía como si el tibio sol de las últimas horas de la tarde supliera la carencia de luz que sus ojos acusaban. Yanira subía a cada nada para darle un beso y un abrazo. Pobre y dulce Yanira, con tu vestidito plagado de florecillas primaverales.

A Yanira le gustaba acercarse al barquito para manejar el timón. Desde allí comenzó a dirigirme furtivas miradas con el rabillo del ojo. Al cabo de una semana ya me sonreía, y yo aprendí a mi vez a sonreírle para que ni una nube de tristeza empañara el cielo azul de su infancia desdichada.

Recuerdo que en mitad de los juegos, uno de los voluntarios aparecía con una bolsa de gominolas y las iba repartiendo entre los niños del centro de acogida. Yanira cogía la gominola que le correspondía a su hermano, y, dando brincos de alegría, se la llevaba a lo alto del tobogán. Florentino se relamía que era un gusto verle. El rato de las golosinas era para esos niños todo un paroxismo de felicidad. Lo malo era si aparecían los del campamento de verano comiendo helados. Surgían las envidias y los agravios comparativos. Los voluntarios sólo podían encogerse de hombros cuando los niños a su cargo les pedían helados; el presupuesto que la Consejería de Bienestar Social destinaba a este efecto no daba para más.

Un día Yanira se atrevió a acercarse a mi vera, y me dijo:

- ¿Por qué estás siempre solo?

Yo me sentí profundamente conmovido, registré lo profundo de mi alma y respondí:

-Porque de niño no fui niño, y ahora, de hombre, me he hecho niño.

Ella no pareció entenderme. Se fue corriendo, con su usado vestido de florecillas, al encuentro de su hermano, que parecía contemplar, aunque sin ver, las acrobacias de las golondrinas crepusculares. Cuando se fueron, Yanira encontró el momento de dirigirme una de sus sonrisas de golosina.

No volvió a acudir a mi encuentro. Se diría que la habían advertido de los peligros de aproximarse a un hombre extraño y solitario. No obstante, cuando venía a jugar con el timón del barquito, siempre encontraba ocasión de dirigirme una sonrisa de complicidad. Y yo le daba gracias al sol por arrancar destellos a sus bonitos dientes de leche.

Y aparecieron de nuevo los niños del campamento de verano comiendo helados. Surgieron otra vez las quejas y las disputas entre los del centro de acogida... y otra vez, en respuesta, los encogimientos de hombros.

Una vez en la vida sentí que debía hacerlo; una vez en la vida lo hice... Me levanté del banco y me acerqué al kiosco de helados. Pedí que me llenaran una bolsa.

Luego fui al encuentro de uno de los voluntarios, le tendí la bolsa y le dije:

-Déles un helado a estos chicos.

Las nubes del crepúsculo se llenaron de chillidos de felicidad, de sonrisas de nata y bigotes de fresa y chocolate. Sentí que el corazón se me oprimía; pensaba que no era bastante. Los adultos que allí había me miraban con extrañeza. La vergüenza me hizo empezar a alejarme del lugar a paso quedo.

Mi mirada se prendió en Yanira. Estaba con su hermano en lo alto del tobogán, comiendo ambos con delectación sus respectivos helados. Sé que si me hubiera mirado en esta ocasión, mis ojos hubieran terminado por reventar de lágrimas. Ellos eran felices. En el vestido de florecillas primaverales cayeron algunas gotas de helado.

Huí de semejante emoción, y no volví a personarme en el lugar en días sucesivos. Ya había pasado la ola de calor.

Estarás a punto de hacer tu primera comunión, Yanira. ¡Ojalá las florecillas de la primavera no se hayan marchitado en el fondo de tu corazón... como una vez se marchitaron en el mío!

El jardinero de las nubes.

Mensaje enviado el 11/04/2008 a las 18:54 por jardinero de las nubes
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Aldea del Rey es famosa en Chile:
http://antaria. blogspot. com/2008/04/narrativa-el-seor- gardiner-en-pars-i. html

Tengan en cuenta los consejos que nos dio Inocente en este foro.

El jardinero de las nubes.

Mensaje enviado el 09/04/2008 a las 19:57 por jardinero de las nubes
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Anoche, estando en mi lecho presa de cierto desasosiego, oí cómo las gotas de lluvia impactaban sobre los tejados de Madrid. No es que quisiera hacer oficios de Diablo Cojuelo, pero en ese momento me hubiera sido grato recorrer la urbe matritense saltando de tejado en tejado. Me adormecí con el grato pensamiento de que al día siguiente la jornada sería lluviosa.

Nada más lejos de tales previsiones: por la mañana lucía un sol espléndido, si bien el azul del cielo estaba moteado de nubes blancas y aborregadas, inmensas como catedrales. Por la ventana penetraba una brisa rezumante, una fresca brisa de primavera, perfumada por la lluvia de la pasada noche. Esa tarde me aguardaba un paseo delicioso. Fue agradable trabajar bajo tan favorables auspicios.

Tras la comida, tomé el metro y me enteré del socavón que se había producido en la línea 2, entre las estaciones de Banco de España y Ópera. Yo me apeé en la estación de Callao, y en el exterior me encontré con un rebaño de mis nubes favoritas: blancas de algodón, con las panzas levemente ensombrecidas y un halo de luz solar por toda su cresta. Las aletas de mi corazón se desplegaron al unísono.

Estuve mirando libros en la FNAC. Rodeado de libros me siento como en un balneario, relajado y sin penas en la mente. Me encanta el tacto, la forma, el olor y el color de los libros. Me encanta absorber con mis ojos la letra impresa; es alimento para mi mente y mi corazón. Miguel de Unamuno (1864-1936) dejó dicho: "Leer mucho es uno de los caminos de la originalidad; uno es tanto más original y propio cuanto mejor enterado está de lo que han dicho los demás". Mis ojos ejecutan una danza placentera entre los anaqueles repletos de libros. Me siento como pez en el agua, como albatros sobrevolando las olas del mar, como astro en el santuario de los cielos. La economía no me permite hacerme con todos los libros que quisiera, pero con uno solo siento que puedo abrazar el universo. Suscribo las palabras del sabio oriental Omar Khayyan (1040-1121): "Cúbrete con el manto de la pobreza. Los viandantes no te saludarán, pero oirás cantar en tu corazón todos los ruiseñores del cielo". En el caso que nos ocupa, el libro que he comprado se titula "Vida y destino" de Vasili Grossman (1905-1964). Lo he estado hojeando y verdaderamente promete. Algunos críticos lo han considerado el "Guerra y Paz" de la Segunda Guerra Mundial. A mí me ha despertado el interés porque, según parece, se trata de una saga familiar que alcanza su punto álgido con el dramático telón de fondo de la batalla de Stalingrado. Curiosamente, este autor fue el primero en dar la noticia al mundo de la existencia de los campos de exterminio nazis.

Después me di un paseo por la Calle del Arenal, que en fechas recientes han hecho peatonal. Me pidió limosna una mendiga que tenía los brazos patológicamente cortos, y me avergüenzo de no haber detenido mi marcha para haberle dado algo. Estoy muy lejos de alcanzar la perfección en mis pretensiones cristianas.

Poco después tomé el Pasaje de San Ginés, y me deleité con la vista de una añosa librería, una tienda de artículos de filatelia y numismática, una tentadora y fragante chocolatería, un acogedor restaurante y una ostentosa tienda de artesanía religiosa; casi sentí vergüenza ajena al ver una sotana y una capa pluvial bordadas con hilos de oro, eso sin hablar de las costosísimas custodias y demás menaje litúrgico. Sigo opinando y siempre opinaré que la predicación del Evangelio no precisa de tales dispendios. El pasaje, debido a su estrechura, tenía los muros revestidos de una suave penumbra.

La luz de la tarde me aguardaba, junto con mis legiones de nubes primaverales, al desembocar en la Plaza Mayor. Una bandada de palomas revoloteaba sobre la estatua ecuestre de Felipe III. Un momento maravilloso. Se veían nutridos grupos de turistas tumbados sobre los adoquines de la plaza, cuyo polvo había sido barrido por la lluvia de la noche anterior; cualquiera que viera a estos turistas pensaría que talmente se encontraban en la playa, disfrutando de la caricia del sol y del viento primaveral. Normalmente, siempre que he ido a la Plaza Mayor la he atravesado raudamente; esta vez sentí la necesidad de hacer más pausado mi tránsito por tan hermoso lugar. Había mucha gente con la mirada puesta en el cielo y en los tejados de la plaza; se percibía en el aire una magia contagiosa.

Tras mi rapto de fascinación inicial, tomé sentido hacia el arranque de la Calle de Toledo. Allí me topé con un pintor callejero. Sus cabellos eran rojos como los de Vincent Van Gogh (1853-1890), aunque las canas de las sienes les conferían a los mismos un cierto matiz arenoso. Tenía a la venta cuadros de paisajes madrileños, de molinos y escenas Quijotiles, de montes nemorosos y lagunas verdes, de playas rocosas y brumosos horizontes marinos, de bodegones y escenas de caza... También se alquilaba para realizar retratos al natural, y precisamente le veía empleado en uno, dejando entrever la misma concentración que un cortador de diamantes. El modelo era un niño de pocos años, al cual le estaba costando Dios y ayuda mantener la estabilidad de la pose.

Luego he descendido por toda la Calle de Toledo hasta alcanzar el puente del mismo nombre sobre el esquilmado río Manzanares. Río ultrajado por causa de las obras mastodónticas que se han llevado a cabo en la M-30... El viento ha azotado mi rostro con espinas de barba. El sol ha iluminado mi camino, y he cogido la escalera del arco iris para auparme de nuevo a la cima de las nubes.

El jardinero de las nubes.

Mensaje enviado el 09/04/2008 a las 9:48 por jardinero de las nubes
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Hacía más de un año que nadie entraba a comprar flores a su sombría tienda. Su pequeña floristería de la rue Martignon. Todas las mañanas pulverizaba las hambrientas corolas con fino aljófar de lluvia.

El mar lloraba a las nubes, y las nubes barnizaban con su llanto los adoquines del puerto de Cherburgo. Los paraguas crecían en las aceras como setas en una pradera empapada por los chubascos de marzo.

Sus flores estaban solas como la luna en el corazón de la lluvia, solas como la mariposa que revolotea en el muladar. Sus flores estaban solas porque ella se encontraba sola. El sol tenía pereza de asomar a los bajos de la rue Martignon. Callecita próxima al puerto, tan estrecha, tan solitaria. El color de los ojos de ella se había esfumado entre nubes de melancolía, como la sombra de una nube que se pierde bajo la hierba crecida en un jardín abandonado. Sus ojos estaban húmedos de la humedad de sus flores, en aquella calle oscura e ignorada de los arrabales del puerto de Cherburgo. Las lágrimas de lluvia no bastaban a alimentarlas; en aquella penumbra acabarían poniéndose mustias. Las flores se morían, y la tristeza convertiría la tienda de ella en una vaguada en otoño.

Pasó a la trastienda, y vio su guitarra de miel y naranja. Su vieja guitarra metida en la vieja funda ajedrezada de cuadros verdes y blancos. Afinó las cuerdas olvidadas, y quiso tocar una melodía de despedida para las flores que se morían en las sombras de la rue Martignon.

Las cuerdas sonaron, y la lluvia dejó de barnizar los adoquines del puerto de Cherburgo. Las nubes fueron barridas por un húmedo suspiro de la primavera. Los paraguas fueron cerrados. El sol se encaramó a las alturas de la rue Martignon para indagar la procedencia de esos dulces acordes de guitarra. El sol atravesó el polvo del viejo escaparate, y las flores se contagiaron de vida.

Ella seguía tocando la guitarra, y vinieron de todas partes a comprar las flores. En los balcones y las avenidas de Cherburgo, las flores de la rue Martignon bebieron la luz del sol, una luz que tenía sabor a música de guitarra.

Ella quedó sola en su pequeña tienda. Siguió tocando la guitarra, y enseñó a las nubes a soltar flores en lugar de lágrimas.

El jardinero de las nubes.

Mensaje enviado el 02/04/2008 a las 16:51 por jardinero de las nubes
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La persiana se quejaba amargamente mientras la alzaba. Los rayos de luz de la mañana atravesaron densas constelaciones de motas de polvo, confiriéndoles a las mismas cierto resplandor de oro neblinoso. Y el cajón estaba allí... Tantos años olvidado, y aún permanecía allí.

El vértigo a enfrentarme a mi primera vida de escritor me hizo caer de espaldas sobre una vieja silla de asiento de enea. En el caballete del muro destellaba una telaraña polvorienta. Dentro del cajón se encontraría..., se encontraría la carpeta de escay verde.

¿Qué tenía de especial esta carpeta verde? Nada que la diferenciara de otras similares, salvo que contenía las frases que creé hacia el final de mi infancia y durante el transcurso de mi adolescencia. En todos mis paseos de búsqueda y soledad iba conmigo la carpeta verde. Si había un pájaro cuyo canto me embelesara; si había una nube con arreboles sangrantes por el atardecer; si había un sueño que anotar, una dulce mirada de jovencita que salvaguardar, una esperanza por la que suspirar; si había una receta mágica que pudiera ayudar a mantener la tristeza apartada; si el azul del cielo traía el recuerdo de un océano apartado; si las estrellas de la noche y los rayos de la luna buscaban el abrigo de una hoja de papel; si Aldea cobraba aspecto de Paraíso Terrenal; si había unos labios que pedían ser comparados a pétalos de flor, si unos cabellos de centeno maduro eran amados por los vientos, si las pieles juveniles tenían el esplendor de la fruta en los árboles; si había un verdor de hierba y un lapislázuli de piscina que proteger de los estragos del tiempo; si había algo que causara hormiguillo en el corazón... Entonces todo ello quedaba capturado en el interior de la carpeta verde, la carpeta de las verdes horas de juventud.

El cajón, de buena madera de cerezo, la había resguardado de la acción envejecedora de décadas implacables. Allí estaba la carpeta, con el mismo aspecto de antaño.

La abrí, y me topé con mis primeras historias ilustradas. Historias de una mente imberbe e idealista. Seguían borradores y cuentos pasados a limpio, el argumento de muchos de ellos ya olvidado. Luego una considerable profusión de poemas, que una vez fueran sometidos a público escarnio y, en consecuencia, yo los repudiara y abandonara injustamente. Reflexiones y hasta alguna que otra sentencia filosófica. Y sueños de amor y deseos de gloria mundana y celestial. En fin, la sangre de un muchacho que no podía ser como los demás, el embrión de sus escrituras de años posteriores.

He cogido la carpeta, y no la he vuelto a meter en el cajón. Necesito aprender algo que antes me afanaba en olvidar.

Ni siquiera he vuelto a bajar la persiana cuando me he ido de la oscura y fría habitación. El sol deseaba redimir, el polvo quería ser redimido.

El jardinero de las nubes.

Mensaje enviado el 29/03/2008 a las 18:34 por jardinero de las nubes
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Estimada amiga Mª Ángeles:

Me parece muy legítima su observación.

Si lee nuevamente mi texto, podrá apreciar que no me refiero más que a cierta gente que en un tiempo me criticaba por no hacer lo que ellos, críticas muy virulentas por otra parte. Mi texto ha sido como una especie de revancha hacia esa gente en particular; en modo alguno quiero meter en el mismo saco a la totalidad del pueblo. Si usted y otros más se han sentido ofendidos, vayan mis disculpas por delante, habida cuenta de posibles ambigüedades en mi texto.

Estoy de acuerdo con usted en cuanto a la escasa participación que se observa en el foro. Empero, en modo alguno es mi intención monopolizarlo. Intento seguir expresando mis inquietudes, pensamientos, opiniones y quejas de un modo libre y respetuoso. Creo que me asiste este derecho, en tanto que habitante de un país libre y democrático.

Reciba mis más atentos saludos.

Aprovecho la ocasión para agradecer los comentarios de libertad e Inocente.

El jardinero de las nubes.

Mensaje enviado el 27/03/2008 a las 22:03 por jardinero de las nubes
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He sentido el dolor de vuestras heridas, queridos árboles de Aldea. He oído vuestros estertores. He sentido vuestras lágrimas de savia al contacto de la sierra eléctrica que ha arrebatado la sombra y el aire fresco de nuestros verdes años.

En Aldea prefieren los horrorosos y turísticos carteles rojos, anunciando la venta de Judas, antes que el esplendor de vuestras ramas, repartiendo en silencio y con amor el fluido de la vida, el gas oxígeno que tan generosamente procesabais a cambio de nuestro indigno dióxido de carbono.

Estabais enfermos, bien es cierto. Han considerado más barato cortaros por entero antes que gastarse el dinero en un tratamiento que os retornara la salud. Ya habrá otros medios más placenteros de gastarse el dinero de nuestros impuestos. Dicen que plantaran nuevos árboles, pero pasaran más de 45 años antes de que se aproximen a vuestra sombra. He aquí otro ejemplo de que lo viejo y enfermo sólo sirve para la muerte, triste axioma. "Si esto han hecho con el leño verde, ¿qué no harán con el seco?" (Lc 23, 31).

Aquellos que habéis ordenado éste para mí crimen contra un árbol amado, contra una vida que pertenecía al pueblo entero (a los niños que nos sucedan), me habéis defraudado. El período de beneficio de la duda ha terminado. Ya sé qué puedo esperar de vosotros. Quienes destruyen inútilmente las creaciones de la Naturaleza, no cuentan con el apoyo del jardinero de las nubes (siempre con minúsculas).

Primero los árboles de la “picina”, ahora éstos. Lamento profundamente la ausencia de las ramas y las hojas que nunca más serán y que no nos pertenecían. Con razón los indios quechua decían: "La tierra no es una herencia de nuestros padres, sino un préstamo de nuestros hijos".

El jardinero de las nubes.

Mensaje enviado el 24/03/2008 a las 17:27 por jardinero de las nubes
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La conciencia me exige reparar una injusticia que cometí hace más de año y medio, fiándome de mi memoria. Entonces la atribuí a cierto señor de Aldea la autoría de un escrito que en su momento me hizo auténtico daño. Revisando recientemente mis archivos, he dado con el escrito en cuestión y he visto que pertenecía a otro autor.

Me permito reproducir el párrafo que hace muchos años me impactó de mala manera:

"... Otros pasan por la vida callados, de puntillas, sin hacer ruido, tratando de evitar ser molestos, pero también sin aportar algo positivo a la vida comunal. Son esos seres grises a los que hay que mirar reiteradamente para percatarnos de que están en nuestra presencia. Se diría que son casi transparentes, que no dan sombra. Y, con seguridad, no hacen historia, aunque están ahí, han nacido, viven, se reproducen y mueren. Cuando son las fiestas, tal vez se atrevan a ponerse su traje más nuevo, a salir a la Plaza, comprarse un helado y oír la música, incluso salen a ver la procesión y se asombran de los cohetes de cada año. Entonces, el resto de los vecinos, se da cuenta de que existen, que no han emigrado o que todavía no se han muerto" (sic).

Por aquellos años, con la lectura de este texto deduje que sólo el enfermo tiene la culpa de su enfermedad. Entonces Internet era un mero experimento, y los tímidos, entre los que me incluyo, no lo tenían fácil para participar en la vida aldeana. Ahora, gracias a Internet, la sombra se ha llenado de luz.

Afortunadamente, el mismo autor dejó escrita una receta de vida en su párrafo final, que ha borrado de mi alma todo anterior resentimiento hacia su escritura:

"La vida, con sus cosas buenas o malas, merece vivirse con intensidad, procurando dar lo que se tiene, aquello de lo que se está dotado, para contribuir, en poco o en mucho, a hacer historia. Los pueblos, para bien o para mal, son movidos por las personas. Procuremos siempre que los pasos que se dan sean firmes, recios y bien sentados, para que el futuro de nuestra comunidad sea un poco mejor. Sólo así nuestra vida y la historia que dejemos tendrá sentido" (sic).

En resumen, quiero pedir perdón públicamente a aquel señor al que le atribuí la autoría de los citados párrafos. Cargué las tintas en su contra sin motivo, y ahora, con las pruebas que he presentado, considero el escrito que le dediqué como inexistente. Perdóneme, señor. Me fiaba de las excelencias de mi memoria, y me he dado cuenta de que la misma es tan imperfecta como mi propia persona.

El jardinero de las nubes.

Mensaje enviado el 22/03/2008 a las 22:15 por jardinero de las nubes
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DE CÓMO DISFRUTAR CON CATEGORÍA LA SEMANA SANTA EN ALDEA

En un correo reciente, un buen amigo aldeano me ha dado su opinión acerca de los cambios que de unos años a esta parte percibe en la Semana Santa de Aldea del Rey. Según él, se aprecian mesnadas de gentes en las esquinas, mirando el paso de las procesiones, para a punto continuo salir de estampida hacia los bares. Y en no pocas ocasiones se entablan riñas por apropiarse de un velador o un rincón en la barra.

Cuando yo aún pasaba la Semana Santa en Aldea, pude corroborar los detalles que me comenta mi buen amigo; pude apreciar que muchas presuntas devociones religiosas eran regadas con los ricos caldos tabernarios.

Llegados a este punto, deseo manifestar que no es mi intención malquistarme con el honrado ramo de la hostelería aldeana; sólo quiero cargar las tintas contra aquéllos que menosprecian a los que no frecuentan demasiado los bares.

En mi caso particular, tuve que soportar maledicencias y no pocas filípicas por no visitar los bares en Semana Santa. Querían hacerme ver que la "categoría" se demostraba a pie de barra durante tan señalada época del calendario litúrgico. Quien no frecuentaba los bares entonces, era un insociable, un tacaño, un acomplejado, un apestado y todo aquello negativo que se pudiera decir de una persona. Además me decían que yo me pegaba a las paredes por evitar los encuentros en el centro de la calle.

Y fue que me aconsejaban pasar las horas festivas confinado en los bares y cafeterías, alternando con la gente y consumiendo a manos llenas para demostrar que no era un agarrado con el dinero. ¡Ay de mí como me vieran comer pipas o kicos sentado en un miserable de la Plaza! Con razón llaman "miserables" a los bancos de granito que se ven al lado de las terrazas de los bares. Nada, que por no hacer lo que todo el mundo hacía, cogí peor reputación que el dómine Cabra del "Buscón" de Quevedo.

Ahora ya no paso la Semana Santa en Aldea, y hago con mi tiempo de asueto lo que me da la real y santísima gana. Si me apetece pasear, paseo; si me apetece asistir a una celebración religiosa, allá que voy; si me da por entrar en un bar a tomar un refresco, pues tan ricamente... En una palabra, dejo que mi tiempo discurra placentero a mi antojo.

Atrás quedaron los tiempos de escuchar tanta absurda conseja de los que, según ellos mismos, saben disfrutar como nadie de la Semana Santa aldeana. Vamos a hacer, en honor suyo, un certero decálogo del perfecto disfrutador de nuestra Semana Santa local:

1º Ponte los trapitos conseguidos en las rebajas y los zapatos que más aprieten, eso sí, bien embetunados.

2º No vayas a la iglesia más que para que te bendigan el pertinente ramito de olivo; y si vas, figura lo que puedas con tus atuendos de estreno.

3º Búscate una buena esquina para ver el paso de las procesiones.

4º No dejes que terminen las procesiones; vete pitando para el bar a pillar sitio.

5º Si no encontraras sitio en el bar, apretújate bien, cual si te encontraras en un vagón de metro en hora punta.

6º Disfruta de la atmósfera saturada de humo de tabaco; es sanísimo.

7º Si tienes calor, ajo y agua; que la cerveza corra por las comisuras de tu boca como reguero de sudor en la frente de un edil.

8º Habla de todo menos de Dios, no sea que des una imagen alejada de la mentalidad progre y liberal.

9º Resiste, resiste todo el tiempo que puedas dentro del bar; cuanto más resistas más categoría creerán que tienes, pues los bares se nutren de tu fortuna. Y no hagas caso de los que te invitan a dar una vuelta por el campo en primavera para cambiar de aires; es que no tienen ni un duro los pobrecicos.

10º No lo olvides, hijo mío: en la Semana Santa aldeana la felicidad no se demuestra con un buen comercio, sino con un buen bebercio (y hasta con un buen fumercio).

Quiero manifestar mi escasísimo reconocimiento a aquellos filósofos de taberna (cuando no cómicos de la legua) que tantos desvelos se tomaron por adoctrinarme. Fracasasteis: sigo siendo lo contrario de vosotros..., y me alegro mucho de serlo.

El jardinero de las nubes.

Mensaje enviado el 20/03/2008 a las 17:36 por jardinero de las nubes
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El enlace en concreto es:

http://magdalenagabetta. blogspot. com/2008/03/el-jardinero-de-las-nubes. html

Mensaje enviado el 14/03/2008 a las 12:14 por jardinero de las nubes
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Feliciano Moya está logrando un gran reconocimiento en las lueñes tierras de Sudamérica.

La prestigiosa autora argentina que me dedicó el poema, ha colocado en sitio destacado la pintura pastel que Feliciano me dedicara. He aquí el enlace, indicado con el permiso de la autora (doña María Magdalena Gabetta):

http://magdalenagabetta. blogspot. com/

Gracias, Feliciano, embajador artístico de Aldea. Gracias por tu arte y hacer historia en este pueblo que tanto amamos.

Gracias, María Magdalena, por tu generosidad y tus desinteresadas atenciones.

El jardinero de las nubes.

Mensaje enviado el 14/03/2008 a las 11:45 por jardinero de las nubes
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Hace ya mucho tiempo que dejé de concurrir a la Semana Santa de Aldea. En esta época suelo darme un garbeo por las costas del Mediterráneo. Aunque yo sea animal de secano, necesito sentir de cuando en cuando la presencia del mar, aunque parezca una traición y una ostentación en relación a las tan queridas personas que conozco que nunca han visto el mar, porque vivieron en tiempos de estrecheces, en los cuales no se estilaban los viajes de placer.

No obstante, conservo recuerdos nítidos de la Semana Santa de Aldea. Me gustaba mucho. Las velas goteantes con tulipas de botella de lejía, las procesiones, los nazarenos, los blanquillos, los armaos, los cornetas y tambores y aquellos arqueros de boinas rojas. Me acuerdo del matriarcado que la Pilar del Chato y la hija del Remendao ejercían con toda simpatía hacia los jóvenes cornetas y tambores. Una vez, hace muchisimos años, asomaron unos tunos por las procesiones, y estas maravillosas señoras no hacían más que encargarles canciones (Clavelitos, Compostelana, etcétera). Nunca pude olvidarlas, y espero que sigan siendo y siempre sean las madrinas de las procesiones de Aldea.

¡Dios Santo, qué recuerdos del Prendimiento del Jueves Santo! Los madroños del huerto de Getsemaní. Los nazarenos aguardando a los armaos dentro de este nemoroso recinto. Después los armaos llegaban a la Plaza y empezaba el relato del Prendimiento, pronunciado por la voz del Cardinche. A mi siempre me hacía gracia la respuesta que los armaos daban a la pregunta " ¿A quién buscáis?", y entonces la soldadesca entonaba con ribetes onomatopéyicos: " ¡A Eússs Anareno!". Esas voces tenían sabor a cigarrillos Ducados y a sudor de armadura. Aunque se tratara de un momento dramático en la vida de Jesús, no podía evitar que la risa se me trabara en la garganta. Luego el Cardinche se encaramaba al pedestal de Jesús, y era curioso ver a un Judas Iscariote con unas gafas de vidrios tan gruesos; no sé si en la antigua Palestina se estilaban semejantes anteojos. Acto seguido las cuerdas, y empezaba lo más granado de las procesiones.

Un espectáculo muy vistoso y encantador. Desde el punto de vista religioso, a mí me aportaba muy poco. Pero era encantador de todas veras.

La Semana Santa de Aldea, a pesar de los pesares, causa recuerdos grandiosos, y en los últimos años, cuando llega esta época, teniendo el mar a la vista, mi corazón le da varios repasos.

El jardinero de las nubes.

Mensaje enviado el 06/03/2008 a las 12:52 por jardinero de las nubes
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Cuando quisimos aguardar a hacerlo, la arena del tiempo interpuso una barrera insalvable. Soñábamos con hacer ese viaje a Córdoba. ¿Te acuerdas cuando nos contaban que el abuelo se fue de este mundo con las ganas de llevar a su familia a visitar la Mezquita de Córdoba? La guerra le impidió realizar este deseo, y la vida me había dejado a mí solo para realizarlo.

Con el primer dinero que acopié en mi vida, hice el equipaje y puse rumbo a la capital andaluza. Mis ojos serían los tuyos, y en mi corazón sangrante iría el recuerdo de la primavera de tu corazón.

El cielo estaba azul y despejado, pero soplaban aires muy fríos y recios en el Puente Romano, por delante de la Torre de la Calahorra. Bajo sus arcos, el río Guadálquivir cabrilleaba con el sol y sus ondas se fragmentaban en rabiones de espuma junto a las orillas arboladas. Y vi que, entre caminos de vilanos, tus ausentes cabellos se llenaban asimismo del oro del sol invernal.

Dimos un paseo por los jardines del Alcázar de los Reyes Cristianos. Había rosales que bajaban al encuentro del río. Y sentí tu olor, el olor de ese agua de colonia que solías utilizar en las festividades aldeanas. Quise sentir tu abrazo, cerré mis ojos y me estrechaste con el viento que soplaba desde el otro lado del río.

Fue bonito nuestro recorrido por la Judería, por esos rincones de rejas, fachadas, patios y macetas de geranios. Sin darnos apenas cuenta, arribamos a la recoleta plazuela del Cristo de los Faroles. Tú tenías mucha fe, y una oración tuya se quedó enredada entre las flores que había al pie de la Cruz.

¡Cómo disfrutaste pataleando entre los surtidores de agua que brotaban del pavimento de la Plaza de las Tendillas! Tus risas me llegaban al oído, obligándome a sonreír a mi vez. Bonitas fuentes; seguro que no estaban en tiempos del abuelo, porque si no las hubiese recordado.

Nos cayó la noche, y te llevé a que vieras otra vez el Cristo de los Faroles. Y sentí tu silencio y las sombras con que las flores se habían arropado.

Los pájaros dejaban oír sus arpegios la mañana azul que fuimos a visitar la Mezquita-Catedral de Córdoba. La belleza circundante se salpicaba con la luz de tu rostro. Por un momento te perdí entre el bosque de columnas y arcos de herradura. Me quedé extasiado: el abuelo tenía razón cuando refería las excelencias de este recinto. Estuvimos un rato acomodados entre los asientos de madera barroca del coro del minúsculo reducto catedralicio. ¿Sería cierto que creí sentir tu mano estrechando la mía? ¿Sería cierto que lloré sin lágrimas?

Abandonamos el recinto y nos dimos una vuelta por el Patio de los Naranjos, donde las frutas semejaban en las ramas estrellas doradas. Llegamos junto a la fuente de las abluciones, y allá, en el pilón, vi tus ojos hechos de alegría. Tus ojos, que se enfrentaron a la tristeza de los míos. Tus ojos, que atraían a las palomas a beber del agua tranquila... Nunca más volví a verlos.

Así fue nuestro viaje a la patria de los Omeyas. Así ha sido mi vida desde entonces.

El jardinero de las nubes.

Mensaje enviado el 04/03/2008 a las 21:21 por jardinero de las nubes
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Figaro, tampoco me he olvidado del texto y del poema que me dedicaste.

¡Qué lástima que entonces no tuve la precaución de haberlos copiado!

Gracias, de corazón.

Mensaje enviado el 01/03/2008 a las 13:42 por jardinero de las nubes
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Una gran poetisa argentina, me ha dedicado esta poesía que realmente pertenece a mi pueblo. Hoy las nubes van a descargar perfumes de felicidad, en forma de lágrimas. Gracias Magdalena.

"Jardinero de las Nubes

Desde una cómoda nube,
a horcajadas del infinito,
observas el mundo cual escenario que gira
mostrando día a día una escena diferente,
que cultivas con amor.

Son tus ojos los que miran,
pero es tu alma la que está mirando.
No es el paisaje que rodea tu tierra
un repetido cuadro inanimado.

Es tu vida y tu pasión....

Para tu alma....
No es inadvertido el temblor del pétalo,
ni el tremolar de las hojas,
ni el susurro del viento.
No son las personas títeres articulados,
ni es la música un pentagrama oxidado.

Tu esencia recoge sabiduría de lo simple
y la transforma en letras de lo bello.
Porque no hay nada más bello
que la simplicidad de la gente
o el aroma de los campos
que engalanan tu tierra.

Es vida, es sentimiento
que procesas con conocimiento
transformándolo en cálido placebo
que riega tu interior para florecer en tus manos,
descansar en tus letras y....
encandilar al lector.

................................
Espadachín de antifaz y pluma.
Jardinero de las nubes.
Juglar de tu tierra.

María Magdalena"

El jardinero de las nubes.

Mensaje enviado el 01/03/2008 a las 13:21 por jardinero de las nubes
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Allí me lo encontré, tocando la guitarra en la hondura del valle. Yo ya había cumplido los veinte años, y llevaba puesta la misma chaqueta que ahora, toda raída y desabotonada, cubre la tristeza de mis carnes en este momento de escritura... Lo encontré tocando la guitarra en ese valle escondido de Aldea, que por la abundancia de olivos me gustaba llamar "El bosque de las aceitunas". Faltaba poco para el advenimiento de la primavera. Las nubes bajas, pesadas y esponjosas, soltaban con el roce del viento astillas de lluvia.

La primavera naciente me traía un soplo de tristeza, y ¡qué mal debe pintar la vida para estar cansado de la misma con sólo veinte años! Pasé entre los olivos sin mirar si había cañamones en las ramas redivivas. Entonces fue cuando noté cómo los acordes de la guitarra reverberaban en las rampas calizas del valle. Pasarían muchos años antes de que reconociera esa nostálgica melodía: se trataba del "Concertino para guitarra y orquesta" del madrileño Salvador Bacarisse, compositor que sufrió el destierro en Francia tras la Guerra Civil… Música del destierro para cantar el amor de una patria perdida.

¿Dónde está el guitarrista?, me pregunté yo, el guitarrista que ha enmudecido el canto de la avutarda y le ha robado el susurro a la brisa del olivar. Está escondido y toca para la soledad desde su propio sentimiento de soledad. Una música que expresa toda ella la añoranza del hogar perdido.

El bosque de las aceitunas está apartado de Aldea. Allí Cristo daría las tres voces y no le oirían. La figura del guitarrista apareció al pie de una encina; frente a él había una charca de agua llovediza. Aunque su aspecto melenudo desentonaba totalmente con el mío más convencional, tenía una mirada cenagosa que me recordaba a mi propia mirada. Nunca lo había visto antes por el pueblo.

No paró de acariciar las cuerdas de su guitarra aunque vio que me acercaba; parecía ignorarme. Yo tenía veinte años, y normalmente no me acercaba la gente. Y tampoco hablaba con facilidad, y en esa ocasión tampoco lo hice. Simplemente dejé que mi vista y mi oído camparan a sus anchas.

El guitarrista terminó su interpretación, y entonces reparó en mí. Tenía la cara peluda y tostada por el sol.

-No es mi pueblo -dijo con una voz que parecía asimismo accionada por cuerdas de guitarra.

-Aunque sea mi pueblo, tampoco pertenezco a él -repuse yo, y me quedé atónito, porque jamás me hubiera imaginado capaz de terminar una sola frase.

-Pero es mi guitarra -prosiguió el guitarrista-. Es mi cielo, mis nubes, mis colores y mis vientos. Irán conmigo adonde yo vaya.

Un viento de plata sacudió el olivar. El guitarrista bajó su mirada e incoó una nueva pieza musical. El cielo amenazaba convertir las astillas de lluvia en chuzos de punta. Las cuerdas tremolaron. Años después reconocería que ésa era la música de Francisco Tárrega, titulada "Recuerdos de la Alhambra".

Volví atrás, y me fui del bosque de las aceitunas. La luz huía de la tarde nubosa. Tenía veinte años, y esperaba tener otros veinte años para que la guitarra rescatara acordes de alegría.

Aldea está lejos del bosque de las aceitunas. Y ahora la guitarra está lejos de mí.

El jardinero de las nubes.

Mensaje enviado el 29/02/2008 a las 18:17 por jardinero de las nubes
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Querido amigo Libertad:

Te he de dar las gracias por esas emocionantes e inmerecidas palabras hacia este indigno sujeto. ¿Qué hemos hecho sino sobrevivir, tratar de demostrar de que seguimos amando esta tierra y que creemos en la libertad de expresión? Sin duda muchos habrán de decir que nos faltan tornillos por mantener nuestros deseos de comunicación, por predicar en el desierto, por no tener otra manera más constructiva de emplear el tiempo.

Yo te lo digo, ya que te has sumado a nuestro ejemplo: nada ha habido perdurable en este mundo que no haya surgido como consecuencia de una pérdida de tiempo. Vivimos con el miedo a nuestras espaldas. Yo soy el primero que tiene miedo, pero el mismo miedo me mueve a aporrear el teclado. ¿Hay algo que decir? No lo sé, pero que hable el teclado, que la voz del pueblo llano se deje oír de nuevo. Aquel foro, recuerdo yo también, fue un milagro porque del mismo nació el concepto que tú has tomado como apodo.... La libertad. Pudimos ser libres y no nos dejaron. Todavía la libertad ha de ser conquistada.

¿Pereceremos en el camino? En todo caso, me acojo al amparo de Dios. Empecé diciéndolo y lo sigo manteniendo: cometí errores, pido perdón por ellos, amo a Dios, amo Aldea, sus campos, sus caminos, sus atardeceres, y, ¿por qué no decirlo ya que lo he aprendido? ¡A su paisanaje también!

Gracias, amigo mío, disfruta de las estrellas en tu noche toledana.

El jardinero de las nubes.

Mensaje enviado el 26/02/2008 a las 0:13 por jardinero de las nubes
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Hoy me ha saludado con mi nombre de pila, al pie de la acacia aletargada por el invierno (aunque ya con alguna leve flor y yemas de primavera temprana), la cual vi plantar cierto día de octubre de 1979. ¡Qué grande se ha puesto desde entonces!

Me ha saludado con mi nombre de pila, e iba empujando un carrito en cuyo interior se veía un bebé rollizo y sonrosado, bien dormidito, de apenas un mes de vida. Y he pensado que la vida de Jennifer acapara un buen pellizco de mi propia vida. Su mamá la trajo al mundo el 24 de febrero (mañana es su cumpleaños) de 1981, un día después de la intentona golpista de aquel bigotudo teniente coronel de apellido Tejero. Aún creo verla como esta mañana he visto a su hijo en el cochecito... La acacia no se levantaba entonces ni siquiera dos metros del suelo.

Me parece ver todavía sus cabellos desgreñados, cuando aprendió a caminar, y su morrillo manchado de crema de cacao. Sus ojos semejaban dos uvas de las que nace el vino de Málaga. Solía seguirme con sus balbuceos a lo largo de la acera, y una vez tuve que evitar que se acercara a las fauces de un perro vagabundo... La acacia se atrevió a echar sus primeras hojas.

Luego ya la vi en la época del colegio, con el lazo azul en su pelo castaño, el pichi gris y la faldita plisada del uniforme que usaban las alumnas de las Hijas de la Caridad. Y su cartera a los hombros, que entonces todavía no tenía semejes de mochila. Jennifer era como el ángel de la mañana que desplegaba sus alas entre los charcos de lluvia de la ciudad... La acacia estiró sus ramas, y pronto empezaría a dar sombra.

Un día, de repente, dejó de mostrarnos su torso desnudo en aquellos calurosos días de verano. Las pecas adornaron su rostro, y empezó a disfrutar de las noches de adolescencia. Regresaba tarde a casa, llevando sobre su cielo un enjambre de estrellas. Y traía sus labios tibios de tantos besos... La acacia ya tenía una copa esplendorosa.

Un día se deshizo de sus vestidos de infancia, comenzó a llevar atuendos vanguardistas, a teñirse el pelo de mil colores, a utilizar exageradas sombras de ojos, a hacerse más agujeros en los lóbulos de sus bonitas orejas, a fumar como un carretero y a beber como un cosaco. Ya nada recordaba a aquella dulce paloma que vi enfundada con su vestido de Primera Comunión. Su madre se quejaba de que se había vuelto muy rebelde y no estudiaba. A mí apenas si me saludaba... Un día la copa de la acacia se vio sacudida por cruentas ráfagas de tormenta, mas no pudieron doblegarla.

Sí, Jennifer, me culpo por haberte olvidado a partir de aquel entonces. Yo miraba a los escalones cuando creía que tú pasabas a mi lado. No me apercibí de que en algún momento sentaste cabeza, estudiaste para enfermera y te casaste con un hombre que trabajaba en una entidad bancaría... No me di cuenta de lo cambiada que estaba la acacia.

Y he aquí que esta mañana has saludado a tu viejo vecino, junto a la acacia que se ha nutrido de nuestras vidas... La acacia cuya primera flor de la ya cercana primavera ha caído dentro del carrito de tu precioso bebé.

El jardinero de las nubes.

Mensaje enviado el 23/02/2008 a las 16:10 por jardinero de las nubes
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Esto ocurrió hará unos tres años, entre la boca del metro y el intercambiador de autobuses urbanos. En el cielo de la tarde de Madrid había cierto resabio primaveral; nos cobijaba un árbol cuyas hojas empezaban a brotar. Había una fuente que tenía atrapado el arco iris entre sus visillos de agua.

Estábamos sentados en el mismo banco. Tú comías una manzana y tenías a tus pies una mochila manchada de yeso. El sol de Perú había sido el causante de tu rostro atezado y de tus negros cabellos, barnizados por los vientos de tu tierra. Estábamos los dos solos. Terminaste tu manzana, y observé que no fuiste capaz de arrojar su corazón a la papelera. Seguí la dirección de tus ojos, y descubrí a una pareja que enseñaba a andar a una niña que era una ricura.

Te levantaste del banco y les preguntaste la edad de ese angelito.

-Tiene año y medio -respondió el padre.

-La misma edad que tiene la mía -dijiste con la voz y la mirada húmedas de emoción-. Tuve que venirme aquí cuando mi mujer estaba embarazada. No conozco a mi hija en persona.

La niña y sus padres siguieron su camino, sin hacerte caso aparente, hacia la fuente de cuyo surtidor había desaparecido el arco iris.

No volviste a sentarte en el banco. Tenías la mirada prendida en la niña, creyendo que era tu niña del otro lado del océano, la misma niña que estaría bebiendo la leche que tú le procurabas con tu sacrificado trabajo en esta tierra de falsas promisiones. Finalmente aplastaste en tu encallecida mano el corazón de la manzana, y lo arrojaste a la papelera. Luego te vi alejarte con los hombros abatidos y la mochila manchada de yeso. En ese momento, apenas doblaste la esquina, se encendieron las luces del alumbrado público, que trataban de usurpar la belleza del arco iris fugitivo que ambos habíamos contemplado.

¿Querrás creerte que se lo reproché a Dios? ¿Cómo tenía entrañas para tener a un padre apartado de su hija pequeñita? ¿Qué podíamos hacer? Dios mío, me hubiera gustado que me dijeras si entonces había posibilidad de hacer algo...

Seguro que ya les habrás reunido. Seguro que la niña ya beberá la leche que su mamá y su papá le compran juntos en el supermercado de la esquina; seguro que ya irá al colegio y sabrá pintar el arco iris que su papá y yo vimos en la fuente, sentados en el mismo banco, esa tarde del Madrid que se abría a la primavera.

Si todo esto es cierto, Dios amado, olvida el reproche que te hice.

El jardinero de las nubes.

Mensaje enviado el 18/02/2008 a las 19:53 por jardinero de las nubes
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- ¡Niño! ¿"Ande" para tu padre?

Yo había abierto la puerta sin vacilamientos ante tan insistentes aldabonazos. Me echó una cara que me levantó el susto, con esa boina mugrienta, esos ojos turbios por el alcohol, esa boca desguarnecida de dientes... El susto no fue para descrito, y quise cerrarle la puerta en las morronudas narices. Pero él interpuso su manaza con una fuerza que se me antojó homicida.

- ¡Niño, no me "arrempujes" la puerta y dile a tu padre que asome la jeta! -me espetó con su voz estertorosa.

-No está en casa -respondí medroso, y respondí la verdad.

- ¡Pues ya me le estás diciendo cuando vuelva que suelte la "caja puros" que me prometió! Quiero que me los vean fumando por la Feria para que vean que he "subío" de categoría.

Sentí que me mareaba; su aliento era una destilería. Pero él mismo tiró de la puerta para cerrarla.

Se lo conté a mi padre a su regreso, y me dijo que no le volviera a abrir la puerta porque andaba tocado del ala y podía ser peligroso.

¡Válgame Dios! Lo teníamos a todas horas dándole arremetidas al aldabón. Cuanto más apogeo adquiría la Feria, mayores eran sus insistencias... Ya mi padre, al filo de la desesperación, me tuvo que mandar al estanco a comprar la dichosa caja de puros.

Curiosamente, y por una nueva ausencia de mi padre, yo fui quien se la dio en su siguiente intentona. Me sonrió con dos caninos y medio palatal, renegridos como viejas fichas de dominó, mientras le hacía entrega del obsequio que más bien parecía un pago atrasado.

-Así me gusta, nene -dijo acariciando la caja-. Dile a tu padre que "anque" no cague oro lo que se me dice se me tiene que cumplir. "Ara" me voy "anca" Copita a fumarme cinco seguidos.

¡Y váyase con Dios!, dije para mis adentros, mientras lo veía alejarse. Iba haciendo eses sobre los adoquines, y llevaba la caja de puros aprisionada en el hueco del brazo. Su chaqueta parecía que se la habían cagado los pájaros de tantos lamparones como exhibía. Le esperaba la Feria; los aldeanos estaban a punto de verle dándose ínfulas con los purascazos obsequiados.

Hoy el pobre hombre, quizá de tanto fumar puros, ya está en el descanso de Dios.

Tanto miedo me hizo pasar, que aprendí que siempre es bueno cumplir la palabra empeñada.

El jardinero de las nubes.

Mensaje enviado el 14/02/2008 a las 19:59 por jardinero de las nubes
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Hoy me he equivocado... Hay una nueva oportunidad en el mañana, que de momento aparece limpio de errores.

Pero ¿ha de preocuparme tanto el mañana? El esfuerzo de mi senectud no ha de ser más afortunado que el de mi juventud. El pájaro quiere ser nube, la nube quiere ser pájaro, cantaba Tagore. Ni siembran ni guardan en graneros, y el alimento no les falta.

Frío tráfago el de esta sociedad que no conoce la felicidad aunque ande persiguiéndola incansablemente. El dinero es la cumbre, el dinero es la meta, el dinero es la panacea; si hay que aplastar las flores en el barro por hacernos con aquél, ¡hagámoslo!...

No, a mí dejadme la nube y el pájaro y esas flores limpias de barro. Llamadme loco o descastado. Mi vida me pertenece. Dejadme transitar los caminos que jamás andaríais. Si la tristeza ha de estar presente de todas formas, soñaré que jamás la conocí. Soñaré que pude tener amigos y los conservé. Quemaré todos los almanaques que me separan de todas aquellas oportunidades perdidas. Si las ilusiones son humo, dejad que haga con ellas una nube para guarecerme de las fatigas de esta vida.

Mi vida vale lo que un río silencioso. Dadme una nube, un pájaro y un atardecer y me consideraré afortunado. Luego vendrán las cosas que no espero, y sentiré mi corazón elevarse en alas del gozo.

Es la oración que te hago, amado Dios: la nube y el pájaro han de acabar siendo la misma cosa.

El jardinero de las nubes.

Mensaje enviado el 12/02/2008 a las 20:02 por jardinero de las nubes
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Nuestro buen amigo Feliciano Moya, poeta de los pinceles, me ha informado en su último mail que ya están floreciendo los almendros en Aldea. ¡Y que no esté yo allí para que mis ojos se recreen en semejante milagro de la Madre Naturaleza!

Una vez, en los días de mi triste adolescencia, mientras me paseaba por entre las ramas en cierne de los almendros del camino de la Cueva del Alguacil, presencié algo maravilloso, a lo que la Naturaleza no nos tiene muy habituados:

Deambulaba yo por entre las piedras sobre las que se yerguen los troncos de los almendros. Había vestigios de humedad, que ayudaban a rememorar las copiosas lluvias de los días anteriores; las piedras estaban rebozadas de barro. Sólo una única nube, muy ligera y transparente, osaba semejar divieso en el rostro de un cielo con vocación de primavera. De muy lejos se llegaban a mis oídos los balidos de un rebaño de ovejas. El sol picaba con resabios de resistidero veraniego. Mi mente estaba imbuida de los melancólicos pensamientos de un adolescente solitario. Mi corazón suspiraba a causa de una muchacha cantante, que solía salir en televisión por aquel entonces, y yo imaginaba lo que no podría ser y lo que jamás ha sido.

De repente, desde el Norte azotó mi rostro una violenta ráfaga de viento. Mis pies trepidaron tratando de guardar el equilibrio sobre las piedras, y las ramas de los almendros se estremecieron con impresionante sonoridad. Entonces comenzó el milagro...

Una cortina de pétalos blancos se extendió por todo aquel sector del cielo. El vendaval formó un tirabuzón y los pétalos ascendieron una altura inusual. Mis ojos vieron lo que deseaban ver: los pétalos conformaron el rostro de mi cantante suspirada; sus ojos propiamente almendrados; los adorables arcos de sus cejas de trigal; sus labios del color de las pasas de Corinto; su nariz como el promontorio de una isla de los mares del Sur; y su cabellera de oro tibio, cuyas ondulaciones parecían los acordes de un arpa de hierba. Yo estaba extasiado, rescatando colores de la blancura de los pétalos. Poco faltó para que mi trasero midiera las piedras del suelo.

De repente, el aire se apaciguó, y cayeron los pétalos en nívea lluvia, describiendo ágiles molinetes en su apacible descenso. Cayeron en mis cabellos y en mis hombros, y aquello me supo a beso onírico. La nubecilla de poco antes había sido asimilada por el vasto azul del cielo.

Y yo seguí caminado entre los almendros desflorando, rumiando el sueño que la Naturaleza me había ayudado a ilustrar.

Sí, querido amigo mío; ya están floreciendo los almendros.

El jardinero de las nubes.

Mensaje enviado el 09/02/2008 a las 9:21 por jardinero de las nubes
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Hubo un tiempo en que yo te perseguía por todo el filo de la tierra. Te amaba, y entonces dejaba mi ventana abierta y cruzaba mis brazos, tumbado en la banqueta de mis horas solitarias, para atrapar el hálito de la brisa de primavera que me susurraba tus ternezas al oído. Te buscaba bajo los arcos de las iglesias, y te perseguía por los arenales que la tormenta oscurecía. Mi corazón se rendía a los incesantes latidos que le provocabas. En las cimas y en los valles se auguraba tu presencia. Tus perlas lucían blancas y tus ojos capturaban las estrellas del firmamento. El silencio me traía tu mensaje: "Algún día tu soledad terminará. Sentirás mi abrazo por todo el filo de la tierra". Te hacías llamar "Vida", pero yo te llamaba "Ilusión" y "Esperanza"

Hice de mi vida un borrador, y cierto día descubrí con horror que se había agotado el tiempo que me fue concedido para pasar a limpio dicho borrador. Dejé que mis brazos se abatieran, y mis ojos buscaron la mirada del suelo. Las nubes encubrieron el verdor de los paisajes por los que otrora te buscara. Los latidos de nuestra alborada se fueron pausando. La ilusión que me inspiraste se redujo a añicos, cual frágil cristal de Bohemia.

Ahora eras tú quien me buscaba, y yo ya no quería darme a encontrar.

Empezaste a coquetear conmigo, y ya no encontraste brasas en mi corazón; el hielo de los palacios de invierno tendía por sus ámbitos un cortejo de sombras de quietud. Me viste arrellanado en un trono de nieve, y colocaste tus manos sobre mis rodillas. "Yo no he envejecido, me dijiste, no he renunciado a tus persecuciones, no he sentido que tu sangre se enfriara. Debí agarrarte con mis brazos cuando tú me tendías los tuyos. ¿Por qué ya no me amas?"

Mis labios no dieron respuesta a tus palabras. Sólo te regalé una lágrima, el último vestigio de mi juventud, y tu presencia se esfumó como una cortina de lluvia.

Me hubiera gustado decirte que mi corazón todavía late como un reloj agonizante, que mi amor se ha conservado en el hielo del ocaso de mi vida. Abriré por la vez postrera mi ventana, y le suplicaré a la primavera para que con sus alas de incienso te traiga a mi encuentro.

Te seguiré llamando "Esperanza".

El jardinero de las nubes.

Mensaje enviado el 05/02/2008 a las 15:25 por jardinero de las nubes
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En la foto 19 he insertado un escrito acerca de la obra de Feliciano Moya.

Mensaje enviado el 04/02/2008 a las 21:23 por jardinero de las nubes
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Cuando el jardinero no era capaz de dar a conocer las profundidades de su interior, cuando los años pasaban irremisiblemente y veía que su alma iba a reventar dentro de sí misma… Entonces sus ojos, estando sentado en un banco de la sevillana Plaza de España, se tropezaron con este texto de Rabindranath Tagore (de quien se confiesa discípulo), capítulo número 60 de su libro “La cosecha”:

“El perfume exclama en el capullo: “ ¡Ay de mí, se marcha el día, el día feliz de la primavera, y aquí estoy aún prisionero en mis hojas!”

No pierdas, pobrecillo, la esperanza. Estallarán tus ataduras, el capullo se convertirá en flor, y cuando mueras en lo mejor de tu vida, seguirá viviendo en el espíritu de la primavera.

Jadea y se agita el perfume dentro del capullo, exclamando: “ ¡Ay de mí, pasan las horas, y aún no sé adónde voy ni qué ando buscando!”

No pierdas, pobrecillo, la esperanza. La brisa de la primavera ha oído tu deseo, y no habrá acabado el día antes de que veas colmado tu ser.

Oscuro es el futuro para él, y el perfume exclama desesperado: “ ¡Ay de mí! ¿Qué falta he cometido para que mi vida carezca tanto de sentido? ¿Quién puede decirme la razón de mi existencia?”

No pierdas, pobrecillo, la esperanza. Ya está cerca la aurora perfecta, en la que mezclarás tu vida con la vida total y por fin sabrás para qué has nacido.”

Y ahora, después de una vida árida, siento que las palabras de mi maestro Tagore se han tornado realidad.

El jardinero de las nubes.

Mensaje enviado el 03/02/2008 a las 15:52 por jardinero de las nubes
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¡Oh, luna esplendorosa, sé lo que has significado y significas para aquéllos que huyen de los asuntos terrenales y buscan en la poesía el bálsamo para las heridas del alma! Muchas veces, sacando la basura, te he visto en la antesala del firmamento, y mis pies se han detenido en contra de los dictados de mi razón; en tu seno se encuentra el relicario de mis más emocionantes sueños. Cuando era joven y en las noches azules de julio bajaba paseando al Ranchal, tu rostro servía de marco a multitud de rostros amados. Y la Vírgen María (cuyo nombre en hebreo significa "Estrella del Mar" te robaba tu blancura para dar color a su pureza... Mucho has significado para mi vida, luminaria de los cielos. Recuerdo que escribí algunos poemas nocturnos, valiéndome sólo de tu fulgor para guiar mi pluma.
Hoy ha sido un día dichoso para mí, pues mi práctica de la arqueología literaria me ha conducido a un hallazgo maravilloso. El libro se titula "El mártir del Gólgota"; el autor es Enrique Pérez Escrich, el cual se confesaba alumno de Manuel Fernández y González (el autor de nuestro célebre "Corregidor de Almagro". El fragmento corresponde al capítulo siete del libro primero, intitulado "Dimas". Expresa muy bien el sentimiento que la luna despierta en los corazones cristianos:
"Ella es la madre bondadosa de los hijos del infortunio. Los hombres más altivos no se avergüenzan de llorar ante su presencia, desahogando los dolores de su corazón, las penas de su vida; porque los rayos que su disco derrama sobre la tierra están impregnados con la inagotable bondad de Dios, y fecundizan la esperanza en las almas que sufren, el consuelo en los corazones que padecen, como el claro manantial que se desliza entre el césped de la pradera derrama la vida y la fragancia con sus frescos besos en el cáliz de las violetas, de las anémonas y de las siemprevivas. La luna es, en fin, la sonrisa de los ángeles, el rocío celeste que Dios envía todas las noches desde el cielo para decir a los desgraciados: Esperad, confiad; yo no os olvido" (sic).
Este hallazgo literario quiero dárselo en ofrenda a mi ángel, que esta tarde me ha hecho el regalo de su voz y su cariño... Ahora tu rostro está enmarcado en la luna, y yo hinco mis rodillas en la tierra para agradecer al Cielo tu existencia. ¡Bendito sea tu nombre, que trae la alegría a los rostros cariacontecidos!
Rayos de la luna, aquí encontráis un corazón deseoso de vuestro consuelo.
El jardinero de las nubes.

Mensaje enviado el 03/02/2008 a las 15:21 por jardinero de las nubes
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Un viernes de marzo, ya muy atrás en el pasado, me levanté con la comezón de hacer algo que llevaba mucho tiempo rondándome la cabeza: ir al cementerio de la Almudena para buscar la tumba de un amigo que quise mucho y que entonces llevaba ocho años en el reposo de Dios; falleció en extrañas circunstancias.
Llovía a cantaros pero no me eché atrás en mi decisión: siempre me he sentido más a gusto bajo la lluvia que bajo el sol justiciero. Cogí el metro hasta Ventas y allí un autobús que me condujo avenida de Daroca ariba.
Iba atento a las paradas y me bajé donde supuestamente estaba la entrada de la necrópolis. Pero yo no la vislumbraba a lo primero. Le pregunté a un hombre bajito que tenía unos mostachos de color trigo. Debí inspirarle algo de lástima (un muchacho tan joven haciéndole esa pregunta), pues sus ojos azules brillaron con una cierta humedad de emoción. Me preguntó si iba al cementerio civil, y le respondí que no, que iba al religioso. Me orientó adecuadamente.
Una vez allí me di cuenta que debía preguntar, a pesar de mi timidez, la ubicación de la tumba, pues sabía que de otro modo sería como buscar una aguja en un pajar, y más con el chubasco que estaba cayendo. En las oficinas me dieron un papel con el cuartel y el número de la tumba de mi amigo, el cual no me sirvió para nada. Un vigilante tuvo la gentileza de prestarme un plano y allá que me encaminé. Soplaba un vigoroso vendaval y la lluvia avibaba frescas fragancias en las ramas de los árboles con sus hojas a estreno.
Llegué a mi meta, no sin antes haber leído cientos de inscripciones. En ese momento se abrió en las nubes un hombro de sol. Una tumba de piedra, un corazón sufriente. Un árbol en cuya copa estaba refugiado un gorrión que dejaba oír su aterido canto. Yo no sabía si eran lágrimas o gotas de lluvia las que rodaban por mis mejillas; para mí eran la misma cosa. El hombro de sol trazó el arco iris en las alturas, y mi pecho se estremeció de emoción.
Entonces no lo sabía, y ahora que lo intento contar tampoco sabría explicarlo. Era una emoción sin más, era un deseo de intercambiar papeles en el drama de la existencia.
El hombro de sol se cerró. La lluvia recrudeció. Poco a poco el follaje de los jardines circundantes fue agrupándose en tupidos mechones de gris opaco. Había llegado el momento de marcharme. Mi mano se posó sobre la lápida, y sentí que mi corazón no quería alejarse de allí. Pero lo hice. Subí unas escaleras, y, desde la altura de una colina, abarqué la extensión del camposanto, cuya superficie aventaja en mucho a la del casco urbano de nuestra Aldea.
Cuando le devolví al vigilante su plano, éste me atrapó la mano impulsivamente y sentí la misma emoción que cuando la puse sobre la lápida de mi amigo.
El jardinero de las nubes.

Mensaje enviado el 03/02/2008 a las 15:20 por jardinero de las nubes
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EL CUENTO DE LA PALOMA EN EL HOSPITAL (Una historia real)

-No puedo creer en Dios -decía con su voz pegada a la garganta, en aquel su triste lecho de muerte de aquella no menos triste habitación de hospital-. A Dios no le importa dejar a mis niños sin su madre.

Sabía que se acercaba su hora postrera, y siempre me escuchaba cuando yo trataba de darle el consuelo de Dios al ser querido que me había traído a esa aséptica habitación de hospital.

Recuerdo a esa pobre mujer de 31 años, enfilando cada vez con más dificultades los largos pasillos del hospital. Siempre del brazo de su madre. Cuando yo trataba de animar el ambiente con comentarios jocosos, su risa quería abrirse paso en medio de su dolor.

En cierta ocasión, su madre bajó a comer y me encomendó su cuidado en el entretanto. Entonces le acometió el pánico de la soledad, y, al tender su mano en busca de la de su madre, yo se la estreché. Su respiración se relajó, y me dijo simplemente: "Hola".

-No pierdas la fe en Dios -traté de consolarla.

¿Consuelo? Con lo enconado de sus dolores, no había lugar más que para el resentimiento hacia el Hacedor, que no tenía entrañas para evitar que unos niños se quedaran sin su madre. Sentí una honda tristeza por no poder brindarle el consuelo que subyacía a un mar de dudas, dudas hasta para mí. Entonces, con su voz menguada, me pidió que le contara una de esas historias con las que yo distraía el tedio de las horas de mi ser querido.

Me quedé unos segundos vacilando. Entonces me acordé de un episodio de mi niñez en Aldea, y se lo conté cual si fuese un cuento de hadas:

En una hendidura del muro de la fábrica de harinas se arrullaron una mañana de primavera una pareja de palomas (la paloma es la única ave que es siempre fiel a su pareja). Al cabo de un tiempo se escuchó el jovial piar de cinco pichoncillos. La paloma les traía comida, y el palomo observaba mientras tanto con gesto hiératico. Así, los pichoncillos se convirtieron en saludables pichones. Yo iba cada día a obsevarlos desde mi sitio en la acera. Un día, aparecieron dos zagales que iban con una plomera para hacer prácticas de tiro en las eras del camino de Hernán Muñoz. Yo les vi de lejos apuntando al nido de las palomas y no llegué a tiempo de evitar que cumplieran su propósito (tampoco hubiese tenido valor para hacerlo, con lo cagueta que era). Abatieron a la paloma, y se la llevaron como trofeo de caza. Vi cómo los pichones alargaban sus suplicantes cabecillas fuera de la hendidura del muro. Reclamaban el sustento que su madre siempre les daba. Superado el desconcierto inicial, el palomo emprendió el vuelo y al cabo de un rato volvió con una corteza de pan en el pico. Desde entonces, siempre que iba a visitarles, tenía cuidado de llevarles algunos pedacitos de pan, para ayudar al palomo en la crianza de los pichones. No volví a verle con otra pareja, siempre fiel al recuerdo de la paloma difunta. Y un día, ya cerca del otoño, los pichones levantaron el vuelo y ya no retornaron a la hendidura. El palomo también se fue; había cumplido su misión. Acaso encontrara otra pareja. Pero yo ya no lo vi. A raíz de esta historia, le cogí amor al mundo de las aves.

Para cuando terminé de contarle este trasunto de cuento, la pobre enferma se había quedado dormida. En las comisuras de sus labios custridos apuntaba un asomo de sonrisa. Cuando su madre, después de comer, regresó a la habitación, me preguntó cómo había conseguido calmarla, y yo no supe qué decir.

Pobrecilla, tres días después traspasó el umbral de la muerte. Y es de prever que el destino de sus niños corriera parejo con el de los pichones de la hendidura de la fábrica de harinas de Aldea del Rey.

Dedicado al hermano de Feliciano, a hijos y a la familia de Feliciano, que seguro sabrán encontrarle moraleja a esta historia real.

Por cierto, aprovecho la ocasión para comunicar en este foro que ya está operativa la página web de Feliciano Moya (http://www. feliciano-moya. es/), el genial pintor de Aldea. Visítenla, no les defraudará; y díganselo a sus amigos y familiares para que la vean.

El jardinero de las nubes.

Mensaje enviado el 31/01/2008 a las 13:49 por jardinero de las nubes
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Tempestuosos tiempos los de la Reforma. En astronomía la Iglesia Católica admitía el sistema geocéntrico de Tolomeo (los planetas y el sol giran alrededor de la tierra) y despreciaba el nuevo sistema heliocéntrico (los planetas y la tierra giran alrededor del sol), paradojicamente difundido por un monje polaco llamado Copérnico; el sistema heliocéntrico tenía más visos de realidad, pero la tradición cuesta desterrarla.

Hacia 1582 un niño llamado Johannes Kepler fue enviado al seminario protestante de Maulbronn, donde se preparaba a los jóvenes para combatir ideológicamente el catolicismo. Pero Kepler, niño introvertido y aislado, quería ir más allá: quería encontrar la armonía de los mundos; leer, en definitiva, la mente de Dios. Y en este camino las matemáticas, especialmente la geometría, ejercieron en su alma especial fascinación. Dejó escrito: "La Geometría existía antes de la Creación. Es co-eterna con la mente de Dios... La Geometría ofreció a Dios un modelo para la Creación... La Geometría es Dios mismo".

Los cuerpos celestes respondían en sus órbitas a la belleza de la Geometría. Si el sistema geocéntrico no lo había demostrado del todo, el sistema heliocéntrico lo haría, tal era la fe de Kepler. Pero para ello necesitaría datos de observaciones que llevarían toda una vida acopiar. Y mientras reunía esos datos, no podría dar libre curso a sus ideas con la rapidez que quería.
Necesitaba esos datos, y había alguien en el mundo que ya los tenía: el exiliado astrónomo danés Tycho Brahe, que hoy da nombre a u