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Contigo lloro, amigo jardinero, el crimen cometido en los aros del tiempo que poco a poco van sembrando la madera de cualquier árbol. Unos plantan, otros talan. Pese a la eufonía enumerativa, la realidad es mucho más fea, trágica, inaceptable y censurable. ¿Delito ecológico?, para mí, sí, mucho más grave que una falta de tráfico o administrativa. Los árboles y su presencia son un indicativo fiel de la cultura de los pueblos. En Francia nació el noble arte de la jardinería y el amor por los árboles. Un libro minimalista en francés llamado L'homme qui plantait des arbres es un canto al amor a la naturaleza. Este hombre dedicó su vida a plantar semillas en el nordeste francés, en su asomada a los Alpes; consiguió en más de 50 años repoblar montañas completas. Evidentemente los prebostes de la incultura y barbarie ecológica aldeana ni conoce al autor ni leyeron el libro ni tienen interés por algo tan pedestre como la madera. Ellos a cobrar y cumplir con su sanbenito perfectamente fiel de mileuristas. Así va la cosa...
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