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MANZANARES
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 Mensajes de MANZANARES
Elizabeth Iglesias
Fecha: 23/04/2008
Hora: 15:02
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Me gustaria mucho recibir mediante correo electronico, una fotografia de la estacion de tren de Manzanares (Ciudad Real). He estado en la pagina del pueblo y no la encuentro. La necesitaria para hacer un regalo a un chico de ese pueblo.
Un saludo
Elizabeth

Heather
Fecha: 03/06/2008
Hora: 13:11
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Hola a la gente de Manzanares. Soy inglesa y vivo en un pueble pequeno en el region del bosque se llama "Sherwood Forest". Es famoso por el heroe legendario "Robin Hood".
Busco noticias de mi viejo amigo se llama Jose Huertas Munoz, sus padres cuyos vivian en Manzanares en el siglo setenta. No ha visto a Jose algo mas de trece anos y yo querria noticias de el. Esta alquien saber Jose?

Con gracias y saludos
Heather

Heather
Fecha: 03/06/2008
Hora: 15:04
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Hola otra vez. Lo siento pero en mi mensaje antes yo cometo un error. Por supuesto, los padres de Jose, vivian en Manzanares durante los anos setentas, no el siglo setenta! Perdone. No hablo bien el espanol.

Heather

jardinero de las nubes
Fecha: 16/07/2008
Hora: 20:04
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Del foro de Aldea del Rey (C. REAL)

LA BALADA DE LOS ÚLTIMOS DÍAS (II): 1 DE NOVIEMBRE

El tren arribó a la estación de Manzanares en medio de una tarde velada de nubes grises. Era el 1 de noviembre, la festividad de Todos los Santos. Pepe Abascal bajó de su vagón, maleta en diestra, y se quedó un momento como estático en el despejado andén. En el tibio aire otoñal se percibía un acre olor a leños quemados. El sol brillaba triunfal a través de los desgarrones de la masa de nubes. Rollizos gorriones se posaban indolentes en los hilos del tendido eléctrico. Manzanares daba la bienvenida a Pepe Abascal.

El tren abandonó la estación puntualmente, y Pepe Abascal principió a caminar con deliberada lentitud. Se metió en el lavabo de caballeros para enjabonarse las sudorosas manos y adecentar un poco su aspecto. El espejo no le hizo ningún favor: cabeza glabra; ojos castaños y como hundidos bajo los arcos superciliares; arrugas de la risa y tono de piel pálido. Ya tenía cuarenta y nueve años, y apenas si viviría para alcanzar el medio siglo. Cruel luz grisácea la que se abría paso a través del ventanillo del lavabo. Quien mira en el espejo su propia decadencia cree sentir lo que les sucede a las hojas cuando en la otoñada se caen de las ramas de los árboles.

Salió fuera de la estación. Las calles de Manzanares se veían inusualmente despobladas. No necesitó cavilar para dar enseguida con la razón de ello: era el día de Todos los Santos y la gente, muy respetuosa de la memoria de sus ancestros, habría acudido en masa al cementerio. Ahora comprendía cómo al caminar percibía en el aire un remoto aroma a flores de camposanto. Él no había avisado a sus padres de su llegada; sin duda no los hallaría en casa. Era un paseo considerable desde donde estaba hasta el cementerio; pero decidió andarlo, aunque tuviera llave propia de la casa de sus padres; así se haría de nuevo a la cambiante fisonomía de Manzanares, casi irreconocible después de tanto tiempo.

Del oeste surgió un vientecillo húmedo, que anunciaba una próxima llovizna. Pepe Abascal gozó infinito de su contacto. Casi había llegado a olvidarse de aquellos pequeños placeres del tiempo de su juventud: los cielos encapotados del otoño y el cimbrear de los árboles desnudos del parque municipal. Al pasar por este lugar, le entristeció no encontrar el cauce del río Azuer.

«Días de juventud. Gente va y gente viene por ambas orillas del río -se dijo para sus adentros-. Dos ancianas monjitas sentadas al sol en el pretil del puente. Querido río, ¿qué ha sido de ti? El recuerdo del croar de las ranas y los leves pececillos que poblaban tus aguas estancadas. Oh Manzanares, de ti me llegué a olvidar en aquel Madrid indómito. Yo, Pepe Abascal, regreso a tus lares, hasta que el dulce abrazo de tu tierra me acoja para toda la eternidad.»

Los pies le empezaban a doler cuando llegó a vista del cementerio. Todos los alrededores estaban plagados de vehículos, y la gente hormigueaba entre ellos.

- ¡Es Pepe Abascal! -oía decir por lo bajo a sus espaldas, mientras recorría las calles del cementerio.

A todo esto, alcanzó el cuartel donde estaba emplazada la tumba de sus abuelos maternos. Allí reconoció la llorosa faz de su madre, que no alzaba la vista de los floridos ramos de la sepultura. Hacía cerca de seis meses que no la veía (siempre sus familiares habían tenido que ir a visitarle a Madrid, porque hasta ahora había desechado la idea de regresar a su viejo hogar). Reparó en que sus cabellos se habían vuelto completamente blancos... ¿Acaso lo sabría?

-Mamá -dijo él, con un tono intencionadamente bajo.

La madre alzó la cabeza con asombro. Su mirada de ojos negros estaba aguanosa. Y aún más fluido brotaba de sus lagrimales mientras tenía delante la figura de su hijo.

-Insensato -fue lo que le contestó.

Pepe Abascal dejó la maleta en el suelo.

-Mamá... ¿Lo sabes ya?

-Lo he sabido por las revistas de cotilleos de la peluquería... ¿Por qué no nos enteraste de ello?

-No quería haceros sufrir.

-Ven que te abrace.

La madre se deshizo en llanto en los brazos de su hijo. Los concurrentes se quedaron mirándoles, algunos de reojo y otros abiertamente. Pepe Abascal, entretanto, no podía apartar los ojos de las flores de la sepultura: una bella sinfonía de rojos, amarillos y blancos. Tragó saliva, y a continuación se desenlazó de su madre, sin que por ello dejara de mirar las flores. En ese momento se puso a lloviznar. Los pétalos de las flores se llenaron inmediatamente de lentejuelas transparentes, de besos de lluvia.

-Mamá -dijo Pepe Abascal.

- ¿Sí, hijo?

-Estoy pensando una cosa...

- ¿Qué cosa piensas? -preguntó la madre con curiosidad.

- ¿Fueron buena gente los abuelos?

-Tan buenos, que ni te los sé encarecer.

-Y por eso les traes flores por este día.

-Naturalmente.

-Entonces pienso que yo no soy digno de que me traigan flores -dijo Pepe Abascal-. Al año que viene o al siguiente no me las traigas... He hecho cosas verdaderamente malas.

Su madre no supo qué responderle.

CONTINUARÁ...

El jardinero de las nubes.

jardinero de las nubes
Fecha: 16/07/2008
Hora: 21:19
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Del foro de Aldea del Rey (Ciudad Real)

LA BALADA DE LOS ÚLTIMOS DÍAS (I): PRESENTACIÓN

MANUEL PIÑA FUE UN DISEÑADOR DE MODAS DE CIERTO PRESTIGIO EN ESPAÑA. ERA ORIUNDO DE UN HERMOSO PUEBLO LLAMADO MANZANARES, EN LA PROVINCIA DE CIUDAD REAL (A UNOS 50 KM DE MI ALDEA DEL REY). MANUEL PIÑA DISEÑÓ EL UNIFORME QUE ACTUALMENTE USA EN ESPAÑA EL CUERPO DE CORREOS. FUE VANGUARDISTA, APASIONADO, AUDAZ Y HUMILDE EN SU FORMA DE ENFRENTARSE AL ÉXITO. SOLÍA CUBRIRSE LA CORONILLA CON CASQUETES Y PAÑUELOS CON MOTIVOS ZÍNGAROS... RECONOZCO QUE A LAS PRIMERAS DE CAMBIO NO ME HUBIERA CAÍDO MUY BIEN. EMPERO, HUBO ALGO QUE ME RINDIÓ EL CORAZÓN A SU FAVOR.

A FINALES DEL VERANO DE 1989, LA MADRE DE MANUEL PIÑA FUE LLAMADA POR EL PERIODISTA JESÚS HERMIDA PARA SER ENTREVISTADA EN TELEVISIÓN. ELLA LE CONFESÓ A ÉSTE QUE EL FAMOSO ERA SU HIJO, QUE ELLA ERA UNA MUJER DE CAMPO Y NO TENÍA CULTURA PARA ENFRENTARSE A LAS CÁMARAS. ENTONCES LE PASARON UNA CONEXIÓN EN DIRECTO CON SU HIJO, Y ÉL DIJO ALGO ASÍ: "SOY YO QUIÉN NO SÉ NADA A TU LADO, QUERIDA MADRE. CUÉNTALES CÓMO LOS ABUELOS TIRARON ADELANTE CON UN MONTÓN DE HIJAS; CUÉNTALES LAS PENAS Y ESCASECES QUE PASASTEIS EN LA GUERRA; CUÉNTALES CÓMO TENÍAS QUE IR A SEGAR LLEVÁNDONOS CONTIGO; CUÉNTALES CÓMO NUNCA VISTE EL MAR POR DARNOS UN FUTURO; CUÉNTALES CÓMO TE QUEDASTE SIN AHORROS PARA QUE YO PUDIERA EMPEZAR A TRABAJAR COMO MODISTO EN MADRID. CUÉNTALES, Y TE DARÁS CUENTA DE QUE LA VIDA TE HA ENSEÑADO MÁS QUE MIL UNIVERSIDADES".

LA EMOCIÓN SE PALPABA TRAS LA PANTALLA DEL TELEVISOR. LA MADRE EMPEZÓ A DERRAMAR LÁGRIMAS Y DIJO CON LA VOZ TEÑIDA DE EMOCIÓN: " ¡HIJO MÍO!".

ASÍ FUE CÓMO LE COBRÉ GRAN SIMPATÍA A MANUEL PIÑA. CINCO AÑOS DESPUES ME ENTERÉ POR UNA BREVE RESEÑA EN PRENSA QUE HABÍA FALLECIDO EN SU MANZANARES NATAL, AQUEJADO POR EL VIRUS DEL SIDA. TENÍA CINCUENTA AÑOS.

YO RECORDABA AQUELLA INTERVENCIÓN TELEVISIVA, Y ME SENTÍ FRANCAMENTE AFECTADO. QUISE HOMENAJEARLE DE ALGÚN MODO, Y NO FUE HASTA LA PRIMAVERA DE 1998 QUE ME PUSE A ESCRIBIR LA NOVELA CORTA QUE AHORA QUISIERA OFRECERLES. IMAGINÉ CÓMO HABRÍAN SIDO SUS ÚLTIMOS DÍAS, Y CAMBIÉ SU NOMBRE POR EL DE PEPE ABASCAL. Y UTILICÉ ASIMISMO EL PUEBLO DE MANZANARES COMO LUGAR DE LA TRAMA, EL CUAL ME RESULTA POR ENDE CONOCIDO Y QUERIDO.

CUENTAN QUE MIGUEL ÁNGEL SE SINTIÓ TAN SATISFECHO CUANDO TERMINÓ SU ESTATUA DE MOISÉS, QUE CON SU MAZO LE DESCARGÓ UN GOLPE EN LA RODILLA Y LE DIJO: " ¡AHORA HABLA!". ALGÓ SIMILAR SENTÍ YO CUANDO TERMINÉ ESTA NOVELA. SIGUIENDO LOS IMPULSOS DE MI CORAZÓN, EXPLORANDO DISTINTOS REGISTROS DE NARRACIÓN, FUNDIENDO LOS SUEÑOS CON LA REALIDAD, ME SALIÓ TODO UN CANTO A LA VIDA QUE NO PUDO POR MENOS DE DEJARME SUBYUGADO Y ADMIRADO DE MÍ MISMO, TODO ELLO CON EL TRANSFONDO DEL HERMOSO PAISAJE MANCHEGO. Y NO QUIERO TRANSMITIR VANIDAD, SINO EL SENTIMIENTO QUE ENTONCES ME EMBARGABA.

ESTA NOVELA LA TENÍA MECANOGRAFIADA EN PAPEL Y NO EN ARCHIVO INFORMÁTICO. LA HE ENCONTRADO DESPUÉS DE AÑOS DE CREERLA EXTRAVIADA, Y HE DECIDIDO IRLA TRASLADANDO AL FORMATO DIGITAL Y AL MISMO TIEMPO OFRECÉRSELA A USTEDES EN TODA SU FRESCURA Y MARAVILLA. UN CONSEJO: DÉJENSE LLEVAR POR LAS PALABRAS Y LOS SENTIMIENTOS, Y LA GOZARÁN COMO YO LA GOCÉ Y LA SIGO GOZANDO.

LA BALADA DE LOS ÚLTIMOS DÍAS

1. El retorno definitivo

Lo que ayer causaba despecho, es hoy objeto de venerada esperanza. ¿Qué pudo sacarse en limpio de los interminables horizontes de acero y asfalto? El agua de la vida fluyendo hasta una rápida consunción... y al final la sed insaciable. Continua concertina de sonidos escabrosos, gorriones con alas manchadas de polución y charcos de apariencia bituminosa. En el asfalto no brotan ni dientes de león ni amapolas; allí la muerte tiene el escabel de sus pies. Engañoso consuelo el de los jardines y los paseos arbolados; por encima de ellos el sol ciudadano exhibe un guiño de agonizante esplendor. ¿Qué se hizo del cielo azul malva relegado de todos los recuerdos? La metrópoli es como un cerco dentro del cual se adulteran los sentimientos; cerco que cierra el paso a la vida que todos debiéramos vivir, y que hunde en el barro de las desilusiones los nobles ideales de los años mozos. ¿Qué sentido tiene haber amasado cordilleras de dinero a tan alto precio? La perdición al haberse dejado arrastrar por una espiral de orgías, por corrientes residuales que supuestamente desembocan en el éxito y la satisfacción personal.

Los ojos de Pepe Abascal -harto de éxito y con el corazón henchido de amargo pesar- abrazaban la llanura otoñal a través de la ventanilla del tren que le conducía a sus orígenes. En sus oídos aún resonaban los enardecidos aplausos al presentarse su colección de moda en la última edición de la Pasarela Cibeles. Toda la vida soñando con los aplausos, y ahora éstos se le representaban como lo que eran: un ruido insoportable y ensordecedor. Habían pasado veintiún largos años desde que Pepe Abascal hiciera el viaje (inverso al de ahora) a la ciudad de las esperanzas provincianas, esto es, la imprescindible Madrid. Primero como modesto sastre, luego como diseñador de modas... su éxito había subido muy por encima de sus sueños más ambiciosos. Caudales de dinero fueron la principal parte a sumergirle en un desvarío implacable. Necesitó salvarse de su propio tedio experimentando todas cuantas opciones de vida acudían a su desbordada imaginación. Apurar todas las alternativas sexuales hasta el límite: gamia, bigamia, sodomía... Todos los juegos y posiciones del "Kama Sutra" a efectos de mejor sentir el estallido de los jugos seminales y el insustituible placer que surge de los movimientos anales. Para esto necesitaba variado jardín de odaliscas y de sementales con inversión de sentimientos y preferencias. Y todas estas orgías regadas en abundante alcohol y espolvoreadas con esa nieve llamada cocaína, para luego pasar a las jeringuillas hipodérmicas conteniendo ese fluido exaltador, tan insustituible para quienes gustan de sus delicias. ¿Quién podría acordarse, en medio de tales arrebatos, de los patrios lares?

«Toda carrera tiene un final -pensó Pepe Abascal, absorbiendo con ojos húmedos la imagen de la llanura-. Un final que en mi caso se llama "condenación". Un virus de siglas mortales... SIDA; ésta es mi definición.»

No podía por menos de maldecir la hora en que acudió al Centro de Salud para hacerse ese análisis de sangre con motivo de unas pruebas de alergia. A partir de entonces sintió planear las oscuras alas de la muerte sobre su cabeza. Le pasaron por la mente ideas de acelerar el trágico desenlace; empero, tras un cúmulo de reflexiones, decidió aferrarse hasta la consumación a sus migajas de vida. Y asimismo decidió cambiar el teatro de sus días postreros. Manzanares- el hogar de su infancia, adolescencia y juventud- llamándole con las voces del recuerdo: una evocación de cielos acogedores y llanos jaspeados.

Una semana antes de emprender su último viaje terrenal, reunió en su opulenta casa de Madrid a sus más afectos (gentes del mundo de la moda y la farándula), y, tras una opípara celebración, con una copa de vino espumoso en la mano, les ofreció la siguiente arenga:

-Vosotros sabéis lo que me pasa. Mis días están contados, y quiero pasarlos lejos de todo bullicio. Digo adiós a las drogas, al alcohol y a las orgías. Pongo punto y final a mi carrera, y regreso al lugar del que no debí salir. Ha sido maravilloso teneros por amigos. Ahora sólo os pediría que os despidierais de mí aquí y ahora, y que no me vayáis a visitar en los próximos tiempos; recordadme como ahora me veis... Alzo por última vez mi copa a vuestra salud.

No hubo aplausos ni ovaciones a sus palabras. Él sólo quería cosechar un silencio solidario, pleno de emociones, y tal cosa obtuvo.

Antes de marcharse para Manzanares dejó bien arreglados sus asuntos legales, que, habida cuenta de su inmenso patrimonio, no podían por menos de revestir algunas complicaciones. Dejó como herederos universales a sus padres. En cuanto a su hermana menor y su hermano mayor, que aquéllos decidieran la parte proporcional que habrían de percibir de sus bienes.

Sin más dilaciones, pues, cargó su vieja maleta con pocos efectos y se dispuso a coger el tren, tal como hacen los seres humildes que no cuentan con automóvil o aquéllos que no tienen ganas de manejar el volante.

CONTINUARÁ...

El jardinero de las nubes.

jardinero de las nubes
Fecha: 16/07/2008
Hora: 23:40
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Del foro de Aldea del Rey (Ciudad Real)

LA BALADA DE LOS ÚLTIMOS DÍAS (III): EL PATIO CUBIERTO

2. El pirado de la vía del tren

Fue cálida la acogida que le dispensaron sus padres, sus hermanos y las familias de estos últimos. Ninguno de ellos le dijo nada que le pudiera resultar molesto o hiriente. De esta manera, el tema principal quedaba soslayado como por acuerdo tácito. Pepe Abascal saboreaba con ansiedad manifiesta el ambiente familiar, y en su fuero íntimo se reprochaba haberlo descuidado durante tantos años. Sus adolescentes sobrinas (hijas de su hermana) le preguntaron tímidamente si les podría regalar algunos de sus vestidos de diseño, por los cuales se había hecho tan famoso. Pepe Abascal se sonrió, y prometió a las muchachas hacer una llamada telefónica a su taller de Madrid para que le enviaran todo un muestrario de sus últimas creaciones. Las chicas se quedaron desbordantes de ilusión después de la promesa de su tío. Pepe Abascal percibía por parte de su familia derroche de cariño hacia su persona. Su padre, un policía nacional jubilado, hombre bajito y rechoncho, calvo como él solo, mantenía un silencio impropio de su cordial carácter. Pepe Abascal sólo necesitó mirarle una vez a los ojos para dar con la razón de su mutismo. Trataba de ponerse en su lugar, pero no acertaba a imaginar el duro golpe que supondría para un padre saber que un hijo suyo caminaba codo con codo con la encapuchada figura de la guadaña. Pepe Abascal se sintió contagiado de esta desazón, y su rostro dejó de aparentar alegría.

Se salió al patio de la casa de sus padres a orear sus sufrimientos. Le encantaba ver todo el recinto plagado de plantas en tiestos y con una frondosa yedra formando tapiz sobre los recoletos muros. El techo estaba acristalado, y a través suyo el cielo asomaba su nubosa faz. En ese lugar Pepe Abascal se sentía como en la gloria.

A todo esto, consultó su reloj. Era la hora de tomar su medicina. Debía hacerlo subrepticiamente para no amargar más todavía a sus familiares, los cuales seguían cada uno de sus movimientos con veneración, a sabiendas de que andando no mucho tiempo ya no le tendrían a la vista.

Fría y adamantina agua la del botijo, que estaba olvidado desde el verano en un rincón del patio, oculto por las exuberantes plantas, y que le ayudó a mejor tragar las insípidas píldoras de su medicina. Trago de frescor no comparable al del agua del frigorífico. Viejos tópicos de sus años más distantes. Le recorrió toda el alma el vehemente deseo de recobrar tantas cosas como perdió yéndose a Madrid la friolera de veintiún años atrás. Ahora el sol acariciaba con sus tenues dedos de noviembre los vidrios de la claraboya del patio. Algunas hojas de ficus se impregnaron de manchas doradas. Pepe Abascal disfrutaba del momento, y difería inconscientemente la hora de emerger de esa grata ensoñación en ese venerado patio botánico. Estuvo como en trance hasta que el cielo mudó su apacible semblante. Un inclemente turbión cubrió de gotas y de baquetazos los hermosos vidrios de la claraboya. El estrépito de la lluvia cundía por todo el patio, ahora con apariencia melancólica merced a esa atmósfera onírica y perlina. Imagen para un borroso recuerdo en los tiempos venideros: Pepe Abascal sentado a horcajadas en un viejo posadero de esparto, con la comprimida mirada apuntando al origen de la lluvia y el granizo; cielo del que tal vez no tardaría en abundar en un mayor conocimiento del mismo con su paso a mejor vida, con la caída del telón tras su última función en el escenario del mundo.

CONTINUARÁ...

El jardinero de las nubes

jardinero de las nubes
Fecha: 22/07/2008
Hora: 11:09
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LA BALADA DE LOS ÚLTIMOS DÍAS (IV): DESPUÉS DE LA LLUVIA

Los siguientes fueron días de aguaceros y colores grises. Apenas si se podía salir de las casas, a no ser que se tuviera predilección por el ininterrumpido goteo de las nubes bajas. En lo tocante a Pepe Abascal, nunca le había entusiasmado recibir encima los mantos pluviales, y ahora no estaba dispuesto a emplear parte de su escaso tiempo en tomarles afición. Siempre había sido animal de secano.

Después de tres días sin salir de casa, comenzó a experimentar la ansiedad propia de los enclaustrados que lo son en contra de su voluntad. Los márgenes del patio cubierto se le quedaron estrechos; tal cosa no armonizaba con su idea de congraciarse de nuevo con las humildes tierras manchegas. Era triste contemplar a través de una húmeda ventana el exterior de Manzanares, tan cambiado a consecuencia de las lluvias incesantes. Torrentes que corrían junto a los bordillos de las aceras para proseguir su curso en el interior de las alcantarillas. Árboles con las ramas deprimidas por el constante y frío baño otoñal... La alegría no puede ser engendrada en la matriz de los chubascos de color de sombra.

Pero al cabo de una semana los cielos renacieron. En las depauperadas llanuras manchegas comenzaron a apuntar mantos de oscuro verdor. Manzanares se había lavado la cara, y aparecía radiante a los ojos de Pepe Abascal el martes de noviembre que salió con ansia a pasear. La gente le saludaba afablemente, como a todas las eminencias, y él se hacía el sordo; no tenía ganas ningunas de cultivar antiguas y nuevas amistades; sólo quería vivir el tiempo que le quedaba para sí mismo y no para los demás, una postura egoísta que no le importaba traslucir. Ansiaba embriagarse con la belleza de las calles después de la lluvia; pero iba embargado por un inoportuno estupor que mantenía aletargadas sus sensibilidades estéticas. Aquí no le conmovían (como sucediera en Madrid) los paseos arbolados, ahora tapizados con hojas secas; no podía solidarizarse con los decaimientos ajenos estando el suyo tan a la vuelta de la esquina. Se sintió pesaroso de no sentir su corazón, de no poder rendir tributo a la ya casi olvidada belleza de Manzanares.

« ¿Qué clase de persona soy? -se dijo con amargo pesar, para luego proseguir-: Me gustaría que me respondieras (tú mismo, si es que me puedes oír) por qué me voy a perder tantos acontecimientos hermosos en años que yo tenía derecho a vivir... Pero es inútil; sólo obtengo silencio por toda respuesta. No te diré que me llamo Pepe Abascal y que tengo más fama y más dinero que nadie de Manzanares; mas no tengo futuro para gozarlos. ¡Qué poco me parezco a esas ancianitas vestidas de luto, que alegres van a la farmacia a adquirir gratuitamente los medicamentos que les ha recetado el médico de cabecera! Jamás mi rostro exhibirá arrugas octogenarias; seré como breva que cae de lo alto de la higuera y es comida por los insectos que pululan por el suelo, antes de poder secarse por acción de la intemperie. Sí, tú, si me escuchas házmelo saber de alguna manera, para así evitar dejarme en esta inactividad de sentimientos... Yo te quiero mucho, Manzanares amado, aunque ahora no perciba ardor en mi corazón al tenerte tan inmediato. ¿Te acuerdas cuando me quedaba embobado mirando los pájaros de tus atardeceres estivales? ¡Qué precioso y fácil era llorar entonces! Mi corazón no estaba afectado de sequía. Tenía sueños a montones; ahora sólo me ha quedado el sueño de poder seguir viviendo un día más, y tal sueño se irá atenuando poco a poco. Si es verdad que me llamo Pepe Abascal y que tengo más dinero que peso, ¿por qué he de gustar la muerte tan prematuramente? Oh seres humanos, vosotros que camináis tan cerca de mí, infundidme vuestro aliento y volvedme a como era antes de abandonar este Manzanares querido, cordón umbilical de mis mejores años... Os contaré una historia: había una estrella muy alta en el firmamento, y había un niño que cada noche alargaba su mano fuera de la ventana de su habitación, afanándose en alcanzar aquella estrella. Un día al niño le creció vello en la cara, y tomó la decisión de buscar la montaña más alta de la tierra y desde su cumbre tratar de alcanzar la estrella. Allá llegó, pero lo único que consiguió de la estrella fue un rayo de su brillante luz. Allí acabó todo. El niño de entonces, y que ya no lo era, bajó de nuevo a los llanos y agonizó en la tristeza de no haber alcanzado su sueño... ¿Lo sabéis ya? Es mi propia historia y mi propio destino. Después de pasar toda mi vida trabajando a destajo, el polvo de mi ser buscará confundirse con el polvo de Manzanares. Y me quedaré sin ver saciada esta sed de amor humano que mi alma padece. Nunca me he creído que fuera amado por otros, y ahora, que estoy en el centro mismo del amor, sigo igual de desesperanzado.»

Sus pasos le condujeron por calles encharcadas, flanqueadas de risueñas fachadas de estuco y de piedra marrón. Andando andando, la urbe quedó atrás y aparecieron a los ojos de Pepe Abascal las extensiones de su patria chica. Llegó adonde la vía del tren, y tuvo la peregrina querencia de seguirla por un rato, en el sentido que más le alejara de Madrid (el núcleo de todas sus pesadillas).

Un vilano otoñal revoló delante de él. Luego siguió recta trayectoria en su misma dirección, adquiriendo mayor aceleración conforme el impulso del suave viento aumentaba su dominio sobre el vilano. La distancia focal de los ojos de Pepe Abascal iba a la par que aquella masa gratamente velluda. Y he aquí que distinguió en el punto lejano de la perspectiva la imagen de una persona que caminaba en sentido contrario, siguiendo también el trazado de la vía férrea. Cuando Pepe Abascal tuvo más cerca a esa persona, se admiró al ver que su fisonomía no le era por completo desconocida. Tenía la misma cara y el mismo porte que su querido amigo José Carabias, humorista de bien ganada fama. Llevaba encasquetado un sombrero hongo y vestía un amplio guardapolvo de color de castaña, cuya extremidad arrastraba por el suelo debido a que su estatura era tan pequeña como la de su amigo José Carabias: no llegaba a ser un enano, pero ahí le andaba.

« ¡Si será él!», pensó Pepe Abascal comido por la intriga.

El vilano llegó adonde el desconocido, dio tres vueltas en torno suyo y prosiguió su camino a lo lejano del paisaje.

Los dos hombres se detuvieron el uno frente al otro. Ambos se estudiaron con la mirada.

CONTINUARÁ...

El jardinero de las nubes.

jardinero de las nubes
Fecha: 25/07/2008
Hora: 8:51
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La balada de los últimos días (V): Las increíbles aventuras del gallinito Páez

 

-Es increíble la de cosas que se pueden aprender en un solo día -dijo el desconocido sin otros preámbulos, con una voz graciosamente chillona-. Me he topado por los caminos con un perro asilvestrado. La inmediata al verme ha sido huir de mí; pero entonces me he agachado y, ¡oh sorpresa!, el muy podenco se me venía encima...

- ¿Y qué tiene eso de aprendizaje? -terció Pepe Abascal, dejándose llevar por lo excepcional de la situación.

- ¿No lo entiendes?... Ahora mismo te hago saber la sentencia que con ocasión de ese encuentro he acuñado: "Si quieres que el perro huya de ti, ponte en pie; si quieres que venga a ti, agáchate". ¡Ja, ja, ja! ¿Verdad que es genial?

-Siempre que se tengan perros para poder aplicarla -aseveró Pepe Abascal, con cierto tonillo de guasa.

El desconocido se quedó serio por un instante. Acto seguido prorrumpió en jocosas carcajadas.

- ¡Ja, ja, ja! ¡Muy agudo! Es agradable toparse con gente de grata conversación. A propósito, me llamo Segismundo Páez, aunque donde vivía me conocían como el "gallinito Páez" -y hecha esta aclaración le tendió la mano a Pepe Abascal, quien se la estrechó un tanto perplejo-. Y tú, joven, ¿cómo tienes a bien llamarte? -preguntó a continuación.

-Pepe Abascal -respondió éste.

- ¿Y a qué te dedicas?

-Soy o mejor dicho era diseñador de modas... ¿Y tú en qué te empleas?

El gallinito Páez alzó vigorosamente las pobladas cejas, para después decir en tono solemne:

-Yo tengo un contrato con Dios.

Esta vez le tocó a Pepe Abascal alzar las cejas: tanta sorpresa le causó la respuesta de su interlocutor.

-Veo que te gusta gastar bromas.

-Un misterioso contrato, que ni yo mismo he tenido ocasión de leer y mucho menos firmar -repuso el gallinito Páez, ignorando la observación de Pepe Abascal-. Hubo en los albores de este siglo un rey que concibió un hijo feo y deforme de una mujer de la que se decía que practicaba la brujería. Ella murió misteriosamente, y el rey se quiso deshacer de su hijo bastardo. A este tenor mandó a uno de sus súbditos que me llevara (porque ese niño no era otro que yo mismo) lo más lejos posible de su presencia, y fuimos a parar al Uruguay. Allí me cuidó una anciana bondadosa, hasta que la pobre se murió dejándome solo. Yo no quise marcharme de su casa, y allí me quedé contra viento y marea. Mi lugar favorito era el corral, donde trabé buena amistad con los gallos y gallinas que lo habitaban. Me alimentaba de sus huevos, y bebía agua de un aljibe que había en el terrado de la casa. Así pasaron muchos años, y aconteció una revuelta campesina en aquel país. El ejército fue enviado para sofocarla, y una buena mañana llegó a los límites de nuestra aldea, que previamente había sido evacuada por todos sus habitantes. Yo, entretanto, no me había movido del corral, a pesar del peligro que acechaba, y los soldados se apercibieron de mi presencia. Quisieron divertirse a costa mía. Apuntaron los cañones en dirección al corral, y abrieron fuego. El sitio quedó reducido a humeantes escombros, pero yo salí milagrosamente ileso. Los soldados no se lo pasaban a creer (ni yo mismo, fuerza es admitirlo), y consideraron que lo mejor que podían hacer era dejarme en paz... Fue entonces cuando me di cuenta de que tenía un contrato con Dios.

Pepe Abascal se maravillaba de la imaginación de que daba testimonio de poseer su interlocutor.

-Desde entonces acá -prosiguió el gallinito Páez- he ido dando saltos por distintas épocas de la Historia, siempre cumpliendo la voluntad de Dios. He estado en el Antiguo Egipto, en la Roma de Nerón, en la Revolución Francesa, en el campo de exterminio de Auschwitz, etcétera.

A Pepe Abascal no le cupieron dudas acerca del estado en que estaba la mente del gallinito Páez.

- ¿Y qué hiciste en la Revolución Francesa? -le preguntó con sorna.

-Salvé a una niña de la aristocracia de ser pasada por la guillotina. El asunto se las trajo, pero en contando con la ayuda de Dios no hay dificultades a las que temer.

- ¿Y no envejeces, no caes enfermo? -siguió la broma Pepe Abascal.

-Pues no. Recuerdo que un oficial de las SS descargó su arma sobre mí, pero las balas rebotaron y no me hicieron nada.

-Debes ser entonces invulnerable..., casi como Supermán.

-Debo serlo -afirmó el gallinito Páez, encogiéndose de hombros.

- ¿Y qué asunto te ha traído a esta época? -averiguó Pepe Abascal.

-Creo que se trata de un asunto de mucha monta. Llevo más de veintiún años sin abandonar estos contornos. Cada día el corazón me ha conducido junto a esta vía. Pero sólo pasan trenes por aquí... Quizá tú tengas algo que ver en todo este negocio.

CONTINUARÁ...

El jardinero de las nubes.

jardinero de las nubes
Fecha: 01/08/2008
Hora: 0:44
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La balada de los últimos días (VI): De cómo Pepe Abascal suscribió un contrato con Dios

-Hace precisamente veintiún años que salí de esta tierra -dijo Pepe Abascal, con mirada ausente.

- ¿Te das cuenta? Seguro que tú eres la razón de mi próxima labor -dijo el gallinito Páez, con entusiasmo creciente.

-Lo que me parece es que estás bastante chiflado. ¿Te piensas que eres como el Judío Errante para moverte por la Historia a tu antojo?

-El Judío Errante no podía morir. Yo tampoco hasta el momento. Y a eso hay que añadir la facultad que tengo de ir variando de épocas no continuas de la Historia. Hoy estoy aquí; mañana a lo mejor estaré al lado de Julio César. El Judío Errante no tenía tanta variedad: él se veía obligado a ir al hilo de los acontecimientos, y, por si esto fuera poco, arrastraba tras de sí el cólera por donde quiera que pasara...

- ¡Calla ya! Me empiezas a calentar la cabeza con tu parloteo -le cortó Pepe Abascal-. Me importa un comino lo que seas. Ven y busquemos un sitio donde poder sentarnos.

-Sé que te estás muriendo.

Ante la tajante afirmación del gallinito Páez, Pepe Abascal creyó sentir una amarga punzada en el corazón.

-Veo que se ha corrido la voz por todo Manzanares.

-A mí nadie me lo ha dicho -replicó el gallinito Páez-. Lo he sabido porque sí.

-A otro perro con ese hueso.

-En fin, ése parece un buen lugar para sentarnos. -Se refería a un grupo de peñascos bañados por el sol que se perfilaba al otro lado de la vía férrea, lejos del casco urbano de Manzanares.

-Vayamos para allá -consintió Pepe Abascal, todavía un poco alicaído.

Una vez que llegaron al sitio, los dos hombres se sentaron en sendas rocas, muy cerca el uno del otro. De la desnuda tierra emergía un grato aroma a humedad. El sol realzaba los colores de todas las cosas. Por el cercano espacio pasó volando una pareja de palomas, cuyos plumajes eran de un azul suave, con irisaciones en el cuello. En una cercana depresión del terreno refulgía, como un ojo de plata, un regato de agua llovediza. A lo lejos el llano horizonte se desdibujaba con la calina del mediodía. Al frente de los dos hombres Manzanares exhibía una imagen romántica, con sus casas de encantadoras fachadas y las espadañas de sus iglesias, en las cuales las cigüeñas tenían dispuestos sus nidos. La Mancha, vista desde aquellas perspectivas, era un mosaico de colores tenuemente definidos, un aura acogedora que penetraba al fondo de todas las almas con inquietudes poéticas. El gallinito Páez se quitó el sombrero, y disfrutó del contacto del sol sobre sus negros cabellos planchados. Sus ojos no hacían más que mirar al cielo, en contraste con los de Pepe Abascal, que estaban como clavados en la tierra.

-Es grato escuchar los mensajes de la Naturaleza -dijo el gallinito Páez al cabo de un rato.

-Yo por más que aguzo el oído no oigo nada -dijo por su parte Pepe Abascal.

El gallinito Páez le miró con un trasfondo de compasión en sus ojos grises. Luego le dijo:

- ¿Te gustaría que tus oídos se abrieran?

-No te comprendo.

-Quiero preguntarte si te gustaría enterarte de todo lo que se cuece en el mundo natural -matizó-. Es decir, enterarte de lo que hablan los pájaros, las flores y los árboles; los ríos y el viento; la lluvia y los animales... En definitiva, oírlo todo como lo oye Dios.

-Te pasas de gracioso -sentenció Pepe Abascal.

-Será un regalo que Dios te haga por mediación mía. No nos vamos a volver a ver; pero yo sabré en todo momento cómo te van las cosas. Te he cogido tanto cariño, que el día que tu voz se apague te prometo seguir la vía y encararme con el primer tren que me salga al paso.

-No te iba a servir de mucho, ya que eres invulnerable a tu decir -dijo con sorna Pepe Abascal.

-Al menos será un homenaje que yo te haga.

-Muchas gracias. Me queda muy poca vida, y no sé cómo emplearla.

-Recógete en Dios -le aconsejó el gallinito Páez-. Así todavía estás a tiempo de vivir una vida de plenitud.

-La religión y yo no nos llevamos muy bien.

-Dios no se lleva mal contigo. Mira que me ha dado esto para ti -dijo el gallinito Páez, sacándose un huevo de gallina de uno de los bolsillos de su guardapolvo.

Pepe Abascal se quedó mirando el huevo con ojos desorbitados.

-Un huevo normal y corriente... ¿Para qué narices querrá regalarme Dios un huevo de gallina?

-Para que te lo comas -dijo el gallinito Páez aproximándoselo un poco más-. Pero te lo has de comer tal como lo ves: crudo y con cáscara inclusive.

-Era lo que faltaba -rió Pepe Abascal, sobreponiéndose a su melancolía-. ¿Qué provecho sacaré de comérmelo así?

-Ya te lo he dicho antes. Vamos, cógelo.

Pepe Abascal lo tomó con cierta desconfianza. Entonces el gallinito Páez se puso en pie, se caló el usado sombrero hongo y le dijo a su interlocutor:

-Ha sido un auténtico placer haberte conocido y haber podido disfrutar de tu conversación. No nos vamos a volver a ver, pero ocuparás un destacado lugar en mis recuerdos, por más épocas históricas que visite. Ojalá nos veamos en la Nueva Tierra de Dios.

Los ojos de Pepe Abascal se dulcificaron.

-No sé explicármelo, pero me da apuro verte marchar.

El gallinito Páez arrancó una flor azul de otoño que crecía en la proximidad de los peñascos, pareció pedirle disculpas a la misma y a continuación gozó de su tibio perfume. Luego alzó el brazo con la flor en dirección a Pepe Abascal como gesto de despedida.

-Adiós, Pepe Abascal. No olvides lo que haré tan pronto sepa que no estás en el mundo: correré hacia el primer tren que se me ponga por delante.

-Adiós, "Judío Errante"... Adiós, gallinito Páez.

El gallinito Páez se alejó siguiendo la vía del tren. Pepe Abascal se quedó al instante solo en el lugar. Miró entonces el huevo que conservaba en la palma de la mano, y ni él mismo se pudo explicar lo que hizo a continuación con aquél: se lo metió en la boca de una sola vez. Casi de inmediato afloraron de sus labios regueros de clara moteados de fragmentos de blanca cáscara. Era el bocado más curioso que se había echado para el coleto en toda su vida, cuando no el más apetitoso.

En el momento en que acabó tan singular colación, sacó un moquero y con él se limpió los labios de restos de clara de huevo.

Luego reparó en que era llegado el momento de volver a su casa e ingerir una comida más sustanciosa que ese huevo, por muy divino que fuera.

CONTINUARÁ...

El jardinero de las nubes.

Heather
Fecha: 15/12/2008
Hora: 16:43
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Feliz cumpleanos a mi viego amigo Jose Huertas Munoz.

Marcos
Fecha: 08/09/2009
Hora: 17:53
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Buenas, estoy buscando a una chica morena con gafas de unos 28 años, que veranea en Lujar (Granada), si alguien me puede dar alguna in formación sobre ella os lo agradecería Muchas gracias por adelantado.

Marcos
Fecha: 04/10/2009
Hora: 4:01
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chica de Lujar (Granada)

Bueno he sabido que esa chica se llama Monica y como dije, veranea en Lujar (Granada). Si alguien sabe algo de ella, os rogaría que os pusieseis en contacto a través de mi e-mail. Muchas gracias de nuevo.

Mara
Fecha: 25/02/2010
Hora: 10:24
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Respuesta al mensaje, enviado el 01/08/2008 a las 0:44 por jardinero de las nubes:

La balada de los últimos días (VI): De cómo Pepe Abascal suscribió un contrato con Dios

-Hace precisamente veintiún años que salí de esta tierra -dijo Pepe Abascal, con mirada ausente.

- ¿Te das cuenta? Seguro que tú eres la razón de mi próxima labor -dijo el gallinito Páez, con entusiasmo creciente.

-Lo que me parece es que estás bastante chiflado. ¿Te piensas que eres como el Judío Errante para moverte por la Historia a tu antojo?

-El Judío Errante no podía morir. Yo tampoco hasta el...

Estimado Sr. jardinero:
Me he tomado la libertad de copiar este enlace en el grupo de Facebook "Amigos del Museo Manuel Piña", para que los miembros del mismo puedan leer su relato.
Le dejo el enlace:
http://www. facebook. com/home. php#!/group. php? gid=287258649324
Este grupo se ha creado para homenajear a la figura de Manuel Piña y promover la conservación de su legado.
Un cordial saludo.

alma
Fecha: 13/05/2010
Hora: 21:47
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amistad

Alguien conoce a Patricio Caba? Vivía en Manzanares y cuando le conocí empezaba a pintar. El año pasado leí su nombre en una exposición y pienso que puede ser él. Agradeceria información.

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