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MUERTE EN EXTRAMUROS.-
1. La matanza:
Entre sueños, el niño se removía inquieto entre las mantas, protegiéndose del frío húmedo que invadía las casas del pueblo en las noches de invierno; totalmente embozado asomando apenas la cabeza entre las mantas. Antes de acostarse había imaginado ilusionado la jornada que estaba por venir, mientras su madre pasaba el calentador, para espantar el frío aferrado a las sábanas y al colchón de lana de la cama; de un salto se introdujo en la cama acurrucándose entre el calor y aspirando el olor seco de ropa recién planchada.
Ese día saltó de la cama como un resorte, al contrario de otras mañanas en las que la pereza le invadía al sentir los movimientos y ruidos del despertar de la casa. Le costaba levantarse para ir a la escuela, en la que Don Jesús, el maestro, le enseñaba las primeras letras que, ante su asombro, al juntarse mágicamente formaban todo tipo de palabras.
Con una rapidez desconocida cogió la ropa colocada en una silla y se vistió apresuradamente, salió hasta la cocina de la casa y sorprendió a su madre que preparaba café hervido para el desayuno para tomarlo con su padre que acababa de levantarse.
Después de desayunar, salieron de casa, y encararon la calle para ir a casa de sus abuelos. En el rostro del niño se reflejaban la ilusión y la inquietud del acontecimiento nuevo que iba a presenciar, iban de MATANZA.
Aquella mañana de enero el pueblo había amanecido sumergido en una niebla húmeda y fría, que hacía que las calles estuvieran ligeramente mojadas, el campanario de la iglesia, apenas si se divisaba y quedaba diluido entre la niebla como una imagen fantasmagórica; dejaron atrás la plaza de la iglesia y siguieron calle abajo hasta la altura del salón, la casa de los abuelos en extramuros, se intuía débilmente entre la niebla y según se acercaban emergía poco a poco hasta que llegados a la altura de los pozos se mostró de golpe.
No fueron por la entrada principal, sino que se dirigieron directamente hasta el corral, el niño se volvió y miró hacia el pueblo, para descubrir con asombro, que había desaparecido, escondido entre la niebla.
Ya en el corral, vieron que tres de sus tíos, los que aún permanecían en el pueblo, sus mujeres y las primas y primos ya estaban allí; en los niños los estragos del sueño permanecían aún, dando a sus rostros expresiones soñolientas.
Un hombre alto, con el cabello encanecido, ligeramente encorvado, salió sonriente hasta el corral llevando en la mano una botella de anís y saludó a los presentes, era el abuelo, le acompañaba su hija menor llevando, acunados en sus manos, unos pequeños vasos que parecían de juguete, saludó a todos y se dirigió a los hombres repartiendo los vasitos que parecían aún más pequeños, entre sus grandes manos.
El abuelo abrió la botella y fue llenando, uno a uno, los pequeños vasitos, después llenó otro para él; el olor dulzón del aguardiente impregnó el ambiente, luego levantó el vaso hasta el rostro bebiéndolo al tiempo que los otros hombres; después, chasqueó la lengua y fijando la mirada en los presentes exclamó:
- Vamos allá.
En el centro del corral destacaba una mesa de madera, y sobre ella una soga, que recogió uno de los hijos, dirigiéndose con sus hermanos hacia las cuadras, donde estaba la gorrinera.
Abrieron la puerta, y fueron recibidos con un resoplido y seguido de una serie de gruñidos.
Los niños con los ojos abiertos como platos, miraban a cierta distancia la oscura puerta por donde habían desaparecido los hombres, se oía un gran ajetreo.. De pronto, un chillido espeluznante sonó dentro de la gorrinera, asustados, retrocedieron unos pasos y vieron como uno de los tíos el más delgado y fibroso, salía con la soga en la mano, tirando firmemente de ella y cómo atado a ella por una de las patas delanteras, le seguía arrastrándose, un cerdo de gran tamaño, que se debatía asustado intentando permanecer en la cuadra, desde atrás otro de los tíos le cogía por el rabo con ambas manos y lo levantaba en vilo para que no pudiera hacer fuerza con las patas traseras; una vez fuera en el corral, el otro hombre agarró al cerdo por una de las orejas y en medio de unos chillidos ensordecedores, le fueron acercando, entre el asombro de los niños, hasta la mesa que aparecía en medio del corral destacando como un altar en espera del sacrificio.
El abuelo se acercó hasta ellos y entre los cuatro a un mismo tiempo lo levantaron con fuerza depositándolo sobre la mesa. El animal se debatía con denuedo y fue necesaria toda la fuerza de los cuatro hombres para reducirlo; finalmente firmemente sujeto, le pasaron la soga de la pata delantera situada sobre la mesa y la ataron por delante con fuerza a una de las patas de la mesa.
El cerdo resoplaba congestionado, agotado por el esfuerzo había dejado de gruñir; uno de los hombres sujetaba, la mano delantera suelta, y otro la pata trasera, dejando libre la pata que quedaba sobre la mesa, que el animal movía desesperadamente sin encontrar apoyo.
El espectáculo se producía ante la mirada atónita de los niños, estos apenas parpadeaban, quizás para no perder ni un solo detalle de la tragedia que se avecinaba; las niñas juntaban sus manos, y una de ellas agarraba nerviosa la falda de su madre, mientras tanto el niño miraba absorto como si estuviera petrificado. En un momento de calma, recordando de golpe, miró hacia el pueblo y contemplo con asombro como entre la niebla emergía la silueta de la iglesia.
El niño vio como su tío, el que llevaba la soga, cogía un cuchillo de grandes dimensiones y se acercaba hasta el animal y sujetándolo por la barbilla, tal como hacía su padre con los hombres del pueblo en la barbería, le afeitaba en el cuello quitándole unos pelos largos y blancos dejando limpio de pelos un pequeño espacio de piel rosada.
Mientras tanto la hermana pequeña, remangada hasta los codos, se había acercado hasta la mesa llevando en las manos una lebrilla de barro que contenía en el fondo un puñado de sal.
El hombre, armado con el cuchillo, paseó la mirada por los presentes, como anunciando una acción inminente y asiendo fuertemente al animal por la cabeza con gesto seco y firme clavo el cuchillo en el cuello del animal…
Un chillido espeluznante acompañó dicha acción, los niños saltaron horrorizados, mientras veían como el hombre movía el cuchillo dentro del cuello del cerdo, con un vaivén de muñeca seccionando las venas del animal.
La mujer se acercó con el recipiente y se colocó inclinada debajo de la cabeza del cerdo, El hombre sacó el cuchillo y un chorro de sangre roja brotó de agujero cayendo dentro de la lebrilla, la sangre manchó el brazo que la mujer tenía dentro, y siguió cayendo entre los chillidos del cerdo. La mujer batía la sangre con la mano en movimientos circulares; la sangre salía a impulsos regulares, siguiendo los latidos del corazón del animal, primero con mayor fuerza y después con menor intensidad.
Poco a poco el animal perdía fuerzas y la sangre manaba cada vez con menor cantidad, el chorro inicial había dado paso un pequeño reguero que salía débilmente, sólo unos movimientos apenas perceptible indicaban que aún quedaba un poco de aliento en el cerdo. En ese momento la mujer se retiró con la lebrilla sin dejar de batir la sangre y el hombre soltó la cabeza del animal que cayó sin fuerzas sobre el borde de la mesa; luego después de un par de espasmos, ya no hubo mas movimientos.
Uno de los hermanos empezó a desatar el cerdo, entre todos lo bajaron hasta el suelo y lo trasladaron hasta el medio del corral.
A lo largo de la pared del corral, había amontonadas unas gavillas de aleagas, que aún verdes, esperaban pacientes para realizar su trabajo.
Dos de los hombres acercaron unas gavillas y cortaron la cuerda que las sujetaba. Mientras tanto el abuelo había acercado unos utensilios de hierro alargados que finalizaban en una especie de horquilla. El hermano mayor cogió uno de ellos y se dirigió hasta las aleagas; otro hermano las había distribuido en pequeños montones y con ayuda de un mechero prendió fuego a uno de ellos.
El abuelo, recogió con las horquillas un pequeño haz ardiente y lo acercó hasta el animal, un fuerte olor a pelo chamuscado revoloteó por el corral.. Tras unos instantes fue moviendo la bola de fuego a lo largo del cerdo. De inmediato los hijos, uno con un trozo de teja, y otro con una cuchara, comenzaron a rascar la parte de la piel chamuscada; con una extraña facilidad, los pelos y la primera capa de piel se desprendían a cada movimiento dejando al descubierto la piel que había mudado el color rosado inicial hasta un blanco pálido y reluciente.
Cuando la bola de fuego empezaba a disminuir su fuerza, el abuelo la depositaba encima de otro montón de aleagas y una vez que había empezado a arder, repetía el mismo proceso. Después de un tiempo una vez chuscarrado el cerdo por una parte, entre todos le dieron la vuelta y continuaron la tarea, hasta que la totalidad de cerdo estuvo chuscarrado.
Entonces uno de los hermanos recogió dos piedras del corral y acercándose hasta el animal, las depositó en el suelo por debajo de la mano y de la pata que daban al suelo, levantando ambas en el aire; entonces el abuelo acercó la bola de fuego y la dejó un tiempo, decididamente mayor que el que utilizó para la piel, sobre las pezuñas del animal.
Nada más retirar el fuego de las pezuñas delanteras, el mayor de los hijos decididamente, asió los cascabillos, aún ardientes, y tiró de ellos con presteza, desprendiéndolos de la pezuña y tirándolos lejos, al tiempo que sacudía la mano para ahuyentar el calor. Ante la admiración de los niños, repitieron el proceso con las patas traseras.
El cerdo permanecía tendido en el suelo, la piel blanca, se veía acompañada de los tiznajos producidos por la ceniza de las aleagas y le daban un aspecto sucio. Durante el proceso el animal había adquirido una rigidez considerable, que se hizo visible cuando lo levantaron entre todos y lo volvieron a depositar sobre la mesa.
Mientras los hombres chuscarraban al animal, las mujeres habían acercado a la mesa una caldera con agua hirviendo. Una vez depositado el cerdo en la mesa, vertieron agua caliente sobre su piel lavándole hasta dejarle reluciente, dejando al descubierto una piel blanca de aspecto cerúleo.
Sobre un pequeño cesto permanecían varios tipos de cuchillos, el hombre que había sacrificado al animal cogió uno de ellos al tiempo que hacía indicaciones a los demás para que colocaran el cerdo apoyado sobre el lomo, boca a arriba; luego cogió una de las patas delanteras y cortó la piel del animal desde la altura del cuello llegando hasta la altura del pernil del mismo lado.
Los niños siguieron con sus ojos, el recorrido del cuchillo, viendo como el tocino aparecía totalmente blanco a lo lardo de cada uno de los lados del corte, sin mostrar rastros de sangre.
Luego vieron como su tío separaba del animal cortando con el cuchillo un largo trozo de tocino, dejando al descubierto la blanca tripa; observaron como se detenía a la altura del miembro del cerdo, dibujando un circulo a su alrededor, para terminar de desprender la pieza.
Después el hombre efectuó una incisión mas profunda abriéndose paso hasta las entrañas del animal. Un olor desagradable acompañó la aparición de las tripas, ante la atenta mirada de los niños. Después el hombre con pericia hizo salir las tripas del animal por un lado de la mesa hasta depositarlas en un barreño que las mujeres tenían preparado.
Seguidamente el hombre quitó el esternón, comenzó a extraer del cuerpo del cerdo las vísceras; ante los ojos atónitos de los niños fueron surgiendo: primero el hígado y los pulmones, el bazo, el páncreas, el corazón, y por último los riñones.
Los ojos de los niños permanecían extremadamente abiertos y con el asombro reflejado en sus rostros siguieron contemplando el despedazamiento del cerdo.
Vieron como el hombre cogía un hacha y golpeaba a lo largo de la columna del animal, para desprender las costillas y el hueso del espinazo; tras ello el cerdo quedó tendido en situación horizontal sobre la mesa.
El hombre procedió a separar la cabeza del animal, apartándola a un lado, luego cortó con el cuchillo de arriba abajo, hasta llegar al rabo dividiéndolo en dos partes, seguidamente separó el rabo y lo entregó a una de las mujeres y cortó los blancos y luego los dividió en dos separando la parte de estos que tenía más magro.
Luego con el cuchillo redondeó las paletillas apartando el tocino a un lado para después hacer lo mismo con los perniles.
Según separaba las piezas los otros hombres las adentraban en la casa ayudando a las mujeres.
Por fin encima de la mesa solo quedaba la cabeza del cerdo, tenía la lengua fuera en un rictus grotesco que los niños contemplaban con semblante asustado.
A pesar del frío, el hombre mostraba en su frente unas gotas de sudor, se detuvo un momento descansando, y cogió un cigarro del paquete de tabaco que le alargó su padre y lo encendió, diciendo:
- Bueno esto ya está casi “despampanao”, solo queda sacarle el forro de la cabeza y los sesos.
Luego siguió fumando durante un rato y colocando el cigarro en el borde de la mesa se puso de nuevo en faena.
Colocó la cabeza apoyada sobre la mesa reposando sobre la frente del animal y con el cuchillo fue cortando a ras de los huesos separando el forro de cabeza diciendo:
- Anda que va estar malo cuando se cure, menudos somarros se van a hacer con él.
Por fin la careta del cerdo quedó sobre la mesa, como una máscara que se hubiera sacado del mismo; el hombre entonces pidió de nuevo el hacha y colocando la osamenta sobre la mesa, con certeros y fuertes golpes la dividió en dos.
Por último cortó la lengua del animal y extrajo los sesos que colocó en una taza que le habían traído al efecto y resoplando satisfecho, se encaró con los presentes diciendo.
- Se acabó, preparar un somarro, y en cuanto nos lo comamos nos vamos a cazar unas liebres para la noche.
(Continuará).
Esta historia va dedicada a todos los que han vivido en extramuros y a sus familiares.
Espero que al olor del somarro vallan apareciendo, algunos animalillos ocultos y algunos foreros a los que se echa en falta.
Un saludo a todos.
MCMLV.
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