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¡DESDE PIQUÍO!
Este lugar, es uno de los puntos que posee una de las vistas más maravillosas de la costa Santanderina en lo que concierne a la capital, quien visite Santander y no se acerque a este punto, es obvio que no la conoce, o sea que es como si no hubiese visitado la ciudad, desde el cual se divisan el faro de Cabo mayor, Cabo menor, la península de la magdalena con su Monumental Palacio Real, continuando mar abierto por la isla de Mouro, la cual se encuentra de vigía al respaldo del Palacio en la bocana de la entrada a la bahía (que es una de las mas importante de España) para dar fe de la entrada y salida de los barcos que por ella transitan a diario, para efectuar la carga y descarga en el puerto de la capital, de sus mercancías. Continuando por la playa del Puntal, Cabo de Ajos, costa hacia adelante hasta divisar el Cabo Machichaco ya en los aledaños de Bilbao.
Desde la playa del Camello, que se encuentra próxima a este lugar, entre la península y los jardines de piquío, fue donde por primera vez descubrieron mis ojos esa maravilla que representa para mí el mar, o la mar, como prefieran llamarle, me senté en el muro que sirve de “Rompeolas.” sin dar crédito a la panorámica que desde allí presenciaba mi vista perdiéndose en la lejanía. Yo que procedía de tierras de secano, no cesaba de observar una y otra vez sin dar crédito como digo a lo que por mi mente estaba pasando en aquel momento, para mí que estaba soñando, es lo único que me ha causado sensación en mi ya largo y dilatado caminar por los senderos de la vida. Como recuerdo aun hoy después de cuarenta y cinco años, aquellos añorados y felices momentos de mi juventud, y desde aquella fecha, he vivido siempre pegado a los márgenes de la mar, tanto es así, que solo tengo que asomarme a la ventana de mi domicilio para poder contemplarla con la misma ilusión que aquel maravilloso día que lo hice desde el rompeolas de la ya mencionada playa del “Camello,” hasta el punto que me atrevería a decir…., que hoy día no me hallaría a vivir alejado de la misma, esto es como una especie de droga, yo creo que la necesito hasta para respirar.
Yo llegué a Santander el día treinta de abril del año sesenta y tres procedente como digo de una provincia de secano (de la meseta Sur) de duros inviernos y largos y calurosos veranos, de San Vicente de Alcántara, un pequeño pueblo de unos 6.000 habitantes de la provincia de (Badajoz). Cual sería mi sorpresa cuando pasamos de Reinosa hacia Santander, empezó a caer agua si había en los Cielos, como si estuviésemos en pleno rigor del invierno, ¡y yo en mangas de camisa!, y lo peor no fue eso, si no que el tres de mayo cuando me levante en el Puesto donde fui destinado para el desempeño de mis ocupaciones, me encontré con una mas que respetable nevada, cosa que yo casi desconocía, ya que en mi tierra aso ocurre pocas veces al año, pues solo recuerdo haberla visto dos veces durante los veinte años que estuve residiendo en ella, la verdad es que yo alucinaba, y lo primero que pensé, si ahora ocurre esto……,! y me hice la pregunta, ¿Que será cuando llegue el rigor del invierno?, al final como dice el refrán (no fue tan bravo el León como lo pintan) todo salio mejor que yo pensaba en aquellos momentos y hoy día doy gracias a Dios y me alegro de haber elegido esta ciudad como residencia, cosa que al principio nunca pensé, pues es natural pensar en el regreso a la tierra algún día, por que a los humanos nos suele ocurrir como a los “Salmones” (valga la comparación), que siempre o casa siempre… acuden a morir al lugar de nacimiento, pero como se ve, este no ha sido mi caso.
A la llegada a la ciudad, me alojé en la pensión “La madrileña” que se encontraba ubicada junto a la plaza de las Estaciones, era de aquellas de solera de antiguamente donde te servían la mesa con su corto delantal blanco y su cofia en la cabeza y no se movían de tu lado mientras durase la ceremonia de la comida, aunque para mí eso no era problema, por que como yo lo venia viviéndolo desde la cuna…. pues no me cogió de sobresalto.
Después de descansar un poco, lo primero que hicimos como es natural fue visitar la ciudad, digo hicimos por que me acompañaba otro compañero del mismo pueblo que también vino destinado a Santander, hicimos la ruta desde el paseo de Pereda toda la playa adelante, Castelar, Reina Victoria, (yo siempre pendiente de la mar ya que como digo fue mi mayor descubrimiento) hasta la referida playa del camello, de ahí mi primer contacto como ya he referido anteriormente con la mar, y de donde procede todo el relato anterior. Quien me iba a mí a decir que con el tiempo tendría que hacerme todos los días un recorrido de unos siete km. comprendidos entre mi domicilio, en Fernando de los Ríos, por la avenida de los Castros, Piquío, contorno da la península y regreso al lugar de partida, esto todos los días del año de no ser que me encuentre indispuesto por algún motivo, (por prescripción médica claro está) y así durante años, ya hasta he perdido el cuento, pero gracias a ello y el cuidado que he recibo del equipo de médicos del Hospital de Valdecilla que me vigilan periódicamente, y sobre todo el cuidado constante que recibo de mi mujer……!, me encuentro anímica y físicamente bien, por lo que no me queda otra opción que seguir con mis maratones a diario sin tener en cuenta las condiciones atmosféricas.
Santander era una capital de provincia pequeña, tranquila, acogedora y bonita sobre todo la parte de la mar, desde el Ayuntamiento al faro, con sus hermosas y limpias playas, la magdalena, los peligros, los biquinis, el camello y como no, la primera y segunda del sardinero. También posee abundantes zonas verdes, parque de La península, mesones, mataleña, las llamas, jado, Altamira y jardines como el que se encuentra en esta zona de la que parte el presente escrito…. “Piquío”, jardines de Pereda y la marga, todo ello para el uso y disfrute de todos sus habitantes. Digo era, cuando me dirijo a Santander, por que con la evolución habida de la emigración y la revolución del ladrillo, para mi que ha perdido su encanto y su fisonomía, para convertirse en una gran urbe absorbiendo todos los barrios y pueblos de sus alrededores, cambiando totalmente la convivencia, y hasta me atrevería a decir….. el respeto y la educación cívica entre todos sus vecinos, y lo que es más, la seguridad y tranquilidad ciudadana de la que siempre gozó.
Con la emigración de todos los países habidos y por haber esto se está convirtiendo en un país de extranjeros, sobre todo bolivianos, rumanos y demás países de la antigua Yugoslavia. Pero claro, eso está ocurriendo en todos los lugares y rincones de España, al parecer hemos perdido nuestros modales y buenas costumbres, esperemos poderlos recuperar algún día para el bien de todos, al menos no perdamos la esperanza.
Cuando empleo la palabra emigración, me refiero a los que proceden de otros Países, no a los procedentes de las provincias Españolas a los que no se nos puede calificar de emigrantes como lo hacen en ciertas regiones que no voy a señalar ya que no viene al caso, estos mientras no salgamos de los límites de la llamada piel de toro…., seguiremos estando en nuestra casa. Yo soy de nacimiento “Extremeño”, tierra a la que nunca olvidaré ni renunciaré puesto que allí tengo mis raíces y es donde descansan mis progenitores y allí queda el resto de mi familia, pero por circunstancias de la vida y después de cincuenta años…….., la verdad que me siento de Santander, no de nacimiento como digo, pero si de adopción, aquí se han criado mis hijos, el mayor llegó a esta Comunidad con once meses y fue aquí donde dio sus primeros pasos, y sus primeros zapatos………., las “Almadreñas.
Yo, como entusiasta y vecino de la misma, invitaría a todos los españoles y sobre todo a quienes no la conozcan, a que visiten Santander y disfruten de todos sus placeres como son el verdor de su entorno y sus maravillosas playas, y el placer de su “Gastronomía” la cual cuenta con platos como las alubias con almejas, cocido montañés o sus chuletones a la piedra por decir algunos. Pero eso sí, si piensan hacerlo y para ello eligen la temporada estival háganlo, pero si es posible elijan el mes de septiembre que es el más seguro, si no quieren tener problemas con las circunstancias atmosféricas y pasarse todo el tiempo en el Hotel sin poder disfrutar de la playa, pero inténtenlo, creo que merece la pena, no se arrepentirán.
Santander, viernes 30 de noviembre de 2007
“El Abuelo”
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