El dato
En el Catastro de Ensenada, Remolino se nos muestra como un pueblo consolidado, compuesto por nueve casas, una iglesia parroquial y una población de seis vecinos, treinta y seis habitantes y un pastor. Dice dicho Catastro que sus tierras de secano “regularmente producen trigo, cebada, centeno, habas, yeros y ricas”, y que la fanega de prado segadero “produce al año continuamente sin descanso doce mantadas de yerba”. La propiedad de casas y heredades se repartía entre el monasterio de Rioseco y el “señor de Bocos”, siendo los vecinos simples renteros. Las casas estaban formadas por “suelo bajo de portal y caballerías, y por encima en suelo alto un cuarto, la cocina, horno y pajar”, un esquema que habría de continuar hasta el final de los días del pueblo. Las citadas cuadras alojaban a una ganadería de lo más tradicional en el norte de Burgos. Resulta ilustrativa, en este sentido, la declaración que para el citado Catastro hace uno de los vecinos: dice tener “un par de bueyes de labranza (…) un novillo cerril que va al monte con los demás de los vecinos (…) nueve ovejas, un borrego, nueve cabras que tienen cuatro crías, y dos cerdos y dos cerdas que tienen ocho lechoncillos de leche que se alimentan en los términos de este lugar a excepción del tiempo de invierno”.
Un siglo después, con una población algo superior, la vida seguía invariable en Remolino. Según Pascual Madoz, su caserío había aumentado hasta catorce casas y eran tres más los vecinos que acudían a misa los domingos a la iglesia parroquial de San Martín. Se vivía pacíficamente a la sombra de los cerezos, perales, nogales y ciruelos, y cuando las labores agrícolas y ganaderas se lo permitían bajaban al Ebro a pescar con el esparavel (red redonda para pescar, que se arroja a fuerza de brazo en los ríos y parajes de poco fondo) barbos, truchas, anguilas y todo tipo de peces.
En lo que nos es conocido de este siglo (XX), una de las preocupaciones más grandes del pueblo de Remolino era la de mantener su rústico puente sobre el Ebro en uso, dado que era su única salida al mundo exterior, si se exceptúan las abruptas trochas montesinas de la Sierra del Porterín. En invierno, dicho puente, una simple pasarela de piedra y madera, era toda una obsesión, ya que al no existir el actual pantano de Arija las crecidas del río conllevaban su inutilización, bien por destrozos ocasionados en él, bien por su anegamiento. Especialmente dramática fue la crecida del Ebro en febrero de 1941. Un deshielo rápido, acompañado por un fortísimo viento sur ocasionó la más grande riada que se recuerda en el valle de Manzanedo. Las aguas llegaron hasta las mismas casas de Remolino, teniendo que ser evacuadas por sus vecinos, lo mismo que el ganado, que hubo que echarlo al monte. En situaciones dramáticas similares a aquella, si alguien enfermaba era transportado por el monte, en burra o en angarillas, hasta el Puente del Aire, del desfiladero de Los Hocinos.
El Ebro, pues, tenía sus aspectos positivos para los vecinos de este pueblo, ofrecía buena y fácil pesca y también abundante y corriente agua, de la que, por cierto, se surtían cuando incluso pequeñas crecidas llegaban a ocultar una pequeña fuente situada en las orillas del río, pero sus efectos negativos, con continuos sobresaltos, contaron más a la hora de tomar la decisión de despoblar este apartado y precioso rincón burgalés en los años cincuenta (del siglo XX).
Remolino, por lo demás, careció de importantes servicios propios. A la ya indicada precariedad del puente, que obligaba a sus habitantes a vadear el río con los carros cargados de mies (cereal de cuya semilla se hace el pan), hay que sumar que ni siquiera dispuso de Casa de Concejo, motivo por el cual las reuniones, en los tiempos más recientes del pueblo, tenían lugar en los portales de los distintos alcaldes. Tampoco dispuso de molino, a pesar de su nombre, por lo que sus vecinos tuvieron siempre que desplazarse a los de Villalaín o Cidad; ni de escuela, por lo que también sus escolares habían de desplazarse a la de Incinillas, siempre que el río o el mal tiempo se lo permitían. A Incinillas tuvieron que desplazarse igualmente los vecinos para cualquier ceremonia religiosa, después de que la iglesia se arruinase a finales de los años treinta (del siglo XX). Remolino, en fin, como tantos otros pueblos perdidos en el olvido, no llegó a conocer en sus calles coche alguno, tampoco la luz eléctrica, y menos la radio ni la televisión. Solo cuando el último vecino, con su carro cargado de enseres, hubo salido del pueblo para siempre y el caserío fue comprado por un foráneo para establecer una granja de ganado, le llegó dicha luz, procedente de la cercana central de Congosto, pero ya era demasiado tarde.
Población:
En 1752: 6 vecinos, 1 viuda.
En 1850: 10 vecinos, 42 almas.
En 1894: 63 habitantes.
En 1940: 51 habitantes población de hecho.
Fecha de despoblación total:
Hacia 1955 aproximadamente.
Causas de la despoblación:
Incomunicaciones frecuentes a causa de las avenidas del Ebro.
Lugar de destino de la emigración:
Incinillas, Villalaín, Bisjueces, Barcelona.
Situación Actual:
Semiarruinado, granja ganadera.
Restos de interés:
Arquitectura tradicional, espadaña de la iglesia.
Apellidos:
En 1752: De la Serna, Díez, Martínez, Ruiz.
En 1940: Díez, García, Huidrobo, Martínez, Rojo.