El Valdavia, el Boedo y la Vallarna, deudos del Pisuerga, demarcan la hondonada que, de antiguo, desde el Paleolítico, sirvió de asentamiento humano. Vestigios de un castro vacceo, de una fundación romana y de un medievo batallador -Osorno frontera de los viejos Reinos- caminan de forma ininterrumpida hasta la modernidad, configurando una villa adelantada de Castilla, con condado de dominio señorial y huella fehaciente de su paso colonizador en Iberoamérica.
Parada y fonda de los caudillos comuneros, el último enclave que da nombre a los Campos Góticos no se libró tampoco de la presencia francesa que, en su retirada, arrampó con lo que pudo e incendió lo que no podía cargar en sus alforjas, como parte de la iglesia y, con ella, el archivo parroquial.
Pueblo agrícola por excelencia, gustó de las mieles de la ilustración, transformando sus productos en pequeñas fabricas movidas por un cuérnago, hasta que los planes estabilizadores de los sesenta dieron al traste con esta actividad, engrosando las listas de la emigración forzosa. Pero no cundió el desaliento y la villa, por el camino de mejorar y centralizar la oferta de los servicios comarcales, riñó batalla para recuperar su pujanza.
En homenaje a este pueblo Don García Hurtado de Mendoza, por orden del conquistador de Chile Don Pedro de Valdivia fundó en ese país una ciudad con el nombre de San Mateo de Osorno. Hoy, la ciudad de 150.000 habitantes es capital de la provincia del mismo nombre, en la X Región de los Lagos de ese país del Cono Sur de América.