A mi me ha sorprendido en el devenir de mi existencia, que las mujeres en tiempos, usaran como adorno muy estimado, la piel de las raposas convenientemente curtidas y con el olor particuar del perfume que usara cada una de las portantes. Aún dejaban más rastro que aquella que pasó por mi era una mañana de verano. Y yo veía el pobre bicho, tal como si le hubiese pasado una apisonadora por encima, con aquellas patitas colgando y aquellos ojos inexpresivos de cristal pegado en sus pupilas vacías. Ahora los chorras esos, se enfadarían porque dirían que las vulpes vulpes tiene derecho a la vida. Bueno, eso nadie lo niega, pero pienso yo que alguna vez tendrán que dejar su piel en este mundo igual que cada quisque.
Un abrazo.