Pero, lo que son las cosas, en pocos meses este Rousseau pasó de ser un perfecto desconocido a casi uno más de la cuadrilla, es un decir. Esto ocurrió justo el tiempo que iba del principio de curso, pasadas las fiestas de San Saturio, al último trimestre, después de Semana Santa –con la incipiente primavera tarda de don Antonio asomándose indecisa por los campos sorianos, sin que tampoco fuese extraño que por estas fechas nos cayese encima alguna que otra nevada- que era cuando tocaba dar el siglo dieciocho por partida doble: en el libro de Historia y en el de Literatura. Y así fue como supimos, en dos asignaturas y por dos profesores distintos, que nuestro Rusó, el Rousseau de los complicados franceses, no era ningún futbolista extranjero ni había vivido nunca en nuestro barrio.