En el año 1916 Parla tenía 1.000 habitantes. En aquella época no había otro medio de vida que la agricultura. Los niños de 9 y 10 años ya iban a trabajar al campo. A los 14 les enseñaban a arar con mulas.
En Parla hubo dos bandas de música y tocaban en las fiestas del pueblo alternándose cada vez una. También había dos salones de baile con organillo. Los hombres pagaban una peseta al mes. Las señoras gratis.
En 1940 se construyó en Parla una fábrica de mosaico en la que trabajaban ocho obreros. A partir de entonces se incrementó mucho la ganadería y, en poco tiempo, el pueblo llegó a tener doce vaquerías y otros tantos rebaños de ovejas. Esto ocasionó que se necesitara mano de obra para cuidar el ganado, por lo que empezaron a venir gentes de otros lugares.
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Parla era un pueblo muy trabajador y se criaban muy buenas y abundantes cosechas. Había siempre mucho trabajo, incluso para la recolección del verano y de las patatas tenían que venir obreros de otros pueblos.
Dos tahonas suministraban pan y productos típicos. En las fiestas y festejos particulares se llevaban a las mismas corderos y cochinillos para su cocción en los hornos.
Los vendedores ambulantes vendían en la plaza. Los domingos las dulceras se colocaban en varios sitios del pueblo y tenían caramelos, cacahuetes y demás chucherías para los niños.
En Parla había un casino y cuatro tabernas. En la calle de La Arena estaba el estanco y, al final de la misma, el cuartel de la Guardia Civil.
Los lugareños de Parla de principios de siglo traían cargas de leña del campo para una de las tahonas que abastecía de pan -el alimento básico de entonces- a toda la localidad. Se pueden apreciar las casas de la plaza del pueblo, hoy de la Constitución.
Los carros y las mulas eran el medio de transporte de la época, por lo que atascos y contaminación brillaban por su ausencia. Las jornadas de trabajo se prolongaban de sol a sol, aunque los domingos se terminaba a media tarde para pasar un rato con los amigos o dedicarse a otros menesteres. Era otra vida.
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El trabajo que desempeñaba la mujer no estaba valorado si tenemos en cuenta todas las tareas que desarrollaban. Aunque no tenían ningún trabajo fijo, ya desde que amanecía debían traer el agua de una de las dos fuentes que había en el pueblo porque no existía el suministro de agua a las casas.
También alimentaban a los animales domésticos que albergaban en los corrales de sus casas (gallinas, conejos, cerdos), etc. Acudían al lavadero cargadas con toda la ropa sucia donde la lavaban, aclaraban y centrifugaban, todo a mano a base de frotar y frotar. Y luego les esperaba el regreso a pie con el peso de la colada mojada. Para colmo, algunas trabajaban en el campo e iban a espigar en verano.
Se pasaban muchas horas agachadas recogiendo las espigas que los segadores habían dejado caer en los rastrojos. Cargaban con el saco al hombro lleno de las espigas y lo trasladaban andando hasta sus casas, recorriendo una distancia media de dos a tres kilómetros.
También quedaba tiempo para divertirse y festejar romerías como la del día de Santa Juana, cuando se acudía a comer y a pasar la tarde al convento de este nombre, ubicado en Cubas de La Sagra. Se llevaba la tortilla al arroyo y de vuelta a casa se reunían en el salón de baile con organillo.
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Las fiestas en Parla se han celebrado siempre en honor a la Virgen de la Soledad el segundo domingo de septiembre. Los actos religiosos eran muy parecidos a los de hoy, pero todo lo demás era muy distinto. Los fuegos artificiales no eran aéreos, sino unos palos sujetos en el suelo con una rueda en lo alto que se llamaban castillos y que daban vueltas cuando los encendían porque ahí es donde iba la pólvora colocada. Y entre fuego y fuego tocaba la música una pieza para que bailara la gente.
Los festejos taurinos se hacían en la plaza del ayuntamiento, como se puede ver en la imagen de arriba. Se ponían carros alrededor de ésta y servían de gradas para presenciar las corridas. Los encierros se hacían en el campo. El ganado venía suelto desde la dehesa. Era muy divertido porque había veces que no llegaban a la plaza hasta una hora antes de empezar la corrida.
Mientras llegaba el encierro a la plaza se cantaba lo siguente:
La plaza ya está atajada (bis)
los toriles ya están hechos
y los toritos de Parla
corriendo por los barbechos.
¡Ay, ay, ay, ay, ay, ayyyyy!
Y si los toros no llegaban pronto, se cantaba:
El alcalde de este pueblo (bis)
bien se puede preparar
como no encierren los toros
le vamos a apedrear.
¡Ay, ay, ay, ay, ay, ayyyyy!
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Las ordenanzas que se conservan y que regulan el funcionamiento de la Hermandad de la Soledad de Parla son las aprobadas por el Arzobispo de Toledo el 7 de julio de 1777 y que dan a la cofradía el derecho de administración y usufructo de los bienes otorgados por Bartolomé Hurtado García.
Veintinueve artículos regulan la estructura jerárquica de la hermandad. Una persona se encargaba de aconsejar sobre contabilidad a los mayordomos, los cuales se repartían las diversas obligaciones destinadas al mantenimiento de la cofradía. Eran cuatro hermanos elegidos anualmente el día de la fiesta de septiembre. El abad, que era el párroco de la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, presidía las juntas de la hermandad y el secretario custodiaba el libro de la cofradía donde constaban las actas de las reuniones celebradas. Por último, el santero se encarga de cuidar la ermita y todo el recinto. Todos estos cargos se nombraban en la Junta General a la que asistían todos los hermanos convocados y notificados previamente.
La Hermandad realizaba una labor social y caritativa en atención de sus hermanos enfermos o necesitados.
Según diversos estudios, se puede deducir que antes de 1681 ya se celebraban las fiestas en honor a la Virgen de la Soledad, a las que Bartolomé Hurtado acudía cada año, ya que sus padres eran naturales de Parla.