Pueblos de España

Mensajes de LA HABA (Badajoz)

 Mensajes de LA HABA
Hay abrazos que no han de darse ni en los cementerios.
¡SALUD Y ANARQUÍA!
pues mira tú que esa jactancia, allí, asì, yo la considero una jilipoyez, pero como no me gusta discutir continúo con el capítulo (al que todavía no he dado o no sé si daré, título):

Como se dijo sucesor de Buonarroti podría decirse encarnación de Paracelso,
heredero de Trismegisto, prolongaciones de Heliogábalo, cualesquiera de los ar-
tificios que de ordinario, extraordinario o en domingo a uno se la traerían
floja tirando de careta, por aquello de las circunstancias del yo ... (ver texto completo)
Hombre, Victoriano, tú eres -o vas a ser- el autor del cuento, escríbelo como te plazca: aunque tenga que repasar Grecia, Roma, el Olimpo, la Alquimia y el traspaso de Psique de un muerto a un vivo y toas esas mil y quinientas, yo te seguiré leyendo y te conversaré. A mí me gusta lo sencillo, pero no renuncio a la complejidad más jonda con tal que sigas escribiendo para entretenernos: y loco porque llegue algún capítulos de tetas, ques lo que realmente me gusta. Lo que te veo es un poquito holgazán, perdona el tirón de orejas, a ver si nos dispensas un capítulo diario que la editorial aprieta, eh.

Cuídate, come y bebe para vivir. Salud a raudales,
Cuelgo aquí el que será mi último escrito veraniego que deseo dedicar a Inma, nuestra eficaz y agradable bibliotecaria, a la Santi (lo escribo así para que sepa que es ella) a Loli de la calle Dos Pozos, a mi hermana Joaqui, que también nos visita a menudo y a todos los jabeños residentes o no, que constantemente me dicen lo que les gusta leer las cuatro letras que junto en este foro con la intención de entretener un ratito al personal, de ahí la variedad temática. A todos ellos, gracias, ... (ver texto completo)
Qué va, hombre, qué va, sé que lo dices irónicamente: lejos de toda crueldad, vengo a contestarte o reconvenirte -y ya sé que no te dejas porque eres mayor- con todo el cariño y respeto del mundo, aunque, eso sí, huyendo de ejercitar mi memoria para infligirme o infligir sufrimiento a nadie. Prefiero -cándidamente- filtrar las vivencias en esa España de la que, siendo tan negra, muchos de nosotros (a base de humor, imaginación y picaresca) supimos extraer momentos mu sublimes de felicidad, que no en mucho más consistía el vivir, recuerdos que hoy mantenemos naturalmente frescos y vivos: arrumbando ese lodazal, que no es lo mismo que renunciar a la Memoria como esfuerzo historiográfico y consciente para reconocernos en el pasado; y eso que, probablemente por la edad, me infirió mayores dosis de sufrimiento que a ti, pues solo bien mediados los setenta, y no antes, pudiste ser consciente de la realidad que cuentas. Desa España de posguerra que tan bien dibujas -imposible demputecerla más con ajustados sustantivos y adjetivos- curiosamente, te olvidas de nombrar (al menos de manera literal y quizá por obvias) dos carencias a las que todo lo demás se subordinaba: una, la asfixiante falta de LIBERTAD; y otra, el inefable sufrimiento del HAMBRE. Todo, absolutamente todo, se supeditaba a esas dos contingencias.

Tempecinas en utilizar la memoria (yo diría mejor, dada tu edad, el cine y los libros que tienes en tu haber intelectual) para la construcción de estas elocuentes piezas literarias que me atrevo a decir que sesgan bastante la mucha imaginación que bulle y late en tu cabeza. Mexplico: metiéndome en camisas de once varas, te lo declaro, a veces veo tus análisis como voluntarios ejercicios de introspección para observar tu propia mente o tus propios estados de conciencia, extremo que, de ser ajustada mi apreciación, te aportaría un sufrimiento añadido. Es un pequeño juicio de valor que sabrás perdonarme, en aras de reconducir tu potencial literario hacia otras industrias más ilusionantes, literarias por supuesto.
(Cuando ya publicado he releído mi escrito, he resuelto recomponerlo en el párrafo anterior cuyo final me quedó mu romo y de ahí esta nueva edición: tal es el mimo con el que te leo).

Y termino, luego de la queda lectura que merece tu escrito, con la duda de saber si los adjetivos peyorativos quendosas al amplio concepto de “España” (“hipócrita, cobarde, provinciana, rancia, acartonada, machista, obscena, sañuda, verdulera, triste, mezquina, envidiosa, cruel, ………..”), recaen solo en el concepto etéreo de “ la conciencia nacional” (que para mí no es otro que el círculo del Difunto y su laberinto), o lo amplías sin ambages al sentimiento sincero que tienes sobre la idiosincrasia del pueblo español que como un saldo diezmado dejó el Despropósito Civil y antes el Despropósito Colonial: es una linde que no veo clara en tu pensamiento, pesimista mayormente. La Generación del 98, como sabes, nos dejó muy bien servidos.

Por cierto, esos cuatro versos de la canción anarquista que has reseñado esconden -como todos los himnos- una hipocresía, una mentira: pues antes que morir (y esto es mu legítimo) la inmensa mayoría de nuestros semejantes prefiere sobrevivir como esclavo, dígase lo que se diga. Eso es lo que pasó en la posguerra y eso es lo que pasa ahora, sobrevivimos esclavos del miedo: porque lo importante, Pedro, era y es no perder la conciencia de serlo para, aprovechando cualquier viento favorable, luchar y agarrarse de nuevo a la dignidad.

Con mi felicitación y reconocimiento a las formas de tu escribir, recibe un fuerte abrazo,
,
(Capítulo 1/3).

Hace unos meses, mi amigo Francisco Guzmán Rodríguez (el esquivo Paco) me preguntó -no sé por qué razón, la verdad- si yo tenía noticia o datos sobre un crimen bastante cercano, en el lugar y en el tiempo, a otro que ya tengo relatado aquí en el Foro como “El crimen de Tía Casimira”. Le respondí en privado enviándole el texto que ahora he decidido hacer público y que íntegramente transcribo a continuación. Es un poco largo (por lo que lo publico en tres capítulos) por si alguien tiene interés en su lectura: y el que no lo tenga, pos que no lo lea y yastá.

“En 1974 tuve una conversación en Madrid con una anciana mujer -entonces ya había cumplido 84 años- durante la cual, gracias a su memoria, pude anotar bastantes detalles sobre una terrible historia ocurrida en cierto pueblo extremeño en fechas cercanas a la Guerra Civil: una mujer fue asesinada por su marido, quizá con la ayuda de otra mujer, en uno de los crímenes más horribles y crueles que por violencia de género se recuerdan en la comarca de La Serena.

Por prudencia, omitiré nombres, fechas, lugares y datos que pudieran herir la sensibilidad de los familiares vivos, tanto de la víctima como las de su asesino, así que intentaré conseguir una redacción generalista, a sabiendas de que todos los extremos que se relatan están en la memoria colectiva del pueblo al que me refiero y que puede intuirse. Los que vivan y lo recuerden han de ser, cuando menos, octogenarios y memoriosos y los que, como yo, sean depositarios de la historia, la contarían más o menos así:

Dicen que se casó con ella por su dinero, era hermosa de corazón pero poco agraciada en su físico además de padecer una salud más bien precaria. Al contrario que él: un mozo apuesto, codicioso, infiel y, según cuentan los más allegados, muy proclive a la ira; en el pueblo le llamaba don Fulano, pero era un don sin din, un extremeño sin oficio ni beneficio cuyo aval no era otro que su interesado matrimonio: una contingencia que le permitió mantener su bienvivir hasta su ingreso en la cárcel.

El caso es que en septiembre de 1926 ella alumbró un hijo, asumiendo en seguida la desoladora incapacidad maternal que sufría para amamantarlo. Él, lejos de tranquilizarla con ternura y comprensión, la vejaba con insultos incalificables por esa carencia; se interesó en averiguar qué mujeres estaban recién paridas por entonces: y es ahí donde aparece la señora a la que me referí al comienzo, mi anciana confidente en Madrid. Se dirigió personalmente a ella, fue a su casa para ofrecerle una compensación económica si accedía a ejercer de nodriza para con su hijo. “Mire usted, don Fulano –le dijo-, a mí me sale leche pal niño mío y pal suyo, pero dinero no me hace falta: asín que lo único que necesito, cuando venga de su viaje, es el permiso de mi marido p´hacerlo”. Aun así, se dispuso a amamantarlo sin más dilación, se lo acercaba varias veces al día una lozana mujer que como ama o asistenta convivía en casa con este matrimonio de conveniencia que mu pronto iba a ser noticia luctuosa en todos los periódicos del sur de España.

Don Fulano paseaba complacido y pensante por los alrededores del pueblo, su trabajo -su mayor esfuerzo- consistía en observar los beneficios de explotación que reportaba la labranza de las tierras y los réditos del capital de su mujer, un patrimonio del que ya disfrutaba y que aspiraba a poseer algún día, en el tiempo y en la forma que ya lo recogía cierta escritura testamentaria: con un matiz, sería suyo…., si faltaba ella, si ella fallecía. Él solía pasear plácidamente por los arrabales del pueblo, sin prisas, tenía la costumbre de caminar con las manos a la espalda, una cogiendo a la otra; vivía bien, comía buenas viandas (“ ¡menúo cuello tenía: como pa matarle a estoque!”, me espetó jocosamente aquella vieja jabeña) y con toda seguridad -dicen las malas lenguas- tenía asegurada su buena dosis de lujuria. Pero su ira -patológica- iba en aumento; igual que los insultos hacia ella, cada vez más rebuscados, más dañinos: cada vez más violentos, cada vez más frecuentes. Y ella -sumisa, nacida para el sufrimiento- sollozante, cierto día, quizá incitada por algún familiar, se atrevió a balbucear ante él algo parecido a una tibia amenaza que incluía un cambio en el testamento de persistir su actitud violenta hacia su persona: fue el principio de su fin. Él, inteligente para la maldad, cambió su tono verbal y endulzó durante unos días las formas bruscas de sus maneras, generando un engañoso espejismo en torno a ella y simulando una complacencia que no le era propia; tan era así que le ofreció pasar unos días en el campo, donde las noches se suavizaban por el influjo de la sierra del Ortiga: ella accedió con cierto desasosiego, y, luego del acomodo de su hijo con la nodriza, allí se encaminaron acompañados del ama. Iba a ser su último viaje.

…../….continuará mañana,
(Capítulo 2/3)

Para qué esperar, debió decirse. Y en la soledad del campo sereno, al amanecer de un caluroso día de aquel aciago verano, amparado en la ausencia de testigos y con la dudosa connivencia del ama, don Fulano arrastró a su mujer como se conduce a los condenados a muerte hacia el patíbulo, o quizá peor: porque la ausencia de sentimientos en aquel hombre en nada era comparable a la piadosa frialdad que a veces irradian los verdugos oficiales. Agotada, como una cierva tiroteada y moribunda, la llevó agónica hasta su trágico destino, la elevó hasta el desdentado brocal y la arrojó inmisericorde al fondo del pozo como si de una muñeca desvencijada se tratase. No creo que existan palabras adecuadas para subrayar la patológica frialdad del autor de este crimen: que hubo de seguir poniendo a prueba su perseverante crueldad al verificar que su víctima -luego de transcurrir un amplio y angustioso espacio de tiempo sumergida en la profunda y verdosa agua del pozo- permanecía viva.

El pozo era de factura realmente antigua y su interior estaba cubierto de una ladrillería que los años se habían encargado de desconchar: y en esas oquedades, en las llagas que en la pared había tejido el tiempo, ella creyó encontrar un asidero, un inútil e ilusorio salvavidas para poner a prueba el nulo saldo de misericordia que arrojaban juntos don Fulano y su ama. Mirando hacia arriba con desesperación, invocó la ayuda de Dios para criar al hijo que tenían en común, imploró una y mil veces un absurdo perdón, rogó piedad, lloró de dolor con desconsuelo y rio de locura. El abismo de agua oscura que la cubría hasta el cuello, la engullía cada vez que sus manos perdían fuerza para adherirse a la pared cilíndrica del pozo: extremo que era cada vez más frecuente. Pero qué será, se pregunta este relator, el ansia de vivir -o el miedo a la muerte en la más silenciosa y desnuda soledad- para que esta mujer tan débil, tan frágil, casi exánime, sacando fuerza de donde no las había, estuviera dispuesta a eternizarse pegada como una ingrávida araña en aquel horrible humedal.

Y seguía viva. Pero la Muerte que es muy constante en su oficio, enfundada en el cuerpo de aquel malnacido, cambió el jocino por unas largas cañas afiladas que don Fulano –con la furia que imprime la ira sin límites- clavaba astilladas una y otra vez en las manos de sarmiento de aquella pobre mujer hasta que lograba zambullirla de nuevo: y como una maldición diabólica contra el asesino, aquellas manos ensangrentadas emergían a la superficie otras tantas veces adhiriéndose con ahínco a la pared del pozo: y el mu cabrón perseveraba con lacerantes golpes desde arriba, haciendo percutir los puñales en que se habían convertido las puntas de las cañas en los deshechos dedos de la pobre mujer, apagando poco a poco los ya debilísimos lamentos que salían de la profundidad. Sus pulmones eran ya un charco de agua cárdena que la asfixiaban, y así fue todo de macabro y constante hasta que después de escucharse algo parecido a un débil “ ¡ay!” postrero, como un leve gemido de rendición, aquellas manos no reaparecieron más, fue entonces cuando don Fulano, exhausto, alcanzó a secarse el único sudor con que regó este mundo: he aquí un hombre que solo sudó para matar.

Torpemente, cuentan que con la presumible ayuda del ama, se las valió para rescatar del agua el cuerpo inerte de la que fuera su mujer, recompuso burdamente el estado del cadáver y, en la segura confianza de que su amigo el médico sería connivente para distorsionar las pruebas de su fechoría, la subió al carro y se dispuso, seguido por un cortejo de moscas carniceras, a presentarse en el centro del pueblo con la triste noticia de que su amada esposa había caído fortuitamente al pozo de la finca.

La huella del trasiego criminal quedó plasmada en el pastizal del campo, donde el forense señalizó una senda de bálago apisonado que delataba la decidida pisada del asesino y la débil resistencia que opuso su víctima.
…. /….continuará mañana,

,
(Capítulo 3/3)

…./….continuación,

En plena siesta, con el bullir de medio pueblo en aquella arrinconada plazuela -cuyo suelo lo componía una inmensa lancha de granito que literalmente ardía-, la mula seguía enganchada al carro ajena a la carga de sufrimiento que portaba; una raída manta de invierno cubría el cuerpo de la muerta, y sobre él revoloteaba aquel insufrible ejército de moscas forasteras de color azul brillante metalizado que, como minúsculos buitres, esperaban dispuestas a darse un festín: eran las llamadas moscas de la carne que vinieron del campo con la desgracia. Y en esto que don Fulano, siempre escoltado por su fiel ama, se dispuso -con un mimo que solo le está dado oficiar a los grandes actores- a bajar el cadáver y adentrarlo por la puerta de carruajes en la casa solariega propiedad que fuera de la asesinada. La puerta se cerró en seguida, pero sin poder contener el sempiterno y pegajoso cortejo de moscas carniceras, quedando afuera el sordo y tenso runrún de desconfianza que desde el principio embargaba al gentío.

Envuelto por la elocuente verdad que gritan los silencios colectivos, observado por la repulsiva mirada de sus paisanos, Don Fulano, unos minutos después, se dirigiría a la casa del médico del pueblo del que se consideraba amigo íntimo; lo hizo en la convicción de que le extendería un certificado de defunción por ahogamiento fortuito o suicida, eso (“qué más da”, debió pensar) sería cosa de hablarlo, y así cerrar el caso con un pomposo entierro y un funeral por todo lo alto. Pero se encontró con la inesperada y rotunda negativa de su amigo a certificar en barbecho una muerte que se presagiaba como una acción espantosa: “Lo siento, Fulano, ese acta debe firmarla un médico forense que ya está en camino acompañando al juez”, le espetó con firmeza. Y don Fulano, cabizbajo, regresó a su casa tan enfurecido como pensante.

La Guardia Civil, quien ya le había reprochado la temeridad de trasladar el cadáver a su riesgo y ventura, puso en manos del juez pruebas irrefutables del crimen: el fulano era burdo en todas sus maneras y fue romo también para matar: “Usted, don Fulano -le dijo el juez como anunciando ya una sentencia inapelable- es un frío asesino, simplemente ver las astillas de esas cañas incrustadas entre la carne y las uñas en las manos de su pobre esposa, me hacen sufrir la escalofriante sensación de estar ante una primitiva y peligrosa bestia, ¡es usted un criminal sin el más mínimo escrúpulo que merece garrote vil!”.

Le pusieron los grilletes allí mismo (algunos dicen que se lo hizo encima, como el personaje de “Pascual Duarte”) y lo llevaron preso: seis años de cárcel se estimaron suficientes para expiar la culpa de tamaña fechoría. Y ya libre, se instaló en un pueblo cercano para hacer bueno el dicho aquel de “la zorra cambia de pelo pero no de costumbres”; se las valió para casarse con una prima de la fallecida también con posibles, y parece que murió de viejo en una limpia y confortable cama de matrimonio: así es la vida a veces. Su vástago, el hijo que amamantó mi confidente, vivió siempre en su pueblo natal, y, como su don Fulano padre, fue un perfecto inútil para la sociedad, vivió dilapidando el capital que heredase de su desgraciada madre, y -como su progenitor- tampoco sudó nunca por trabajar: si acaso lo hizo por vicio, con ese frío sudor que le bajaba de las sienes cuando se jugaba el dinero a las cartas y la cobardía delataba su farol: momento que el contrario aprovechaba para dejarle sin blanca. Casado también por conveniencia, cuando agotó el capital heredado -cincuentón y sin descendencia- murió seboso a cuenta de su pertinaz glotonería.

(Esta leyenda, quién sabe, podría ser tan real como la vida misma, o no; el caso es que a don Fulano, su hijo, el ama, el médico, el pueblo y a mi confidente nodriza, hay gente que se atreve a ponerles nombre y apellidos: aun estando todos muertos, sus deudos merecen respeto y confidencialidad).

¡Y SANSACABÓ!

P. D., amigo Paco, debes disculpar la mala sintaxis, las negligencias gramaticales, la mala adjetivación del relato y la hora intempestiva de remitírtelo: todo ello producto de las ansias de complacerte, las prisas en hacerlo y la dudosa calidad en mi escribir que sin falsa modestia te declaro. Tu amigo, Antonio”.

Y esto fue (ahora un poco acicalado) todo lo que le remití por escrito a mi amigo Paco Guzmán.
Mu buenas noches a to el jabeñerío,
Buena a tod@s, voy a comenzar parodiando el anuncio promocional de una serie de restauración de coches antiguos en la versión española:
¡Leganés ¡la qas liao ….
Si bien puedo seguir comprobando la escasa participación activa en el foro, te puedo afirmar que por el postigo del mismo, se asoman hasta los burros cuando pasan por la calle.
En estos días de tu relato por partes, he oigo comentarios y anhelos de la próxima entrega de las personas que menos me podía imaginar que siguieran el foro. He constatado que lo siguen desde aquellos que lo hacen por seguir las nuevas tecnologías y pellizcan y repellizcan la pantalla de su superteléfono, para agrandar la fuente y enterarse de todo detalle, pasando por los corrillos de mujeres que lo comentan barriendo sus puertas y tratando de poner cara a ese tal Antonio que escribe en internet y hasta por personas ya mayores que ofrecen sus otras versiones y acicates a la historia pues la han oído de nuevo por el run run que transita el pueblo.
Mi enhorabuena, mi enhorabuena Leganés por el relato y por la forma de hacerlo, dada la cercanía relativa de los personajes y el tiempo transcurrido ya que en el estilo no entro por no entender del tema.
Antonio
Son los llamados" efectos colaterales positivos", a la gente les gusta leer historias que le tocan las entrañas, cercanas del dia a dia, mamadas de su terrruño, sencillas. Y si encima te las cuentan con una pluma como la de Antonio, miel sobre hojuelas.
Me alegro por ti amigo, nadie como tu persiste, lucha e insiste, para que este bendito punto de encuentro permanezca activo, ¡y mira que te lo ponemos dificil!, tres personajes distintos, Leganés, Moreno el mayor y Antonio, y un solo luchador solitario y constante, gracias, gracias y mil veces gracias, por tu aportación a la cultura y sentimiento jabeño. Un gran abrazo, amigo.
Hombre, Victoriano, tú eres -o vas a ser- el autor del cuento, escríbelo como te plazca: aunque tenga que repasar Grecia, Roma, el Olimpo, la Alquimia y el traspaso de Psique de un muerto a un vivo y toas esas mil y quinientas, yo te seguiré leyendo y te conversaré. A mí me gusta lo sencillo, pero no renuncio a la complejidad más jonda con tal que sigas escribiendo para entretenernos: y loco porque llegue algún capítulos de tetas, ques lo que realmente me gusta. Lo que te veo es un poquito ... (ver texto completo)
Pues han pasado unos dias y llevo un mes de abstinrncia, sin fumar ni beber, a propósito de cierta promesa que me hice tras llegar por aquí y pasarme cerca de una semana desintoxicándome, con licores varios. Resukya que nada mas ligar la tableta me la jodio un cargador nuevo que me compré para economizar tiempo de carga, y ahora está en vias de si podrá arreglarse.
Seguidamente te recomiendo a GEORGES BATAILLE, que en cuestiones eróticas es bastante particular. Lo mio de momento irá por otros derroteros. Estoy en la biblioteca de CELRÁ, pueblo donde resido por el momento, siguiente estación de la ex-RENFE a la capital de provincia tirando pa FRANCIA. No dispongo de mucho tiempo, asi que mañana vendré antes y le echaré un vistazo a tu historia crtminológica. Sigo con mi relato (autobiográfico):

Seguramente fue la dirección o administracción de Liria,
prisión a la sazón emblemática, la remitente a su demarcación
de la inscripción colectiva, de no adelantarse la imnata agu-
deza de sus expeditivos camaradas burocráticos municipales,
parando el contingente, por defecto tranviario, al reemplazo
de la homónima ventura instructiva castrense, avisada de la
impronta pedestre de las levas, convenientemente a tiro del
diferido CIR número dos, caso de que la providencia, celosa de
la competencia generada, no levantara el deslinde, gloriosamente
depositado aproximadamente sobre las afueras de la hipotética
cuna de un hipotético autor, al parecer sin colaterales con el
hipotético paisanaje, en la espectativa de una genética sin
complejos, nominalmente a salvo del cuyo memorístico, para solaz
del pairo vindicativo.
Y hasta aquí llegamos hoy. Como quien dice, de camino cambio alguna palabra que dice mejor, sin alterarlo, el fundamento, cuando luego me lo releo, siguiendo de un tirón.
Recuerdos a GUZMÁN, no, el de alfarache.
Salud y anarquía... de momento.
perdonadme las erratas, debeserelteclado
Buena a tod@s, voy a comenzar parodiando el anuncio promocional de una serie de restauración de coches antiguos en la versión española:
¡Leganés ¡la qas liao ….
Si bien puedo seguir comprobando la escasa participación activa en el foro, te puedo afirmar que por el postigo del mismo, se asoman hasta los burros cuando pasan por la calle.
En estos días de tu relato por partes, he oigo comentarios y anhelos de la próxima entrega de las personas que menos me podía imaginar que siguieran ... (ver texto completo)
Gracias, Antonio, muchas gracias de corazón. Aparte de agradecido por tu más que generoso reconocimiento, me contenta verificar -por la constatación personal que me trasladas- que buena parte del jabeñerío tenga interés en asomarse a esta ventana virtual que, a diferencia de los balcones que fabrican los albañiles, siempre ofrece un paisaje cambiante que depende de la imaginación de los foreros intervinientes. Yo tengo muy reiterado aquí que no escribo ni para convencer ni siquiera para persuadir, sino solo para entretener: así que si con ello, como me dices, a mi vecina Ana “la de Valentín”, es un decir, uno de mis escritos le arranca una sonrisa (o le produce sosiego, o cualesquiera otras sensaciones de esas que plantan cara al tedio), para mí ya ha valido la pena ayudar a mantener vivo este Foro Jabeño.

En cuanto a la formas de escribir, permíteme la vanidad (de la que nadie estamos exentos) de arrogarme también la cansina letanía de pedir hasta la extenuación a los paisanos que escriban como Dios les dé a entender, como quieran o como sepan, ¿o es que no nos entendemos sin complejos con nuestro hablar tan jabeño sin que nadie nos reproche cómo lo hacemos? Pues nada, me siento impotente para conseguir atraerlos/as. Bien es verdad, porque a mí también me pasa, y le pasó hasta al mismísimo J. L. Borges, que con aspirar a ser buen lector y conseguirlo, se siente uno plenamente satisfecho. Y añado que el lenguaje, sea hablado o escrito -antes que para alimentar egos o para el lucimiento- es un instrumento para comunicarnos y entendernos de la mejor manera con nuestros semejantes.

Te ruego muy encarecidamente, estimado tocayo, que no dejes de pasar de vez en cuando por aquí. Con mis mejores deseos para ti y para tu familia, me despido hasta mejor vernos, sanos y salvos, en la Velá.

Un abrazo,
Son los llamados" efectos colaterales positivos", a la gente les gusta leer historias que le tocan las entrañas, cercanas del dia a dia, mamadas de su terrruño, sencillas. Y si encima te las cuentan con una pluma como la de Antonio, miel sobre hojuelas.
Me alegro por ti amigo, nadie como tu persiste, lucha e insiste, para que este bendito punto de encuentro permanezca activo, ¡y mira que te lo ponemos dificil!, tres personajes distintos, Leganés, Moreno el mayor y Antonio, y un solo luchador ... (ver texto completo)
Querido Paco, parece que hoy tocan lo elogios; aunque viniendo de los amigos hay que aplicarles siempre un coeficiente de reducción tendente al 100%, jejeje: de corazón, tío, no puedo por menos que agradecértelo sinceramente. Este encomio - que llega junto al del amigo Antonio- me sorprende para bien porque a nadie le amarga un dulce, y me deja también un poco trastocado porque no estoy acostumbrado a recibirlos en el Foro de mi pueblo: contingencia que, como bien sabes, para nada ha mermado mi perseverancia.

Recibe mucho afecto,
Pues han pasado unos dias y llevo un mes de abstinrncia, sin fumar ni beber, a propósito de cierta promesa que me hice tras llegar por aquí y pasarme cerca de una semana desintoxicándome, con licores varios. Resukya que nada mas ligar la tableta me la jodio un cargador nuevo que me compré para economizar tiempo de carga, y ahora está en vias de si podrá arreglarse.
Seguidamente te recomiendo a GEORGES BATAILLE, que en cuestiones eróticas es bastante particular. Lo mio de momento irá por ... (ver texto completo)
Estimado Victoriano, el tema de las tetas puede esperar, gracias por tu recomendación hacia "francés", pero estoy más pendiente de tu cuento que de las batallas escritas por el tal Bataille (genio donde los hubiera). Y ya en serio, celebro tu fuerza de voluntad durante ese mes que llevas a pan y agua: sea por una promesa, por una prescripción o por un voluntario viraje en tu vida, me alegro de tu decisión y te animo a perseverar en ella. Mira, a propósito de tus recuerdos para Paco, me ha venido a la memoria la filosofía y el argumento del Guzmán de Alfarache adulto que, como en una retrospectiva utopía, trata de redimir al Guzmán de Alfarache de su juventud: reléetelo que es mu pedagógico.

Respecto a esta segunda entrega que de tu relato nos haces -donde se dibuja una prisión colindante a un campamento castrense, o algo así, algún trastorno de trenes y de otras cosas, la Llíria romana de Nigrino- nos quedamos un poco perdidos: pero más perdido me ví en el "Castillo" de Kafka, y al final mencontré.

Aprovecha el tiempo en ese precioso pueblo de Celrá (yo suelo ir a Sarriá de Dàlt, también del Gironés) y escribe, Victoriano: y solo comas y bebas para vivir.

Un abrazo,
El amor de Pedro por Silvana (Capítulo primero).
Ficción basada en una historia absolutamente real, escrita en 2013.

LA MUERTE.
Cincuenta y dos años después, también un día de jueves santo como aquel, he vuelto a encontrarme a mi amigo Pedro “Sardina”. Y me ha dado un vuelco el corazón porque, por un momento, me había parecido verle acompañado de Silvana, extremo imposible porque ella murió el miércoles santo del 29-3-61: pero me he tenido que sacudir las telarañas de la cabeza hasta situarme en la realidad.

Silvana fue lo que más quiso Pedro en su vida: muy delgada, grácil en su andar, dulce, de sumisa mirada, dura y resistente cuando las circunstancias lo demandaban, era todo amor, y, por tenerlo todo, para ser completa, poseía la gran virtud de la codicia: ese deseo desordenado de placeres que puede perder a una mujer, pero que en Silvana -que era una preciosa perra galga barcina, manchada de rojizo atigrado- era el mejor atributo para destacar en su especie.

Silvana (cuyo nombre quiere decir “que vive en los bosques” o “que guarda los bosques”), acompañaba a Pedro a todas partes, desde la mañana a la noche. Nunca estuvo atada a nada ni por nada, anduvo suelta siguiendo la senda que marcaba su amo, siempre pegada a él o a la rueda de su bicicleta “Supercil”, paso a paso, vuelta a vuelta: en casa, en el campo, en la carretera, en el jato, en la plaza, en la taberna, en los entierros: eran inseparables. Fruto de una monta con un galgo también barcino, primo suyo, quedó felizmente preñada, y, luego de lavarla Pedro diariamente con todo mimo sus ubres y de dotarla de un lecho de papel triturado, Silvana parió cuatro perrillas que –afortunadamente- han prolongado su estirpe, entre otras cosas, para concederme experimentar el engañoso y hermoso espejismo vivido la pasada Semana Santa de este año de 2013, cuando creí verla.

Mi amigo Pedro “Sardina” era y es, antes que nada, un hombre de campo; guarda feliz que fuera de la finca “Las Licencias” (entre La Haba y Quintana) propiedad del médico don Fernando Morillo, se veía necesitado de otros ingresos para ir tirando y así fue como recaló en la construcción, en la calle Arroyazo de Don Benito, donde –contratado como machaquín- desarrolló la durísima tarea de partir el macadán pedregoso (áridos de distintos tamaños) que permitiera compactar un firme que acabara con el barrizal sempiterno de esa calle calabazona. Y allí estaba Silvana disfrutando de su duermevela, echada en la dulce solisombra que proyectaban las fachadas de la calle: quizá soñando con las cuatro galguillas juguetonas que había dejado en su corral jabeño.

Y vino el guardia. Mira que había calles por las que pasear en Don Benito, pues nada, tuvo que elegir trágicamente la del Arroyazo; estaba jubilado y eso de la inspección de obras siempre le había atraído produciéndole un morbo especial; ataviado de traje y corbata, torpe en su andar, tropezó con la adormilada Silvana y, después de un traspié, cayó al barrizal de la calle convirtiéndose en el embadurnado hazmerreír de los obreros y vecinos presentes. Enfurecido, con esa ira inexplicable que a veces embarga a los humanos cuando nos sentimos ridículos, quiso desquitarse de su torpeza asestando una brutal patada en las prominentes costillas de Silvana: el pobre animal, contraído de dolor, encorvó su espinazo hasta transformarse en un verdadero ovillo de carne rodante sobre la ciénaga que anegaba la calle. Y cuando alcanzó a erguirse: sin una queja, sin un ladrido, logró acercarse a Pedro y luego de mover cariñosamente el rabo –en un intento vano de tranquilizarle- ya agónica, jadeante, como emulando una de sus antiguas azañas de cazadora, vomitó algo de sangre y cayó fulminantemente muerta.

La violencia del puntapié de aquel cabronazo fue tal, que una de sus propias costillas clavada en el pulmón hizo de puñal provocándole la muerte casi instantánea.

…../…., mañana termina.
El amor de Pedro por Silvana (Capítulo segundo)

…./….Continuación.

EL DUELO.
Pedro se vistió de luto por Silvana el mismo jueves santo 30-3-61. Hubo risas, claro: porque lo que el pueblo entiende por amor, o por amante, o por dolor, es un tanto difuso e infuso, sobre todo infuso y solo proveniente de Dios. Dicen que vendió media fanega de tierra para contratar un abogado que denunciara la crueldad de aquel crimen que acabó con la vida de su querida galga Silvana; consiguió una sentencia condenatoria para aquél energúmeno que hubo de indemnizarle con 3000 pesetas de las de 1961 en concepto de responsabilidad civil y, sin que pueda yo asegurarlo, parece que el fallo recogía también alguna reconvención de tipo ético para con el acusado de la que devino alguna otra culpa de tintes penales, (daría yo unos cuantos chavos por leer ahora los antecedentes, fundamentos de derecho, considerandos y fallo de aquella sentencia que quizá fuera pionera en el maltrato animal: voy a intentar esclarecerlo para contarlo, lo prometo).

Transcurrido un tiempo, y luego de ejecutarse el mandato de la sentencia, con sus tres billetes de mil pesetas en el bolsillo y Silvana habitando sus entrañas, se presentó en cierto Banco de Villanueva y le dijo al cajero: “Quiero que me cambie estos tres papeles por tres mil pesetas rubias”; y el altivo oficinista, con un rictus contenido de cachondeo, le preguntó para qué lo quería, a lo que mi amigo le contestó: “Para lo que me salga a mí de los cojones”: tres días transcurrieron para que la banca consiguiera las tres mil unidades de pesetas rubias.

Silvana latía en el corazón de mi amigo, tal fue su amor por ella. Y ya con los bolsillos llenos de monedas, Pedro comenzó su letanía musical en el casino de Santiago “Tortera”. Una gramola con cincuenta discos de vinilo, del A-1 al A-50, no sé si era una “Sinfonola”, o quizá una “Jukebok”, lo que sí recuerdo es que el disco “A-14, MI PERRO AMIGO”, de Rafael Farina, comenzó a sonar una y otra vez: y otra, y otra, y otra más, y muchas otras veces más; y cada dos por tres, un chato para Pedro, lloroso él, y más pesetas rubias, y otra vez el disco, y más chatos, y más música, y más lágrimas, y más risas del respetable, y más Silvana, y más nostalgia, y más y más: y así meses, porque quedaban muchas pesetas rubias que dilapidar en nostalgia.

Un día, el disco se rayó: y la voz del gitano salmantino aquél de “Vino Amargo” y “Mi Salamanca”, parecía la voz de un papagayo aguardentoso repitiendo: “Maldita sea la mano que mata a un perro, maldita sea la mano que mata a un perro, maldita sea……”. Pedro se quejó a Julián “Carajito”, q. e. p. d., copropietario del casino, y le persuadió para que adquiriese un disco de recambio con el objetivo de que no se dudase, ni un solo día, a través de esa canción de “Mi perro amigo”, que Silvana, aquella galga barcina-puro amor, seguía permaneciendo viva en su corazón. Y seguía la inversión de pesetas en amor, seguía la música, y los chatos, y las lágrimas de Pedro loco, y las risas de los jabeños que se tenían por cuerdos, y así meses: restando aún muchas pesetas por invertir en esta peculiar industria de la melancolía.

Fue así que, la pasada Semana Santa de este 2013, recordé todo esto al reencontrarme con mi amigo Pedro “Sardina”, cincuenta y dos años después, empequeñecido por la edad pero todavía con una figura muy digna, bajo una gorra tan enfundada que parecía haberle desaparecido la mitad de su antigua y hermosa cara de pandereta. Y, a su lado -ese fue mi espejismo- una bella perra tatatatatatataranieta de Silvana que, en un trastoque de sensaciones, logró incrementar el ritmo del sístole/diástole de mi corazón hasta el mismo borde de un feliz abismo donde creí ver la bella estampa de aquella hermosa galga barcina. “ ¡MALDITA SEA LA MANO QUE MATA UN PERRO!”, recordé. “O un amor”, añadí yo para mis adentros.

¡SANSACABÓ!