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Mensajes de SAN PEDRO DE MERIDA (Badajoz)

 Mensajes de SAN PEDRO DE MERIDA
Tener inteligencias auxiliares.
Es una gran suerte de los poderosos acompañarse de hombres de gran entendimiento que les saquen de todos los problemas causados por la ignorancia y que incluso peleen por ellos las luchas más difíciles.
El que no pudiera alcanzar a tener la sabiduría en servidumbre, que la alcance en la amistad.
Saber con recta intención garantiza la abundancia de aciertos.
Un buen entendimiento casado con una mala voluntad fue siempre una violación monstruosa.
Variar de estilo al actuar.
No obrar siempre igual.
Así se confunde a los demás, especialmente si son competidores.
No hay que obrar siempre de primera intención, pues nos captarán la rutina y se anticiparán y frustrarán las acciones.
Tampoco hay que actuar siempre de segunda intención, pues entenderán la treta cuando se repita.
Aplicación y capacidad.
No hay eminencia sin ambas, y si concurren, la eminencia es aún mayor.
Es mejor conseguir una medianía con aplicación que una superioridad sin ella.
La reputación se compra con trabajo: poco vale lo que poco cuesta.
No comenzar con demasiada expectación.
Es un chasco frecuente ver que todo lo que recibe muchos elogios antes de que ocurra no llegará después a la altura esperada.
Lo real nunca puede alcanzar a lo imaginado, porque imaginarse las perfecciones es fácil, pero es muy difícil conseguirlas.
Ser hombre de su época.
Los hombres de rara eminencia dependen de la época en que viven.
Las cosas tienen su tiempo; incluso las eminencias dependen del gusto de su época.
Pero la sabiduría lleva ventaja: es eterna, y si éste no es su tiempo lo serán otros muchos.
El arte de la suerte.
La buena suerte tiene sus reglas; no todo son casualidades para el sabio; el esfuerzo puede ayudar a la buena suerte.
Si bien se piensa, no hay otro camino sino el de la virtud y la prudencia, porque no hay más buena ni mala suerte que la prudencia o la imprudencia.
Ser hombre agradable y jugosa conversación.
La munición de los discretos es la galante y gustosa erudición, es decir, un saber práctico de todas las cosas corrientes, más inclinado a lo gustoso y elevado que a lo vulgar.
Es conveniente tener una buena reserva de frases ingeniosas y comportamientos galantes y saberlos emplear en el momento recuadro.
Más les valió a algunos la sabiduría que se comunica en el trato social que todos los conocimientos académicos.
No tener un defecto.
Es nuestro destino tener defectos.
Pocos viven sin ellos, tanto en lo moral como en el carácter.
Sería una gran habilidad convertirlos en motivo de estimación.
César supo cubrir de laureles su calvicie.
Moderar la imaginación es el todo para la felicidad.
Unas veces hay que refrenarla y otras ayudarla: el buen sentido la ajusta.
Ser buen entendedor.
Saber razonar era la más elevada de las artes; ya no es suficiente: ahora es necesario adivinar, y más en asuntos que pueden decepcionar.
No puede ser entendido el que no sea buen entendedor.
Las verdades que más nos importan vienen siempre a medio decir.
El prudente debe saber entenderlas: resuena la credulidad en las cosas favorables y la estimula en las odiosas.
Encontrar el punto débil de cada uno.
Este es el arte de mover las voluntades.
Es más una destreza que determinación.
Es saber por dónde se ha de entrar a cada uno.
Primero hay que conocer el carácter, después tocar el punto débil, insistir en él, pues infaliblemente se quedará sin voluntad.
Mejor lo intenso que lo extenso.
La perfección no consiste en la cantidad, sino en la calidad.
Todo lo muy bueno fue siempre poco y raro: usar mucho lo bueno es abusar.
No ser vulgar en nada.
No serlo en el gusto.
Los hartazgos de aplauso popular no satisfacen a los discretos.
El vulgo admira la necedad común y rechaza el consejo excelente.
Tener entereza.
Hay que estar siempre de parte de la razón, con tal decisión que ni la pasión del vulgo ni la fuerza de la violencia obliguen jamás a pisar la raya de la razón.



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