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CABAÑAS DEL CASTILLO
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Castillo
Fecha: 03/12/2011
Hora: 15:55
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La Sanidad en Cabañas del Castillo

(MÉDICOS, MEDICINAS Y REMEDIOS, 1ª PARTE).-
Pueda darse fe sin lugar el equívoco de la dureza física y salud a prueba de bombas de los hombres y las mujeres de Cabañas del Castillo, (y ahora sí me estoy refiriendo al municipio completo: Solana, Retamosa, Roturas y Cabañas propiamente dicho, pues este tema afectaba por igual a todos ellos), tal vez proporcionada por la Naturaleza como compensación a su modo espartano de vida, pero a la vez sana alimentación –escasa, pero era sana¬-, mantenida durante siglos sobre unas montañas que constituyen uno de los entornos menos contaminados que quedan en Extremadura y, posiblemente, en España. (Actualmente la zona ha sido declarada Geoparque Natural, lo que sin duda contribuirá a su conservación). No obstante, de vez en cuando se producían enfermedades, accidentes y otros problemas de salud, por lo que necesitaban una asistencia o cuidados como cualesquiera otras personas que, con ligerísimas variantes, eran los mismos en las cuatro poblaciones.
Sin remontarnos demasiado atrás en el tiempo, durante muchos años del siglo pasado la asistencia sanitaria oficial de las cuatro poblaciones la proporcionaba el médico de cabecera, el cual vivía en Retamosa, lugar desde el que se desplazaba un par de veces por semana, en un caballo, al resto de las poblaciones. Cuando era preciso también llegaba hasta los caseríos o chozas de pastores sitas en las diversas dehesas. Además de estas visitas programadas si de momento se presentaba algún problema grave o urgente, alguien, ya fuera familiar o cualquiera dispuesto a ello, bien andando, bien en caballería, -aún no estaban los teléfonos de caja de madera colgados de la pared. Tardarían años en llegar-, marchaba a Retamosa para avisarle y que fuese a atender el problema. (Es fácil imaginar el tiempo empleado. ¡Ida y vuelta, por ejemplo, a Solana: 26 kms!).
Una vez efectuada la visita y examinado el enfermo prescribía las correspondientes medicinas y se marchaba. Ahora surgían dos problemas. El primero es que en el municipio de Cabañas del Castillo no había farmacia alguna. La más próxima estaba en Berzocana, distante 15 kms, es decir, 7 kms, más allá de Solana, que era la población más próxima, así que la resolución del mismo era la siguiente: si no era urgente la situación del enfermo se esperaba al día siguiente y se entregaba la receta al correo-cartero, el cual al medio día estaba de vuelta con la misma, si la había en la farmacia naturalmente, que no siempre era así. En este caso el farmacéutico se quedaba con la receta y al día siguiente se la entregaba al correo de Logrosán, quien a la caída de la tarde aparecía con ella, siendo recogida al próximo día por el correo-cartero de Cabañas, llegando a manos del enfermo al mediodía, o sea, que si no era urgente la medicina podía tardar 24 horas en el mejor de los casos y 96 horas en el peor, (aún hubo casos más peliagudos, pues tampoco era encontrada en la farmacia de Logrosán, si bien eran los menos). Si la cosa era urgente, una vez hecha la receta por el médico, sólo quedaba salir de inmediato andando o en caballería hacia Berzocana, -30 kms ida y vuelta-, y por el camino ir tocando madera de vez en cuando para que la especialidad prescrita estuviera en la botica, pues de lo contrario, una vez de regreso a Cabañas había que dirigirse a la farmacia de Deleitosa y eran otros 30 kilómetros entre la ida y la vuelta.
El segundo problema surgía cuando llegaban al enfermo las medicinas y éstas eran inyectables, pues siendo la administración por cualquier otra vía no había problemas, bueno excepto un caso que, como excepcional, se referencia, y es que alguien llegó ingerir supositorios tras ser masticados, quejándose después al médico de que le había recetado algo que era muy difícil de tragar pues al “mascarlo”, se convertía totalmente en grasa. Bien, dicho queda. La palabra Practicante, hoy ATS, no se conocía allí, así que aquí entraban en juego las dos personas que en Cabañas se atrevían a coger una jeringuilla e inyectar, (las jeringuillas por entonces no eran de plástico y desechables de un solo uso, sino de cristal y llevaban en la cajita de hojalata que las contenía una o dos agujas y se desinfectaba todo hirviéndolo, en la misma cajita-contenedor-, momentos antes de su uso, repitiendo la operación tantas veces como personas había que inyectar, y si había suerte y no se caía al suelo y se rompía, solía durar muchos años en servicio). Estas dos personas eran la tía Teodora, la telefonista, y el tío Pedro, el correo-cartero de Cabañas-Solana-Berzocana. No tenían conocimiento alguno de medicina ni se sabe quién les había dado instrucciones al respecto, si es que se las habían dado, pero lo cierto era que tanto una como otro siempre estaban prestos a poner cuantas inyecciones fueran precisas para sacar adelante a los enfermos. El correo-cartero incluso solía inyectar a los enfermos en los campos por donde pasaba en el recorrido de su servicio diario. Desgraciadamente ninguno de los dos podrá leer estas páginas, pues ya hace algunos años que en su ancianidad fallecieron, pero quede públicamente expresado hacia ellos el agradecimiento de todo el pueblo por la gran cantidad de favores que en este, y en otros aspectos, tan altruistamente hicieron por todos sus convecinos.
A medida que nos fuéramos trasladando más atrás en el tiempo, o sea, hacia los años 40 e incluso antes, estas situaciones se complicaban bastante más, o quizá podría decirse que eran más fáciles, pues las medicinas eran escasísimas y la atención médica iba a la par, por lo que en realidad sólo se recurría a un médico en caso extremos y siempre que se le encontrase, lo que no ocurría en todas las ocasiones. Tan extremos y urgentes eran estos casos que, algunas veces, cuando el médico llegaba acompañado de quien había ido a buscarle, el único trabajo que le quedaba por hacer era extender y firmar una papeleta de defunción, a la vez que decía que cuando él regresara a Retamosa avisaría al cura. Naturalmente si aún retrocedemos un poquito, sólo un poquito más, no había ni médico ni papeleta de defunción, en cambio el cura, como siempre los había a mano, no solía faltar, salvo en casos excepcionales, tal como ocurrió en un momento determinado durante la Guerra Civil, pues llegaron noticias indicando que el pueblo de Cabañas iba a ser atacado u ocupado, por lo que sus escasos habitantes salieron huyendo hacia los pueblos más próximos, casas de campo o al mismo monte, quedando solamente en el pueblo un señor que no pudo acompañarles debido a que su mujer estaba agonizando. Se trataba del tío Santiago, el “tío Cazuelas”, como le apodaban los convecinos. Cuando al cabo de tres o cuatro días el temido ataque a Cabañas no se produjo por parte de nadie, sus habitantes regresaron y al ir a interesarse por el estado de salud de la mujer del “tío Cazuelas”, supieron que había muerto y que él mismo, una vez envuelto el cadáver en una sábana, le cargó al hombro y yendo al cementerio cavó una fosa y le enterró. No hubo médico, ni papeleta, ni cura… sólo el dolor de aquel hombre enterrando a su mujer y el horror de una guerra. Pero, en fin, no nos desviemos del tema y continuemos con la medicina oficial, allá por los años cuarenta, cincuenta o sesenta y su funcionamiento en estas sierras.
Por lo general las mujeres daban a luz asistidas por sus vecinas, bien porque no hubiera nadie a mano para ir a avisar al médico, bien porque la familia, o la misma parturienta, no lo deseara, bien porque aunque éste se presentara llegaba casi siempre tarde y lo más que podía hacer era dar la enhorabuena a “las comadronas”, la mamá y el papá. No obstante, no siempre todo terminaba felizmente y alguna no sobrevivió al parto por falta de la atención médica debida, pues a las convecinas las sobraban buenas intenciones pero las hacían falta conocimientos más allá de los estrictamente naturales.
Ocasiones hubo, sobre todo entre las mujeres que vivían con sus maridos en los campos cuidando ganados, que alumbraron a sus niños en las chozas ayudadas por cualquier otra compañera que viviera en las proximidades, (con mucha probabilidad uno de estos niños está fotografiado en una instantánea que aparece colgada en estas mismas páginas, en “Fotos”, del pueblo de Solana-Cáceres, sobre los escolares del curso de 1966. Desde luego un hermano del mismo está, con total seguridad), lo que se reseña sólo a título de ejemplo. Incluso en Cabañas se dio un caso en el que una mujer tuvo varios hijos –del orden de media docena.......////......

Castillo
Fecha: 03/12/2011
Hora: 15:56
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La Sanidad en Cabañas del Castillo

(MÉDICOS, MEDICINAS Y REMEDIOS, 2ª PARTE).-
aproximadamente-, a los que parió ella sola en su choza, sin ayuda de nadie, mientras su marido estaba cuidando el ganado en los montes. Estos hijos aún viven en su mayoría, son ya todos ellos de edad avanzada, pero viven, por lo que pueden ser fieles testigos de lo que aquí se afirma y que puede parecer inverosímil en nuestro días, cuando desde el momento mismo de la concepción, la mujer es tratada, cuidada y guiada por tocólogos, ginecólogos y psicólogos con avances tecnológicos de última creación que permiten saber hasta el sexo del futuro bebé a las pocas semana de gestación, produciéndose los alumbramientos en hospitales de primer nivel… Pues sí, en nuestros días y con nuestros alcances tecnológicos puede parecer inverosímil, pero ello sólo viene a poner de manifiesto, una vez más, la relatividad de las cosas y de los hechos, y lo que hoy a alguien le puede parecer imposible, hace un tiempo era tan normal que ocurría un día sí y otro también, o sea que era real, y por ser real y habitual era normal, tan normal como la vida misma. Ahora, a cualesquiera que hayan perdido su tiempo leyendo estas líneas se le invita a hacerse esta reflexión: Teniendo en cuenta que ser mujer es una de las cosas más difíciles y admirables de la especie humana, –se dice mujer, no hembra. Ser hembra es algo natural, por lo que todas lo son, pero ser mujer con el inmenso bagaje que conlleva, es “harina de otro costal”-, y sólo por el hecho de serlo se considera que tienen todas ellas madera de heroínas, ¿de qué madera estarían hechas las mujeres que con este temple se enfrentaba a la vida y sus difíciles circunstancias?. Esperamos que su pensamiento o respuesta sea de admiración hacia el género femenino pues sin su coraje, tal vez, el animal humano no hubiera llegado hasta nuestros días.
Antes de pasar a la medicina, digamos, del pueblo, casera o de remedios, debemos hacer constar que el médico constituía el terror de la chiquillería que por Cabañas –y los demás pueblos lógicamente- correteaba. Peor que el “Coco”, “El tío del saco”, “El Lobo” o el “Sacamantecas”, por citar sólo algunos de los “comeniños” fantásticos que se usaban por entonces para controlar a los más pequeños; “comeniños” que hoy correrían despavoridos ante cualesquiera de nuestro chiquillos, me temo.
Los muchachos temían a las inyecciones más que a una vara verde, -también las chicas, pero éstas, más en su papel, aguantaba el tirón sin hacer la cabra, que era algo exclusivo de los chicos-, pero lo que realmente ponía a éstos en pie de guerra eran las vacunas, pues por estas fechas comenzaron a aplicarse en las escuelas, principalmente la vacuna contra la viruela. La aplicación consistía en efectuar con una plumilla metálica unas ligeras arañaditas a la altura del deltoides hasta producir sangre, sobre la que se aplicaba la vacuna, y claro, una cosa era una inyección en casa sin que nadie lo viera por lo que se podía lloriquear al gusto, y otra una serie de cortes en el brazo como si le fueran a transformar en chorizos, aguantando estoicamente delante de médico, maestra, alguna otra persona que siempre había y resto de la escuela y encima sin soltar una sola lágrima ni un solo ¡ay!, pues de hacerlo de inmediato se pasaba a ser calificado de cobarde por los demás chicos, con el consiguiente cachondeo de las féminas, pitorreo que se podía prolongar durante meses, y eso era algo intragable.
Como el médico avisaba cuando iba a proceder a la vacunación escolar, ese día los niños que vivían en las fincas de los alrededores solían ponerse enfermísimos y no podían ir a la escuela. Los que estaban en el pueblo o por despiste acudían desde los campos, nada más detectar al médico por las calles, si no coincidía momentos antes el recreo, simulaban muy bien tener problemas de próstata pues se agarraban la colita para evitar mearse en el aula. El objetivo era salir de la escuela a la calle y lanzarse como rayos hacia el imponente farallón rocoso que sostiene los restos del castillo. Una vez alcanzados los riscos ya no había quien pudiera encontrarlos. Las madres, abuelas, tías, hermanas…, los buscaban en vano a la vez que los llamaban incesantemente, unas veces en plan amigable-cariñoso-convincente, y otras más o menos así: “Fulano, baja ahora mismo, so retuno, que te vas a llevar una paliza que te vas a enterar y además tu padre lo va a saber”. ¡Pero bueno!, cómo iban a bajar los chicos si además de “envacunarlos” como ellos decían, les prometían cruzarlos la cara. Era más práctico aguantar escondidos entre el laberinto de rocas hasta que se divisara al médico desaparecer montado en su caballo en dirección a Retamosa, incluso si se aguantaba lo suficiente desde la altura se le veía llegar a su pueblo de residencia. De esta forma sólo había que soportar los cachetes femeninos y, a veces, los pescozones del padre, pero la vacuna y todo lo demás se evitaba.
Bien, pues con este sistema de salud, cuyo hospital más próximo estaba en Cáceres que se encuentra a 120 kms, que con los medios de transporte que entonces había era algo así como si estuviera en el fin del Planeta, (a Cáceres tuvieron que ser trasladados aquellos dos chicos, el de la peritonitis y el de la apendicitis, que ya se reflejaron en anterior comentario. Años atrás otro chico, el primero de Cabañas que hizo la carrera de Magisterio, llamado Fermín, murió por las complicaciones de una apendicitis que no fue extirpada. De cólico miserere, decían en el pueblo que había muerto, que no es exactamente lo mismo, pero lo cierto es que murió), resulta que la población en general era reacia a recurrir al médico y solían utilizar los remedios caseros que desde tiempos ancestrales habían utilizado para aliviarse, unas veces con éxito y otras sin él, pero era su medicina, la que aprendieron de sus padres y éstos de los suyos… Ello unido al bajo nivel cultural de la época, más agudizado aún en estas sociedades debido al aislamiento secular, hacía que muchas veces realizaran remedios y prácticas absurdas que además de no valer para nada, en no pocas ocasiones ponían al enfermo o herido al borde mismo de la muerte, eso cuando no traspasaba dicho borde. Veamos unos cuantos de estos remedios ancestrales. Será sólo un muestreo, pues para hacerse una idea bastarán. Alguien puede extrañarse de que en algunos casos o pasajes aparezcan ciertos rasgos humorísticos en temas que en su momento fueron cuasi-trágicos. Es algo intencionado, pues en absoluto con ello se desvirtúa la verdad de los hechos y, en cambio, se intenta restar parte del dramatismo que en su momento causaron a quienes los vivieron en carne propia. Lo contrario podría ser interpretado como un reprobable regodeo, lo que constituiría una falta total de respeto a nuestros antepasados y una descalificación total de quien escribe estas páginas y que también protagonizó algunos casos. Ahora, cuando han transcurrido cincuenta, sesenta, setenta, ochenta y más años de algunos de ellos, sólo deben ser recordados en honor de quienes los padecieron, para que no se nos olviden a los presentes y para conocimiento de las futuras generaciones. En una palabra: como simple testimonio de la pequeña –o gran- historia de las personas. Sólo eso. Y empezamos por los más pequeños, por comenzar de alguna manera.
Si el bebé lloraba porque le dolía la tripa, cosa habitual en los primeros meses, (cólico del lactante), se le daba un suave masaje en la tripa con aceite, normalmente untando los dedos en el aceite del candil y a ser posible junto al fuego, para que no cogiese frío. Si continuaba llorando alguien solía opinar que era debido al hambre que tenía, por lo que se le inflaba de comer, bien con leche materna, bien de cabra, pues otra no había. Si como consecuencia del atracón lácteo o cualquier otra circunstancia el niño no defecaba debidamente o a tiempo, cogían un fósforo de los que tenían el palito de cera, lo envolvían con un trocito de papel de estraza y esa especie de canutillo así formado era impregnado en aceite bañándole directamente en el candil y acto seguido, con la cabeza de la cerilla por delante, era introducido en el ano del bebé. Se le sujetaban apretados los glúteos para que no lo expulsara de inmediato, y, a esperar a que hiciera efecto y el bebé se aliviara. Si el llanto continuaba y giraba la cabeza de vez en cuando, el pronóstico era que tenía dolor de oídos, en cuyo caso, puesto en la posición adecuada, la mamá vertía unas gotas de leche ordeñándolas de su propio pecho, pues resultaba que todas las personas tenían dentro del oído “un bicho”, que era el que realmente oía, y cuando tenía hambre producía dolor, por lo que había que alimentarle para que cesara en su maldad. Si el asunto se ocurría cuando ya la mamá no tenía leche, pues.......//////.......

Castillo
Fecha: 03/12/2011
Hora: 15:58
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La Sanidad en Cabañas del Castillo

(MÉDICOS, MEDICINAS Y REMEDIOS, 3ª PARTE).-
“al bicho” se le alimentaba con diversos productos. No faltó quien introdujera en el conducto auditivo unas finas tiras de jamón, si lo había, o tocino que era más corriente.
El niño ha crecido, y un buen día la madre observa que “está más colorao que un pavo” debido a tener tan alta la fiebre que a poco saldría ardiendo, presentando además unas pintas por alguna parte del cuerpo. Era fácil deducir que había llegado el sarampión. ¡A la cama!, tapado hasta la cabeza con todas las mantas que hubiera para que sudara hasta el imposible; de esa forma “brotaría el sarampión” –salampión era la palabra habitualmente usada-, y nada, ¡absolutamente nada de agua!, pues ésta hacía subir la fiebre. De paso, si el niño tenía más hermanos, iban todos juntos con él a la cama, tratando de que todos lo pasaran al mismo tiempo, aunque no siempre se conseguía el deseado contagio… Dos, tres, cuatro días después se escuchaba doblar las campanas y alguien de inmediato decía: “eso es el muchacho de fulano, que se ha joío con el salampión, que este año viene con mala leche”. ¡Pero hombre!, con buena o mala leche, con ese tratamiento consistente en sudar como un segador y beber menos que una estatua de piedra, muere cualquiera por deshidratación, que realmente era lo que causaba una gran mortandad entre los pequeños cuando pillaban esta enfermedad.
Si se trataba de que al niño se le “inflaban” los lados del cuello, justo debajo de la mandíbula inferior, había cogido las paperas, -parotiditis-, en cuyo caso se le daban frecuentes friegas con manteca de cerdo sobre las partes inflamadas. Y si en lugar de tener el mal en el cuello se rascaba el culillo como un obseso, se le atascaba de hierbabuena o su tisana, pues eran las lombrices las responsables y, si no cesaba en su afán rascador, se le purgaba a fin de provocar la evacuación total del intestino con la esperanza de que los molestos parásitos salieran al exterior por arrastre.
Ante la presencia de fiebre persistente e intermitente sin poderla achacar a una enfermedad concreta –solían llamarlas tercianas-, alguien iba al monte a buscar la planta “Hiel de la tierra”, se cocía debidamente y se daba al niño a beber la tisana, normalmente acompañada de algún cachete, pues se negaba en redondo a tomarla ya que su amargor es muy grande y el azúcar no andaba demasiado sobrado. Si la fiebre no remitía se podía recurrir a la semilla de la retama. Unos cuantos granos hervidos o comidos directamente, aguantando su extremo amargor, también podían aliviar al calenturiento. Estos remedios valían para todas las edades. Algunas personas mayores llevaban estas simientes en el bolsillo y las comían de vez en cuando como preventivo.
Si a un niño, o a cualquier otra persona adulta, le salían verrugas en las manos, pies o cualquier otra parte del cuerpo, se solía utilizar leche de higuera, pero también se iba por los caminos hasta encontrar “un curato”, que no era otra cosa que un pequeño artrópodo de unos 3 ó 4 cms de longitud, de color muy negro, de ahí que por similitud con el color de la sotana de los curas se le aplicaran ese nombre, (los chicos solían jugar con ellos tratado de que emitieran un pequeño sonido que hacían cuando se encontraban en peligro, a la vez que les repetían una y otra vez, en plan letanía: “cura, curato, sino me cantas la misa te mato”. Cosas de niños). Una vez atrapado “el curato”, se procedía a descabezar la verruga y destripar al bicho y con la materia que salía, del mismo color que su aspecto, se impregnaba la susodicha verruga. Había otro método, no se sabe si más eficaz pero sí más limpio. Consistía en coger tantas hojas de olivo como verrugas se tuvieran y esconderlas, formando cruces, en el hueco de una pared alejada, lugar por donde el verrugoso no debía de pasar en un número determinado de viernes. Si alguien pasaba por allí antes que se cumpliera el plazo fijado en función del número de verrugas, éstas le saldrían a él y le desaparecerían al enfermo. Este método sería muy limpio, pero tenía su parte de mala leche, pues trataba que exotéricamente las verrugas se las llevara el vecino. Venía a ser como echar un mal de ojo, sólo que aquí era de verruga.
Cuando salía un bultito en uno o más párpados, eran orzuelos. Sólo había que coger la llave de la puerta de la casa, aquellas llaves que eran de hierro de 20 cms de longitud, incluso más largas, con un peso de entre 200 y 500 gramos, calentarlas y aplicar la parte del aro sobre el ojo. Repitiendo la operación varios días, solía remitir el orzuelo.
Los sarpullidos eran frecuentes en niños y adultos por la dificultad de conservar debidamente los alimentos o comer frutos excesivamente verdes, por ejemplo; ante esta contingencia hervían la hierba llamada Sanguinaria y el afectado tenía que beber la tisana durante varios días estando en ayunas; con ello intentaban purificar la sangre para que desapareciera el sarpullido. Simples ronchas que picaban, presentadas de forma aislada, no se las prestaba mayor atención, pues podían ser picaduras de pulga, así que con rascarla un poco y mojarla con saliva, todo arreglado. Si la roncha era debido a la picadura de una avispa, se tomaba un poquito de tierra y con saliva se hacía barro que se aplicaba sobre la picadura para que se aliviara por el frescor de éste.
Un árbol muy útil en estos asuntos de los remedios era la higuera, se aprovechaba hasta su sombra como después veremos. Sus higos, una vez secos, servían para curar furúnculos o diviesos. Se tomaba el higo seco y se le abría por la mitad aplicando su parte interna sobre el bulto en cuestión y se le sujetaba con un vendaje. Se repetía la operación varios días hasta conseguir que se reventase el furúnculo. La leche de higuera, aparte de ser utilizada para curar las verrugas cuando no se localizaba un “curato”, tenía una aplicación muy curiosa por parte de los chicos. Éstos, al comienzo de la pubertad, trataban de eliminar o paliar sus fimosis en grupo, siempre guiados por otros mayores que ya habían pasado la prueba y hacían de maestros. Para ello los novicios, siguiendo sus doctos consejos, se colocaban a la sombra de citado árbol y arrancando hojas o higos verdes, con la leche que exudaban se embadurnaban la punta del prepucio y la parte visible del pequeño glande. La fimosis no solía desaparecer por virtud de la leche higueruna, sino cuando llegaba su momento y con las técnicas o prácticas adecuadas, si bien, el pene terminaba rojo como un tomate, inflamado del tamaño de un pepino y escociendo como si le hubieran aplicado las ascuas de una fragua, lo que obligaba a los chavales a salir corriendo y lavarse con el primer agua que encontraban, que normalmente era algún bebedero de las gallinas. A este respecto los chicos comentaban mucho una duda que surgía entre ellos en buena lógica, según su lógica claro, y era que si ellos se aplicaban la leche de higuera para curar su fimosis o virginidad, como también la llamaban, pues los mayores les decían que perder la fimosis era como perder la virginidad, con qué se darían las chicas para perder la suya, ya que nunca se las veía acercarse a las higueras. Esto era algo que les intrigaba mucho, pues los mayores tampoco se lo aclaraban debidamente, entre otras causas porque una cosa es presumir por no tener fimosis y haber cruzado algún que otro meridiano y otra muy distinta “haber cruzado el Ecuador”, cosa que con catorce o quince años, por aquellas calendas, aún les quedaba bastante para hacerlo, pues no pocos había que, incluso, al regresar del Servicio Militar, lo más que habían cruzado era el río Almonte para regresar al pueblo. Al cabo de muchos años, cuando se proyectó la película Titánic, la actriz que encarna a Kate Winslet en su ancianidad, en un momento determinado decía que el corazón de toda mujer es un pozo de profundos secretos. Tal vez de eso se tratase y lo tuvieran en profundo secreto, pues jamás ninguna de ellas abrió la boca sobre el particular cuando eran preguntadas, a no ser para dar ¡cuenta a la maestra! de “los guarros de los muchachos”, por lo que hasta el día de hoy continua el asunto siendo un misterio. Fin de la investigación. Quién sabe si quizá algunos de aquellos chicos, que ya no lo son tanto, aún continúen con la intriga.
Los tratamientos para las quemaduras consistían en machar distintas hierbas, entre ellas manzanilla romana y carquesa para aplicarlas directamente sobre la zona chamuscada. Si era................//////..... ........

Castillo
Fecha: 03/12/2011
Hora: 15:59
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La Sanidad en Cabañas del Castillo

(MÉDICOS, MEDICINAS Y REMEDIOS, 4ª PARTE).-
necesario se hacía un vendaje para que no se cayeran. También se aplicaba manteca de cerdo, aceite de oliva, miel y en ocasiones, cuando las ampollas se reventaban, bicarbonato sódico.
Tisanas de malva, orégano, higos secos, culantrillo y otras hiervas, se usaban contra la tos, los catarros y las afonías, y contra éstas, además, gárgaras con agua caliente y miel, aunque el remedio estrella para estas dolencias era leche muy caliente con miel y coñac, el problema es que los dos primeros componentes no era fácil disponer en todo momento de ambos, y el tercero prácticamente nunca, por lo que, se le solía sustituir por orujo. Cuando se disponía de este coctel y también de un comprimido de Okal, se había cuadrado el círculo, pues todo era tomarlo, meterse en la cama, sudar cuanto fuera posible y al día siguiente, como nuevos, bueno, a veces. (Okal era por entonces el nombre comercial del ácido acetilsalicílico, o sea, lo que hoy conocemos como Aspirina).
Un molesto inconveniente que se presentaba con bastante frecuencia era la picadura de los alacranes o escorpiones, pues es un arácnido muy frecuente en toda la zona. De hecho hay más alacranes que piedras y todo es un pedregal. Su picadura es dolorosísima y suelen durar sus efectos cerca de 24 horas, la mayor parte de las cuales el afectado se las pasa dando auténticos aullidos. Para tratar de paliar los intensos dolores intentaban provocar el vómito dándole a beber diversas tisanas, incluso aceite de oliva, pero lo más habitualmente usado era la hierbabuena. Las mujeres se afanaban tanto en provocarle el vómito, y con tal ahínco, que de haber dispuesto del Bálsamo de Fierabrás, se lo habrían hecho tragar hasta la última gota aunque le hubiera costado vomitar las asaduras completas; ni bien, por fortuna no disponían de citada pócima así que le administraban tisana tras tisana de hierbabuena; en ocasiones el dolor eran tan fuerte y las ganas de que cesaran las molestias tales, que el individuo afectado entre tragos, revolcones, alaridos y blasfemias, se comía directamente la hierbabuena a bocados, como si de una oveja tratase. No obstante a vomitar como beodos, el dolor no solía cesar hasta que no estaban próximas a pasar las 24 horas de rigor, una vez que el organismo había metabolizado el veneno del arácnido, pues lógicamente se encontraba en el torrente sanguíneo y, por tanto, repartido por todos los tejidos, no concretamente en el estómago de donde se intentaba desterrarle mediante el vómito.
Mención aparte merecen los problemas dentales pues antes o después casi todos los vecinos se veían afectados por ellos. Un caso típico, relatado de menos a más en función del incremento del dolor, seguía el siguiente proceso: Para un dolor leve o normal en una pieza dental, se solía recurrir a calentar una piedra adecuada en el fuego, luego envuelta en un trapo para que no quemara se aplicaba al lado de la cara donde estaba la pieza molesta; tan pronto se enfriaba la piedra se repetía la operación. El dolorcillo no se iba y llegaba la noche. Ahora se agudizaba por momentos y el afectado no podía pegar ojo, ni se lo dejaba pegar a los demás, así que estando ya próxima la madrugada, entre quejidos y cabreos acababan levantándose, encendían el fuego y calentaban un alambre; acto seguido metían la punta del mismo, que iba al rojo vivo, en el hueco de la muela que a veces dejaba de doler y otras no, pero si además de no hacerlo, al aplicador del alambre enrojecido le había temblado el pulso produciendo la consiguiente quemadura en cualquier parte de la cavidad bucal, el dolor en tan sensible lugar se sumaba al de la molesta muela. Si ésta o la pieza de que se tratara no había dejado de doler, se preparaba el contraataque, pues la llegada del día estaba próxima y había que irse a trabajar, si era posible sin dolor molar; ya era bastante con la quemadura y las molestias que causaría a la hora de masticar, aunque fuera corto el yantar. Alguien se dirigía al sobrado y de entre un montón de cachivaches sacaba un bote de hojalata que contenía sosa caustica (Hidróxido de sodio, NaOH), pues lo había en todas las casas, -medio oculto por temor a que lo cogieran los niños-, para fabricar jabón casero con las grasas y restos de animales muertos, y a continuación introducían un pequeño trozo ¡en el interior del hueco de la muela dolorosa!. De inmediato reaccionaba con el agua contenida en la saliva y como de esa reacción se desprende un calor inmenso, la muela solía resultar agrietada e incluso estallada, dejando a veces de doler, cosa lógica pues si la caries era muy profunda el nervio perdía toda su sensibilidad al resultar abrasado. Claro que tenía sus efectos secundarios, que no eran otro que ese calor tan inmenso de la reacción calentaba la saliva a tal temperatura que quemaba una buena zona, además de la corrosión que de por sí causaba la sosa caustica, al tratarse de un fuerte corrosivo. Estas quemaduras se sumaban a las producidas por el alambre, con lo que el individuo, en el supuesto de que el dolor de la muela hubiera cesado, ahora estaba mucho peor que al principio, pues tenía la boca con serias quemaduras que dolían y escocían como ellas solas, dificultándole, además, la masticación.
Las peripecias dentales no terminaban aquí, pues en ocasiones el dolor, aun habiendo desaparecido momentáneamente, al poco volvía y esta vez más fuerte pues el nervio se encontraba irritado en grado máximo, y aquí tenemos al pobre interfecto que a media mañana o al mediodía dejaba de arar, de cuidar el ganado o lo que estuviera haciendo y desesperado, agarrándose con una mano las mandíbulas, regresaba al pueblo medio babeando y buscando remedio ante la última instancia: el tío Joaquín. Este hombre, como todos los demás de por allí, a fuerza de trabajar toda la su vida, arado, azadón y hacha en mano, había desarrollado en particular unos dedos fortísimos, duros como piedras y unas uñas aceradas que ya las quisiera para sí cualquier oso. Sentado el abatido hombre, o mujer, eso era lo de menos, y abierta la boca cuanto le era posible, el tío Joaquín introducía directamente sus dedos en la cavidad bucal; agarraba la muela indicada y con un simple apretón-tirón estaba extraída, a la vez que preguntaba si tenía que quitar alguna otra, pues él las veía “joías”. Como “el extraído” le indicara con la mano que no, pues hablar no podía debido a quemaduras, sacaduras y dolores, además de sangrar como un toro estoqueado en medio del ruedo, el bueno del tío Joaquín, que además era medio poeta, pero no barbero, sacaba una botella de vinagre y le daba para que se enjuagara la boca dos o tres veces, lo que dejaba ya medio defenestrado al “paciente”, pues además de todos los males que padecía había que sumar ahora el escozor del ácido acético. Se levantaba medio mareado y, tambaleándose, desaparecía calle abajo en dirección al lugar del trabajo, mientras pensaba cuánto tiempo tardaría la próxima muela en proporcionarle otro calvario.
Cuando el tío Joaquín desapareció se solía utilizar el método del portazo, que consistía en sentar en una silla al sujeto dolorido y atar la pieza dentaria que dolía con una fina cuerda de cáñamo, del que utilizaban para hacer los cabos con los que cosían los zapatos, y atada la pieza con una lazada escurridiza, se fijaba el otro extremo de la cuerda a una puerta abierta. Se sujetaba la cabeza del “paciente” de forma segura y en el acto alguien daba una patada a la puerta para que diera un portazo. La puerta solía arrancar de forma instantánea la pieza dentaria y a la vez un alarido de su propietario que se oía en toda la abadía. De los destrozos causados en las encías es mejor ni hablar.
Después llegaría un médico que en sus visitas a los pueblos llevaba siempre consigo un alicate de odontología y unas inyecciones anestésicas. Sacaba las muelas a las gentes de los pueblos y también a los campesinos. A éstos los sentaba sobre una piedra a la orilla del camino y solía extraerles hasta cuatro y cinco piezas de una sola vez. Frecuentemente se producían infecciones que curaban a base de iodo.
Como los problemas dentales eran tan comunes en los hombres como en las mujeres, era frecuente oírlas decir que preferían parir antes que cogerse un dolor de muelas, y a buen seguro que ellas sabían bien de lo decían.
El trabajo y demás actividades desarrollado en un medio geográfico tan accidentado provocaban continuas heridas, bien por el mismo medio, bien por las herramientas utilizadas........./////...... .

Castillo
Fecha: 03/12/2011
Hora: 16:00
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La Sanidad en Cabñas del Castillo

(MÉDICOS, MEDICINAS Y REMEDIOS, 5ª Y ÚLTIMA PARTE).-
Si la herida era pequeña, como erosiones o pequeñas incisiones, el remedio más a mano era orinar sobre la misma y se la dejaba al aire. Si la cosa era más seria se solía colocar un vendaje oclusivo con una simple tira de trapo que se quitaba y volvía a colocar tantas veces como se orinase, hasta conseguir la cicatrización. Si sangraba demasiado y no había trapo a mano, se buscaba una telaraña y se aplicaba hasta conseguir la coagulación de la sangre y que dejara de sangrar.
Eran frecuentes los pinchazos, sobre todo entre los jarales, pues las jaras secas tronzan dejando afiladas ajugas que se clavan al menor contacto y además se infectan con mucha facilidad por lo que estos “garranchazos”, requerían un tratamiento especial. Para ello, cuando se mataba el cerdo para hacer la matanza se le extraía la verga completa, la cual se solía colgar del postigo de la puerta de entrada a la casa o cualquier estaca clavada en la pared exterior, próxima a dicha puerta, y se dejaba secar. Cuando se producían los citados “garranchazos” con las jaras, se procedía a extraer de la verga, ya seca, la grasa y materia interior, la cual se aplicaba sobre la herida producida por el pinchazo y a continuación se vendaba, repitiendo la operación varias veces hasta la total curación. También se utilizaba la hiel del cerdo de la misma manera y para el mismo fin.
Si como consecuencia de la importancia de la herida o de las prácticas curanderas fallidas se producía una infección demasiado severa, tras de haber hecho todo cuanto era posible, se acudía al médico, quien primero con sulfamidas y después con antibióticos trataba de reparar el daño. (Los primeros antibióticos que llegaron por estas tierras, allá a mediados de los años 50, eran unas cajas con tres tarros de polvo y tres ampollas con agua estéril para inyectar, cuyo nombre comercial era Acucilina 3x300).
Los huesos rotos no se tocaban en absoluto. Se limitaban a coger al fracturado y montarlo en una caballería para llevarlo hasta Deleitosa, pueblo situado más allá de Retamosa y a 15 kms de Cabañas, donde el tío Antolín se encargaba en un momento de colocar debidamente los huesos, inmovilizándolos a continuación con cartones colocados a su alrededor y fijados con un hiladillo, que venía a sustituir a la actual escayola. El tío Antolín fue un hombre tan famoso como hábil en este campo, pues fueron muchos los huesos que reparó en todos aquellos pueblos y otros más lejanos, y como siempre que alguien hace algo siendo su ciencia o saber desconocidos por lo demás aparece la dimensión teológica, la gente decía que “tenía gracia” para ello, queriendo significar que había recibido algún don divino, lo que él negaba rotundamente, explicando que sus conocimientos sobre huesos los había aprendido viendo los de aquellos animales que sacrificaba y descuartizaba para su venta, pues era carnicero.
Cataplasmas de mostaza, ventosas, sanguijuelas, agua de Carabaña, aceite de ricino- utilísimo éste para purgarse la población en general al llegar todas las primaveras-, perejil -utilizado a manera de “la píldora del día después”-, tisanas de todo cuanto podía ser hervido, Zotal cuando apareció en el mercado –es un desinfectante fortísimo usado en ganaderías y establos, si bien aquí se usaba directamente sobre las heridas e infecciones de las personas, tales como oídos que supuraban, etc., … Se podría seguir conformando indefinidamente un listado de remedios o medicinas caseras, pues los había para todo y para todos. Unos sólo utilizaban plantas con principios activos que la Química sintetizaría más tarde para fabricar algunas medicinas actuales, otros eran inocuos, otros conseguían su objetivo por el simple efecto placebo, algunos eran simples barbaridades derivadas del desconocimiento, y, no pocos, entre todos ellos, merecerían un profundo estudio psicológico.
Si hechos todos los remedios naturales disponibles, no se conseguía la curación, aún quedaba otra solución, otro remedio, al que la inmensa mayoría de las veces que se llegaban a estos extremos acudían las mujeres desde su posición de madres, esposas, hermanas… y eran las rogativas y promesas al Santo o Virgen de su devoción. En Cabañas concretamente acudían siempre en primera instancia a la Patrona, La Virgen de la Peña y si por cualquier causa no resolvía favorablemente, en apelación recurrían a la cercana de Guadalupe, que era gran hacedora de toda clase de milagros, todo ello a cambio de promesas y hábitos que vestían durante meses o años, mientras el marido bufaba y juraba en arameo, pues una de las servidumbres del hábito era la abstinencia carnal mientras se llevara el mismo; mas, si alguien dijo en cierta ocasión que “París bien vale una misa”, por qué una curación milagrosísima no iba a valer un hábito… y lo demás, por duro que fuera el demás. Claro que lo auténticamente duro y puñetero era cuando a mitad del tiempo con el hábito puesto el enfermo dejaba de percibir la vibraciones milagrosas y “estiraba la pata” o “amanecía con la risa del conejo”, como solían decir, y encima había que terminar el tiempo de hábito y abstinencia para no enojar al Santo en cuestión, cosa que no se le solía ocurrir pues en general la palabra dada era ley, pero si se producía algún desliz, cosa normal pues aunque gente dura y firme no eran de piedra, y el Santo se enojaba, de inmediato la mujer afectada sacaba su condición de hembra carpetovetónica y con un simple pareado ponía las cosas –y al Santo también- en su sitio al instante: “Santo que rezándole está enojao, con no rezarle se está acabao”. Replicando el marido con la alegría que cabía, dadas las circunstancias, reflejada en el rostro: “Pos eso, a ver si encima de cornús, apaleaos”. Se cambiaba el hábito por el luto riguroso, que no tenía servidumbres tan rígidas, y se metía al primero en un baúl donde acababa comido por la polilla y olvidado, pues para lo que había valido no merecía mejor trato.
Por hoy es suficiente. Sólo resaltar cuánta sabiduría popular implican estas pequeñas cosas transmitidas de generación en generación a través de siglos, pero estas pequeñas cosas de estos pequeños pueblos, sean tal vez las que los hacen diferentes, entrañables y acogedores, casi tanto como sus propios habitantes.

Castillo
Fecha: 17/12/2011
Hora: 14:12
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La luz en Cabañas: Candiles y faroles. (I)

(PARTE 1ª DEL COMENTARIO: LA LUZ EN CABAÑAS…) Antes de proseguir o comenzar, según se mire, es llegada la hora de presentar disculpas a cualquier posible lector de estos comentarios, pues en sus líneas hay faltas ortográficas, de sintaxis, de dicción, giros indebidos, letras cambiadas, repeticiones de las mismas, otras faltan o sobran y palabras enteras con la misma problemática, etc., y, lo que es peor, que están ahí porque no han sido corregidas; unas por olvido o descuido, otras por falta de tiempo o simple dejación y, no pocas, por desconocimiento. Es por esto por lo que se debe pedir disculpas, no por las faltas en sí, sino por la falta, valga la redundancia, de atención que la no corrección pueda significar hacia el lector, al cual se ruega que ponga más atención sobre el contenido que reflejan que sobre la forma. Sin ánimo de justificación debe decirse que no le es exigido por el juez certificado alguno de estudios al testigo, sino que testifique y diga la verdad, y, de eso es de lo que se trata aquí: De dar testimonio de cómo se desenvolvía un pueblo olvidado en medio de las dificultades propias de las sociedades de una época determinada, y ello contado por quien fue testigo presencial de gran parte de los hechos relatados, no de escribir una obra literaria, ni mucho menos aprobar un examen de Lenguaje en Selectividad que, dicho sea de paso, a estas alturas en las que ya estamos más que seleccionados por la vida misma, el aprobado o el suspenso puede decirse que nos trae al pairo, aunque estemos a él.
Y ahora vayamos al tema que nos ocupa, que no es otro que hablar de la luz como sinónimo de electricidad o fluido eléctrico, tal como se ha utilizado siempre el término por todos aquellos pueblos y también en Cabañas del Castillo, como no podía ser de otra manera.
En cierta ocasión se escuchó contar, dolorosamente y con cierta impaciencia, a un viejo de aquellas tierras, y lo relataba respetuosamente aunque con cierta confusión mental, propia de la edad, que cuando dijo Dios aquello de: -“Hágase la luz”, la luz fue hecha y a la vez creó a Iberduero (hoy Iberdrola), para que se encargara de su distribución, más lo cierto es que Cabañas quedó a oscuras por las noches. Luego su Hijo afirmaría: “Yo soy la luz del mundo”, pero a pesar de que las expectativas de la saga familiar parece que estaban dirigidas a la iluminación total del Planeta, lo cierto es que en Cabañas se continuaba cenando a la luz de un candil de aceite, cuando no a la producida por las llamas de la lumbre, así que para él, la cosa no estaba tan clara, o al menos tan iluminada, como nos decían… “ ¡No sé, no sé!”, terminaba diciendo pensativamente.
Ante este pensamiento inconcluso de aquel hombre con más años que esperanza de ver la luz eléctrica en su pueblo y con una cierta confusión mental en cuestiones de iluminación, debemos añadir, por ser quizá un buen final a sus planteamiento, que el gran cantautor argentino Héctor Roberto Chavero Aramburo, más conocido como Atahualpa Yupanki (en quechua quiere decir “el que viene desde lejos para hablar”), habla cantando y en una de sus canciones titulada “Las Preguntitas”, que trata sobre las preguntas que un niño hace a su abuelo y a su padre sobre Dios, en la última estrofa concretamente dice: - ¿”Que Dios cuida de los pobres?.../ tal vez sí…, o tal vez no….,/ ¡pero es seguro que almuerza en la mesa del patrón!”.
Y probablemente estuviera en lo cierto Atahualpa y fuera seguro que tan importante Señor almorzara en la mesa del patrón, y éste, necesitado de gran cantidad de energía se quedó con toda, y aquél no pudo negársela, ni siquiera unos pocos vatios para Cabañas que continuó a oscuras por muchos años. Los almuerzos gratuitos suelen tener contrapartidas y servidumbres ineludibles para todos, dioses y humanos.
Poco a poco se fueron electrificando todos los pueblos de la redonda. A unos les llegó antes y a otros después, incluso algunos al principio sólo tuvieron electricidad durante unas horas por las noches –como ocurrió en Solana-, pero en todo caso se olvidaron de Cabañas. Como suele decirse popularmente, parece que de este pequeño pueblo se olvidó hasta Dios, que en definitiva es lo que trataba de expresar el viejo al que antes se ha hecho referencia, y desde luego, sí que lo hicieron las empresas eléctricas y la Administración; desde la lejana Administración Central hasta la Provincial y la más próxima a los municipios –teóricamente al menos- de la Diputación Provincial. Y mientras todos se olvidaban, sus habitantes desde la alturas donde vivían, divisaban por la noche en las poblaciones visibles a su alrededor luces eléctricas encendidas, y cuando alguien que no era del pueblo pernoctaba en el mismo, de inmediato le explicaban a qué población correspondían las mismas… “Aquellas luces que se ven allá, a lo lejos, con mucho resplandor, son de Cáceres, de por la plaza de toros, o por allí”. “Aquellas otras, un poco más a la izquierda, son de Sierra de Fuentes, un pueblo que está muy cerca de Cáceres, ya sabe”. “De Trujillo, que está a la mitad de camino, no se ve ninguna, pero mire el resplandor que sale hacia arriba de tantas luces como hay”. “Estás que se ven aquí, de frente, son de Jaraicejo”. Luego bajaban la voz y acababan diciendo: “Esas que están ahí, a un paso, son las de Retamosa”. Pausa. “Nosotros como no las tenemos no nos ve nadie desde ningún sitio. Si las tuviéramos, con lo altos que estamos nos vería medio mundo... No, aquí no nos pica la curiana” (*). Ellos las veían todas, incluso las de Retamosa, a sólo3 kms sobre la línea visual, pero ellos no las tenían.
(*) Esta curiosa frase, referida a la altura en la que se enclava Cabañas, irónica y enfáticamente expresada “no, aquí no”, la introducían en cualquier conversación siempre que podían. Tiene su origen en la cría de los polluelos. Si éstos al nacer se quedaban en el suelo, el calor de la mamá clueca no era suficiente para compensar la humedad y el frío de la tierra, por lo que morían fácilmente. Por la mañana cuando la señora regresaba del gallinero: -“Esta noche la puta curiana a picao a cinco pollinos y están más tieso que un ajo. Velaquí (he aquí)”. Decía mostrando los animales arrecidos. La señora había visto los cadáveres rodeados de curianas, como llamaban a las cucarachas, pues se movían en bandadas entre los excrementos de las gallinas, y las hacía responsables por picadura de la mortandad de los pollitos. A la noche siguiente metía a éstos y a la clueca en un cesto con paja y los ponía en alto “donde no subiera la curiana”, y ya no morían más. La seguridad de la altura les había salvado. Esa es precisamente la implicación psicológica que contenía dicha frase, pues es indudable que este pueblo siempre debió sentir desde siempre cierta seguridad por vivir en lo alto de una montaña. Seguridad que expresaban a la menor oportunidad y con la que, de alguna manera, trataban de compensar otras deficiencias, aunque no dejaba de reflejar también resignación, y eso no era muy positivo.
Hecha la anterior aclaración, diremos que no obstante, de vez en cuando, todos los entes citados, como por una especie o arte de iluminación astral, les volvía la memoria y se acordaban momentáneamente de que existía Cabañas, llegando entonces con el brazo extendido y la palma de la mano hacia arriba para recaudar prebendas, impuestos, contribuciones, recargos y demás… a lo que sus escasos habitantes, aunque pobres en extremo, respondían como cualquier otro español y con el mismo tipo de moneda o especie, en su caso. Incluso, cuando les fue exigido, contribuyeron con lo mejor que tenían, con sus propios hijos, pues en torno a una docena de hombres, proporción muy elevada teniendo en cuenta el número de habitantes, se vio en las trincheras de la Guerra Civil pegando tiros para uno u otro lado; los primeros –los de, para uno- forzosos, obedeciendo al engaño impuesto por la fuerza, y los segundos –los de, u otro lado- voluntarios, obedeciendo a la fuerza impuesta por el engaño. Pero como los flashes astrales son pasajeros al poco volvían los olvidos y nadie se dio, o nadie se quiso dar, cuenta que Cabañas estaba a oscuras en pleno siglo XX, cuando ya las tecnologías, entre otras: Eléctrica, electrónica, informática y robótica, aunque incipientes estas dos últimas, habían permitido al animal humano pisar la luna y regresar. Claro que era fácil de comprender que anduvieran olvidados y no se percataran de las oscuridades, ya que...../....

Castillo
Fecha: 17/12/2011
Hora: 14:14
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La luz en Cabañas: Candiles y faroles (II).

(PARTE 2ª DEL COMENTARIO: LA LUZ EN CABAÑAS….) para los menesteres recaudatorios siempre iban de día y, a ser posible, con sol, y por ello continuó por muchos años la curiosa contradicción de un pueblo que por la belleza del entorno y su altitud podría decirse que estaba en el cielo, mientras que por las noches quedaba inmerso en las tinieblas del infierno. Así las cosas es fácil inferir que debió existir, además del olvido, una posible dejación de funciones, y desde luego una flagrante injusticia social por parte de la Administración hacía los habitantes de un pequeño pueblo que, por escasos que fueran, eran tan ciudadanos españoles como cualesquiera otros habitantes de los demás pueblos y capitales del Estado. Esto es algo que no admite discusión.
El hecho de que la carretera, por llamarla así en lugar de senda de cabras que sería más adecuado, no llegase hasta la población era un gran inconveniente, pero salvable, pues siempre quedaba el recurso de echarse las alforjas, el saco, o al enfermo de turno a cuestas, encima de una caballería, o de una talanquera o parihuela y tirar por caminos llenos de piedras o campo a través saltando paredes y matorrales hasta llegar al camino vecinal donde un posible vehículo fuera utilizado. Que no hubiera una fuente en medio de la plaza o agua corriente en las casas era otra desgracia grave, pero se soportaba usando el campo, tras las paredes de los cercados o entre los espesos matorrales, como w. c. y bebiendo gracias al esfuerzo femenino, como se dijo. Pero no disponer de luz, de alumbrado, al menos durante las horas de la noche no era un inconveniente, ni una desgracia, era, hablando en roman paladino, una gran putada, y más teniéndola otros pueblos a escasos kilómetros durante muchos años antes.
Si alguien duda de que no tener luz eléctrica en casa es lo que se ha dicho, exactamente, sólo tiene que ir al cuadro eléctrico que hay dentro de su domicilio, abrir el interruptor general y permanecer así, digamos, una semana. Sólo una semana alumbrándose únicamente con un candil de aceite –no con infinidad de candiles y/o velas encendida-. Decimos un candil, sin más; y si algún experimentador no sabe cómo funciona, con mucho gusto se le explicará desde este mismo foro; pero en todo caso uno sólo, que es lo que había en cada casa. ¡Ah!, y todos los aparatos eléctricos, como frigorífico, lavadora, lavavajillas, estufas, aires acondicionados, televisores, radios, ordenadores, móviles, taladros, máquinas de afeitar, secadoras/as, ventiladores, batidoras, etc., ¡Nada de nada!… ¿Qué?... ¿Qué la batidora hay que hacerla funcionar porque hay niños pequeños?. ¡En absoluto!. También los había en Cabañas y no había batidoras, o ¿cómo piensan que se reproducía allí la gente?... ¿Mande?... No, tampoco la lavadora; la ropa sucia que la coja en un cesto la señora, o ahora en igualdad de condiciones, el señor, o los dos para más igualdad, y al río o arroyo más próximo a lavarla. Y se repite: Nada de chismes eléctricos, todos totalmente apagados, fuera de servicio, como si no existieran, pensad que al candil no se pueden enchufar y es toda la “energía eléctrica de que se va a disponer durante una semana”. Para evitar divorcios, suicidios y estampidas de todo tipo, al audaz experimentador se le da la oportunidad de ir al supermercado y comprar pan de molde y comida prefabricada. ¡Ah!, también puede utilizar el coche si no es eléctrico, no vaya a ser que pierda el trabajo que tiene en la oficina o en la fábrica y además de estar alumbrándose con un candil tenga que terminar dando vueltas en la besana de un pegujal, que nunca se sabe.
El que se haya atrevido a experimentar, si es que ha habido alguien, aparte de demostrar que tiene dos pelotas bien puestas y del tamaño de las que hace gala el caballo de Pizarro en la plaza de Trujillo (Cáceres), habrá comprobado lo jodido y difícil que resulta estar una semana dependiendo, para ver de noche, de la luz de un candil de aceite, con todo los inconveniente colaterales que ello conlleva. Así, por ejemplo y esto ocurría con bastante frecuencia, si ha intentado leer el periódico en estas condiciones es probable que se haya chumascado las cejas o el flequillo, pues a tan escasa distancia del candil se habrá tenido que poner para poder ver las letras que es muy probable que se haya hecho los tirabuzones de forma gratuita. En ese momento obedeciendo al instinto, habrá saltado hacia atrás y lo normal es que haya enganchado de alguna forma al candil, bien con la cabeza, el hombro o el brazo, el cual habrá salido apagado y descompuesto, disparado por el aire y manchando de aceite todo cuanto se encontrase en un círculo de dos o tres metros. Casi en el mismo instante también habrá podido escuchar las voces desaforadas de su esposa o compañera amenazándole con las siete plagas de Egipto, mientras que él, con el pelo quemado, bañado en aceite y más turbado que una mona, trataría en total oscuridad de buscar una cerilla para poder ver y encontrar las dos partes del candil, recomponerle y, tras colocarle una “torcía” de trapo y un poco de aceite, volver a encenderle. (Si la cabellera quemada es de la mujer, la cosa puede terminar con la ejecución del osado experimentador, y, aunque no se tiene conocimiento de la aplicación de la pena capital por esta causa en ninguna ocasión, a veces no anduvo lejos, así que mejor no contemplar tal posibilidad). Por otro lado se pasarán un buen rato tratando de hacer desaparecer las manchas aceitosas y tras terminar, cuando lleguen a la cama y cierren los ojos, sentirán, aparte de un cabreo olímpico, un ligero y persistente escozor en los ojos. Habría que recomendarles tranquilidad y que no perdieran la calma y salieran corriendo para el galeno, pues es cosa lógica y normal. El mismo escozor, pero mucho más agudizado, lo sentían los habitantes de Cabañas, toda vez que además de tener que ver durante la noche con la luz del candil, de forma continuada tenían que soportar el humo de la lumbre, que según el tipo de leña y la dirección del aire que podía impedir que el humo saliera a través de la chimenea o las tejas si no existía aquélla y casi nunca existía, podían convertir la cocina y la casa entera en una auténtica zorrera, en la que era tan difícil ver como respirar, siendo frecuentes las salida a la calle para aliviar los pulmones y los ojos, momentos que se aprovechaban para dejar abiertas puertas y ventanas con el fin de descongestionar el ambiente. A pesar de todo había casas que por el lugar donde estaban construidas y por su propia estructura eran cuevas que no se descongestionaban jamás, estando todas sus paredes, techos y enseres negros por el hollín adherido, debido a la gran cantidad de humo que constantemente se producía. Cabe preguntarse si sus habitantes no serían seres anaerobios, pues de otra manera es difícil imaginarse a nadie viviendo allí dentro sin perecer por asfixia. En estas condiciones cavernarias son inevitables las conjuntivitis…, así que como se dijo, un ligero escozor en los ojos del supuesto experimentador y/o parienta, sería normalísimo y nada preocupante, así que no habría razón para quejarse por tan poca causa.
Los cabañegos tenían mayor motivo y tampoco se quejaban, claro que contaban con la ventaja de la costumbre, pues nacían cerca del fuego y a la luz del candil; si tenían que salir a la calle durante la noche, se veían obligados a portar un farol de aceite, que en esencia viene a ser un candil dentro de un prisma de cristal para que el viento no lo apague y con el que no se consigue ver más allá de tres pasos; tras setenta, ochenta o más años, entre candiles, faroles y humo de la lumbre –no olvidar que al quemar madera, entre otros gases, se desprende alcohol metílico, el cual respiraban diariamente en ambientes cerrados con todos los inconveniente oculares y demás que ello ocasiona-, morían y eran velados con la misma luz, a veces producida por el mismo candil que estuvo presente en el parto, pues eso sí, estos artefactos tenían la ventaja sobre las bombillas de que no se fundían nunca, ya que eran eternos por indesgastables e indestructibles; no debe olvidarse que solían estar hechos por el herrero del pueblo. En una palabra: Estas personas nacían, vivían y morían pegados a un candil de aceite y al fuego, por lo que sus ojos sufrían frecuentes y serios escozores, los que soportaban con la resignación que produce lo inevitable y la costumbre que da el uso, así que no se quejaban, ¿para qué?.
Hasta los últimos años de la década de los sesenta los habitantes de Cabañas se alumbraron durante la noche exactamente igual que lo habían hecho desde hacía 800 años, con los mismo artilugios que lo hicieron los romanos hace 20 siglos, o sea con el susodicho candil de aceite, y......./......

Castillo
Fecha: 17/12/2011
Hora: 14:15
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La luz en Cabañas: Candiles y faroles (III)

(PARTE 3ª DEL COMENTARIO: LA LUZ EN CABAÑAS….) no en todo momento, pues si las llamas del fuego daban suficiente visibilidad para poder moverse o llevar la cuchara hasta la sartén y de ésta a la boca, aunque fuera en penumbras, se apaga aquél para ahorrar aceite toda vez que era escaso y caro. En esta misma década se comenzó a utilizar en alternancia con el candil de aceite el candil de carburo, tal vez por la proximidad de las minas de San Fernando, donde los mineros los utilizaban para trabajar en las galerías, por lo que los comercios de los pueblos de los alrededores comenzaron a ofrecerlos en venta y la gente pudo adquirirlos. Tenían la ventaja sobre el candil de aceite que al quemar acetileno producían una luz más clara y menos oscilante. (No se procede a su descripción ni funcionamiento porque es más fácil poner en Google “candil de carburo”, y se verán imágenes, funcionamiento, combustible, etc., y lo mismo sobre el candil de aceite).
En esta década a la que nos estamos refiriendo, los años 60, llegaron a Cabañas algún que otro aparato de radio. Eran aquellos receptores como cajones de grandes, de OM y OC, (la FM vendría más tarde), con una antena en forma de muelle que se extendía de una pared a otra de cualquier habitación, y que en OC solo captaban a Radio Nacional de España y Radio Intercontinental de Madrid; bueno, también se sintonizaba a Radio Cáceres y Radio Badajoz, ambas emisoras con muchísimos “discos dedicados” por lo que tenían mucha aceptación pues se podía escuchar a Rafael Farina, Juanito Valderrama, La Paquera de Jerez, Antonio Molina y tantos otros cantantes de la época. La OC, por la pésima recepción casi no se utilizaba, a no ser para fisgonear durante la noche –únicas horas de emisión-, en Radio España Independiente, conocida como La Pirenaica, aunque no estaba en los Pirineos, sino en Rusia en un principio, donde fue creada por impulso de Dolores Ibárruri, La Pasionaria, allá por los primeros años de la década de los 40, y era una voz más de propaganda del Partido Comunista de España. Por ello se ponía el volumen al mínimo, lo que obligaba a tener una oreja pegada al altavoz y la otra en la calle… ¡Por si acaso!. Naturalmente el funcionamiento de estos aparatos de estantería, pues era imposible moverlos de un lado para otro, era a pilas, por lo general dos de 4´5 voltios cada una, colocadas en serie. Pero en todo caso sirvieron, en unión de los periódicos atrasado que traían los correos-carteros, para dar a conocer a los habitantes de tan aislado poblado que había algo más que montes, riberos, piedras, cosechas destrozadas por los rigores del tiempo y enfermedades estoicamente soportadas… y la gente, poco a poco, comenzó a cambiar la mentalidad. Tal fue así que algunos padres entendieron que para forzar ese cambio y hacerle efectivo en el fututo, nada sería mejor que poner a sus hijos a estudiar, y aunque en principio fueron escasos, -después también, pues llegó la emigración y la mayoría de las pocas familias que había se marcharon-, lo cierto es que estos pioneros de los estudios se veían forzados a estudiar con la débil y oscilante luz de los candiles. ¿Alguien puede imaginarse a un chico de hoy estudiando durante horas en estas condiciones?. Francamente no, pues a cualquier estudiante que se le forzara a hacerlo, no se dignaría ni a mirar un libro. El forzador acabaría detenido acusado de, más o menos, violación de los Derechos Humanos y de los Derechos del Niño, a la vez que el forzado se abriría las venas, o algo peor, y no por no ver precisamente, sino por no poder enchufar el PC al candil, lo cual consideraría un crimen de lesa humanidad totalmente insoportable.
Sobre el año 1980 entró en funcionamiento el primer reactor de la Central Nuclear de Almaraz de Tajo, Cáceres, la CNA como suele conocérsela, motivo por el cual en escasas fechas anteriores, mientras se terminaba su construcción, se tendieron desde de la misma numerosas líneas eléctrica de alta tensión. Una de estas líneas, de 380 kV (380 mil voltios), pasaba, y pasa, a unos tres kilómetros al Este de Cabañas, atravesando las fincas del Aguijón y Valdeposadas, con dirección a Andalucía, por lo que desde el lugar del tendido este pueblo y su entorno ofrecía una vista panorámica extraordinaria, lo que debió llamar la atención de uno de los ingenieros del proyecto, posiblemente fuese el ingeniero jefe, el que en un momento determinado llegó hasta la localidad para conocer tan pintoresco lugar. Nada más entrar en el pueblo, como profesional del tema, observó que en las calles no había cables eléctricos ni farolas de ningún tipo, y preguntando a alguien que encontró sobre el particular pudo enterarse que en Cabañas, a pesar de estar a escasa distancia de otros pueblos donde sí había electricidad y, desde ahora a 30 kilómetros de una Central Nuclear que produciría varios millones de kilovatios/hora, no había luz eléctrica.
Este anacronismo debió causar vergüenza ajena a este ingeniero, que planteó la situación a su empresa, y lo cierto es que en los días siguientes Iberdrola procedió a tender una línea eléctrica hasta Cabañas, a cuya entrada colocó el adecuado transformador. Unos días más y la red urbana, tanto la correspondiente al alumbrado público como la de consumo particular, estuvieron a punto y sus habitantes, por primera vez en la Historia, pudieron apagar el candil y leer y coser y cenar y salir a la calle viendo donde pisaban sin necesidad de portar un farol, o simplemente mirarse unos a otros y verse como nunca lo habían hecho en su pueblo: A la luz de una bombilla eléctrica. Estas cosas que en la actualidad, por habituales, no se las da importancia alguna y pasan desapercibidas para cualquiera, en aquellos momentos para los habitantes de esta pequeña localidad supuso el mayor avance técnico que habían experimentado en su vida. Avance que en poco tiempo tuvo su dimensión real, y así permitió la instalación de un sistema de bombeo eléctrico para elevar el agua desde la lejana Fuente del Fresno hasta el mismo pueblo. Acto seguido llegaron algunas lavadoras, suponiendo todo ello para las mujeres salir de la situación de semiesclavitud a la que estaban sometidas en el acarreo de agua y lavado de ropas. ¡Ya no más cántaros al cuadril o la cabeza!... ¡Ya no más meter a los niños atados con una cuerda al interior de los pozos para llenar la caldereta con la poca agua que podían rebañar con un vaso de hojalata entre las piedras y el fango!... ¡Ya no más cestos llenos de ropa a la cabeza y niños de la mano por aquellos riberos hasta los ríos!... ¡Ya no se verían obligadas a mirar diez veces antes de ponerse a efectuar sus necesidades fisiológicas en el campo, tras cualquier pared o matojo y saltar sobrecogidas ante el ruido de cualquier lagartija o pájaro entre la maleza!, pues en sus casas, poco a poco, se fueron instalando los correspondientes servicios, los cuales, dicho sea sobre la marcha, limpiaban y cuidaban como una joya, como sólo quien sabe lo que vale una cosa puede hacerlo. De hecho hubo algunas de ellas que, a pesar de la instalación y operatividad del w. c., hacían ir a sus hombres donde siempre lo habían hecho a fin de que no se ensuciara indebidamente el inodoro, hasta que poco a poco fueron entendiendo que aquello no servía para ser exhibido en una exposición, sino, sólo para ser utilizado en los menesteres para lo que había sido inventado y además se podía mantener limpio. También llegó la televisión y, aunque en blanco y negro casi todas ellas por cuestión de precio, abrió una nueva ventana hacia el mundo, facilitando el conocimiento de la existencia de otras formas de vida, otras culturas, otros pueblos y otros avances hasta ahora ni siquiera imaginados para la gran mayoría de los habitantes de Cabañas.
El ingeniero en cuestión, se llamaba Juan de Ureta, y el pueblo, ante el inmenso favor recibido, no dudó en cambiar el nombre de la plaza hasta entonces llamada Plaza de España, por el de Plaza de Don Juan de Ureta, como así consta en un letrero de plaquetas cerámicas pegado en la pared de la antigua escuela, un poco más alto que otro, ya casi tan borrado que es ilegible del todo, y sólo aquellos que saben lo que en el mismo figuraba, pueden leerlo o más bien recitarlo de memoria, y que no era otra cosa que: “Caídos por Dios y por España: José Antonio Primo de Rivera. ¡Presente!”, pues a pesar del elevado número de combatientes que hubo del pueblo en la Guerra Civil, ninguno de ellos falleció en la misma, aunque si se produjeron varios heridos, así que todos tuvieron la suerte de poder ver la electricidad en su pueblo y disfrutar de sus ventajas durante bastantes años.
Es obligado dar por terminado este extenso comentario, y para ello nada mejor que volver al pensamiento del viejo del principio, el que no tenía muy claro el sentido de eso de “Yo soy la luz del mundo”, para decirle a este veterano y buen paisano, que ya ve, que nada menos que dos mil años después de ser pronunciada la frase en cuestión, llegó la luz, la eléctrica, a Cabañas. Ciertamente un poco tarde, pero con su sabiduría nonagenaria, debe saber mejor que nadie que “nunca es tarde cuando la dicha es buena”. Sin entrar en terrenos metafísicos, tal vez ahora esté disfrutando de otra luz muy distinta a la que ilumina por las noches a su Cabañas de siempre. Que así sea, si es así.

Castillo
Fecha: 22/12/2011
Hora: 16:29
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Cabañas: Viviendas y enseres (1)

PARTE 1ª DEL COMENTARIO “CABAÑAS: VIVIENDAS Y ENSERES”.-
Antes de nada nos situaremos en el tiempo: Las viviendas de Cabañas del Castillo sobre las que hablaremos tuvieron lugar en un periodo cuyo arranque es difícil determinar, siendo en cualquier caso posterior al siglo XII o XIII, en el cual las cabañas, chabolas y chozas comenzaron a transformarse en casas mediante una determinada forma de construcción que se mantuvo hasta bien entrado el siglo XX. Actualmente, mediante la reforma de unas o el derribo de otras para ser levantadas de nuevo, con la utilización de materiales, avances y técnicas modernas de construcción, aunque en muchos casos se ha intentado que no perdieran parte del estilo que en su día tuvieron, unas veces con más éxito que otras, se han edificado viviendas que nada tienen que ver con las originales ni en sus estructuras ni en su habitabilidad. Imaginariamente construiremos una casa entre 1825 y 1925, por ejemplo, cuyos propietarios tienen un poder adquisitivo medio, si es que en esta época se podía hablar de poder adquisitivo, dentro de la profunda y secular pobreza.

Las construcciones destinadas a viviendas en esta población estaban en consonancia con las de otros pueblos de la zona en cuanto a la utilización de materiales, alturas, huecos de luz, dependencias y usos, si bien, en esta localidad en concreto la construcción de las mismas estaba determinada, en la mayoría de las ocasiones, por las circunstancias propias que presenta su orografía, pues si bien la población está en lo alto de una montaña, no ocupa la cima de la misma, la cual está copada por la enorme roca que sostiene los restos del castillo árabe, sino que está anclada en su pie, al lado Este. Desde aquí arranca la fuerte caída del terreno que no terminará hasta llegar a los ríos próximos. Dicha caída, que en ocasiones puede alcanzar el 50%, hacía obligado el encastramiento en el terreno de parte de las mismas, pues en la época en que fueron levantadas sus constructores no se disponían de maquinaria alguna para efectuar excavaciones, explanaciones, movimientos de tierras, cimentaciones o alzados y tampoco medios mecánicos de elevación de pesos, excepto los basados en el esfuerzo humano, ni acarreo de materiales que no fuera a lomos de burros.

Ello hacía que una vez determinado el lugar de construcción, comenzara el proceso de excavación, que a su término tendría forma de cuña prismática siendo la encargada de recibir o encajar, literalmente, gran parte de la vivienda. Unas veces sería su parte baja y otras ésta y la primera planta, máxima altura que podía conseguirse de forma más o menos segura, dado los materiales disponibles: Piedras, barro, en ocasiones argamasa de arena y cal, y maderas en forma de tablas y vigas, así como tejas árabes para las cubiertas, cuyo alero trasero, es decir el tejado, era frecuente que quedara a la altura misma de la cota superior de la excavación, es decir, a nivel del suelo, lo que forzaba a realizar una sola vertiente de gran longitud, lo cual unido a la escasa pendiente que se conseguía en aras del ahorro de alzado de paredes, forzosamente producía filtrados de humedades y goteras de agua de forma continuada.

La tierra extraída de la excavación, que solía hacerse entre los distintos miembros de las familias, a pico y pala, que se calculaba no iba a ser necesaria para el barro, era sacada a lomos de burros equipados con los adecuados serones y unas veces se tiraba en lugares más o menos lejanos, y otras, si era de buena calidad, se utilizaba para el relleno de huertos y lugares que presentaban poco suelo con escasez de capa vegetal. A la vez se aprovechaba el viaje para volver con el serón lleno de piedras que se unirían a las que iban saliendo de la excavación. Ésta podía profundizarse hasta conseguir que todo el suelo estuviera en el mismo plano horizontal, aunque siempre a unos veinte o treinta centímetros por encima de la cota de la calle para facilitar el imprescindible drenado, o bien, si el terreno era demasiado duro o rocoso, se optaba por explanar a distintos niveles, lo que determinaría que para pasar de fuera hacia dentro a través de las distintas estancias, tuviera que hacerse mediante escalones. Es decir: Estancias en escala, que si se disponía de suficiente terreno podían estar una al lado de otra, o en el caso de que el solar fuera estrecho y largo, se iría subiendo de una en otra atravesándolas, pues el pasillo común no existía. Una vez terminada la explanación se procedía a construir una regadera a todo lo ancho del borde trasero y desde la mitad de ésta arrancaba otra que atravesaba el solar longitudinalmente para ir a desembocar al lado de la puerta de entrada, quedando así justificados esos veinte o treinta centímetros que el plano de la primera estancia quedaba sobre el nivel de la calle y que ya se refirió anteriormente. Ello obligaba a entrar siempre en la casa, al menos, mediante un escalón. Estas regaderas prismáticas eran cubiertas con lanchas y posteriormente con tierra, quedando totalmente ocultas en el suelo como si de tuberías modernas se tratase y eran las encargadas de drenar la gran cantidad de agua que se filtraba hacia la excavación evitando que penetrase en el interior de la vivienda, si bien su efectividad no era total, produciéndose continuamente grandes humedades en las estancias más profundas, sobre todo en épocas lluviosas. Si por cualquier circunstancia alguno de estos drenajes se atascaba –solía ocurrir por hundimientos y enraizados-, era normal que el agua acabara saliendo por la puerta de la casa hacia la calle después de atravesar toda la vivienda durante buena parte del invierno.

La cimentación como tal no existía, comenzando a levantar las paredes sobre el mismo nivel del suelo explanado. Se utilizaban las piedras de mayor tamaño que se hubieran obtenido en la excavación como asiento de las que vendrían después. Las paredes laterales y la trasera se levantaban, en buena parte, adosadas al talud vertical de la excavación y eran todas ellas paredes maestras, pues sobre ellas irían apoyados todos los elementos de la planta superior y el tejado. Una vez que se terminaban de levantar éstas se procedía a construir la fachada frontal en la que se abriría paso la puerta y alguna ventana, por lo general de reducidas dimensiones pues no se disponía de otros materiales que no fueran maderos para los dinteles, los cuales habrían de sostener un peso enorme que por lo general descargarían sobre la misma pared sin jambas de refuerzo. Dado que los materiales utilizados, o sea piedras más o menos redondeadas, no eran demasiado estables para levantar paredes, se trataba de compensar la posible caída haciéndolas de gran anchura, siendo normal estar entre ochenta y ciento veinte centímetros de grosor. Por otro lado tampoco era posible confiar demasiado en el barro que se utilizaba entre las mismas, pues más que unirlas y sujetarlas, sólo hacía rellenar huecos

A la vez que se levantaban las paredes laterales se construían también las interiores de la planta baja que serían las encargadas de separar las distintas dependencias. Estas paredes, también de piedra y barro, eran algo más estrechas que las exteriores y en ellas se solían dejar huecos adecuados de forma cuadrangular o rectangular y con la profundidad precisa para que pudieran colocarse sobre los mismos diversos enseres. Por lo general, a estos huecos se los denominaba impropiamente cantareras, ya que no solían alojar a los cántaros del agua, sino que éstos eran depositados en poyos de piedra de cincuenta o sesenta centímetros de altura que se construían sobre el suelo al efecto. (En algunas ocasiones, aunque muy escasas, se usaban cantareras de madera).

Una vez que todas las paredes, interiores y exteriores, de la planta baja habían sido levantadas a la correspondiente altura, que en aras de la economía y la seguridad, siempre eran más bien escasa, pues sólo había que ponerse de pie sobre suelo y levantar el brazo para alcanzar el techo; se procedía a colocar las vigas de madera de roble, que constituirían el apoyo del suelo del piso superior, que a la vez era el techo del inferior o bajo. Este suelo solía estar compuesto de las citadas vigas y tablas de la misma madera de distintas longitudes y anchos, con un grueso en torno a los 25 mm y que no siempre eran machihembradas. Se le denominaba “el doble” o “el doblado”, en clara alusión a que duplicaba o doblaba el espacio superficial útil disponible. En ocasiones excepcionales, y siempre por los menos pobres, podían utilizarse las bóvedas de cruce hechas con ladrillos y argamasa (mezcla de cal, arena y agua), pero no sobre todas las habitaciones, por lo general sólo en la entrada o zaguán. En este caso solían intervenir albañiles profesionales, pues requerían cierta experiencia para poder construirlas de forma segura.

Castillo
Fecha: 22/12/2011
Hora: 16:31
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Cabañas: Viviendas y enseres (2)

PARTE 2ª DEL COMENTARIO “CABAÑAS: VIVIENDAS Y ENSERES”.-

Era habitual ir a buscar las vigas de roble a los bosques que están un poco más arriba de Solana hacia el puerto de Berzocana, donde crecen abundantes árboles de esta especie. Una vez elegidos los árboles adecuados se procedía a su tala y limpiado del follaje. Cuando quedaba limpio el tronco, que constituiría la viga en sí, se efectuaba un agujero transversal mediante una barrena de grandes dimensiones en su extremo más grueso. Por este agujero se pasaría después una cadena o cuerda para ser remolcadas, una a una, mediante arrastre por tiro de caballerías hasta Cabañas, (¡unos diez o doce kilómetros por sendas de montaña abrupta arrastrando troncos con una longitud de entre seis y ocho metros!). Una vez en el destino se procedía al descortezado total, recortado de nudos, corte adecuado, perfilados de asiento y posterior colocación en su sitio tras haberse secado, lo que obligaba a su corta algún tiempo antes de proceder a la construcción de la vivienda, pues de colocarlas y cargarlas estando verdes, solían vergar, o sea curvarse con facilidad. La distancia de colocación solía variar en función del grosor y del peso que tuvieran que soportar. No era lo mismo que una estancia (sobrados), se destinara a dormitorio o cocina, o que se depositase en ella un buen número de fanegas de grano o bellotas. Todos ellos eran factores a tener en cuenta a la hora de calcular resistencias que a falta de conocimientos técnicos, se hacían por simple lógica: “Si soportan lo mucho, también soportarán lo poco”.

Sobre las vigas colocadas y junto a las paredes, por su parte interior, se colocaban unos tablones a modo de andamiaje, para seguir levantando las paredes del piso superior. Debido a que las paredes de piedra son extremadamente pesadas, y el barro no daba demasiada consistencia a las del piso bajero, ahora se trataba de levantar las paredes de la planta superior a cota de techumbre procurando que fueran lo más livianas posible. Para ello se abandonaba la piedra y se recurría a la tapia, con lo que las paredes se reducían considerablemente en grosor, llegando hasta los 50 centímetros aproximadamente. La tapia, además, es un buen aislante térmico.

La construcción de este tupo de paredes se efectuaba por bloques, siendo unas medidas bastante utilizadas las de uno a dos metros de longitud por uno de altura y por los cincuenta centímetros citados de grueso, incluso algo menos. Una vez debidamente armado y sujeto el correspondiente encofrado de madera se procedía a rellenar el mismo con tierra amasada con agua y paja, dejando el encofrado el tiempo suficiente para que el barro tomara forma y no se desmoronase al ser retirado. Después de ser retirado el encofrado habrían de transcurrir varios días para que el secado natural diera suficiente consistencia a la pared así formada y aguantara sobre sí otro nuevo bloque de tapia. En el caso, bastante frecuente, de que la parte trasera de la construcción estuviera toda ella bajo tierra, el tapial correspondiente al piso superior, así como las superficies de las laterales que también estuvieran en contacto con el talud de la excavación se construían en piedra, pues en caso contrario la humedad del terreno habría pasado a la tapia descomponiéndose ésta en forma de barro, tan pronto hubiera absorbido el agua suficiente.

Las alturas que alcanzaban las tapias eran muy variables, toda vez que estaban destinadas a alojar los sobrados o desvanes. Como se dijo anteriormente, al quedar el tejado por la parte trasera a ras del suelo, por razones de inclinación del terreno, obligaba a tender el tejado en una sola vertiente, siendo normal que las tapias en la parte frontal levantaran, sobre “el doble”, un metro escaso con el fin de conseguir la máxima pendiente posible del tejado, que siempre era escasa. Debido a esta circunstancia por esa zona de los sobrados, los usuarios de la vivienda se verían obligados a andar agachados. Por otro lado las posibles ventanas, que no siempre se practicaban, debían ser de un tamaño tan pequeño que en ocasiones se quedaban
en simples hornillas. En caso de que la parte trasera lo permitiera y se pudiera hacer el tejado a dos vertientes, lo que no era frecuente, la cumbrera quedaba a escasos dos metros del “doble”, y la parte anterior y posterior del tejado al escaso metro referido, y a veces a cero altura en la parte posterior, o sea que el tejado terminaba apoyado en la pared junto al mismo “doble”.

Para sostener el tejado se utilizaban también vigas de roble y se colocaban las tablas que sostendrían las tejas a “salto de rata”, que no es otra cosa que colocar unas tablas de otras a una distancia de unos diez centímetros, con el fin de ahorrar madera, (esta distancia obligaba a las ratas en sus correrías por el tejado a saltar de tabla en tabla –de ahí el nombre de la posición de las tablas-, y también se podían observar, de vez en cuando a las culebras, sobre todo la culebra de tejado, deslizándose sobre las mismas a la caza de ratas y ratones). En algunos casos, las tablas eran sustituidas por tallos de jaras bien agrupados y aplastados que hacían el mismo efecto, aunque más irregular que las tablas. Bien sobre las tablas, bien sobre las jaras, se colocaban siempre tejas árabes. Estas tejas estaban hechas artesanalmente tanto en el tejar de Cabañas como en el de Solana, teniendo parecida calidad, pues las tierras utilizadas eran idénticas y el proceso de amasado y cocido el mismo. El tejar de Cabañas desapareció antes, pero el de Solana siguió produciendo, posiblemente, hasta los años sesenta. Por todos los bordes del tejado, así como la cumbrera, se colocaban piedras de un tamaño determinado para que sin obstaculizar a las aguas que corrieran por las canales, sujetaran a éstas y a las cobijas, sin llegar a aplastarlas por excesivo peso, consiguiendo con ello que el viento no pudiera levantarlas, toda vez que las mismas no se fijaban con argamasa alguna. No era frecuente la utilización de canalones, aunque en alguna ocasión se observó alguno de hojalata y con mayor frecuencia de corcho apoyado en estacas de madera, al menos recogiendo las canales que caían directamente sobre la puerta de entrada.

Una vez terminado el tejado, o cogidas las aguas, se procedía a colocar las tablas del doblado y a construir la escalera que uniría la planta baja con los sobrados. Esta escalera lo mismo podía ser de madera que de mampostería, colocando en este caso sobre los escalones lanchas pizarrosas, con preferencia azuladas, pues eran muy apreciadas entre las mujeres; en cualquier caso no solían tener barandilla de protección alguna. Con el mismo tipo de lanchas se cubriría todo el suelo de las estancias del bajo, procurando que las juntas fueran lo más pequeñas posibles, las cuales en algunos casos se rellenaban con argamasa de cal y arena.

En la estancia que se destinaba a cocina, que solía estar en la parte baja, (en alguna ocasión también se instalaba en los “doblados”, pero no era el lugar preferido porque los tizones rodaban con facilidad y podían ir a quedar sobre las tablas, con el consiguiente riesgo de incendio), se construía el hogar, que popularmente se le llamaba el “fogar” y con preferencia el “fogal”, pues por esta zona la gente parece que no encajaban demasiado bien eso de que la letra “h” no tuviera sonido en ciertas palabras, y la transformaban a su manera en letra sonora. Así se decía “jiguera” por higuera, “jigo” por higo, “jacha” por hacha, “jongo” por hongo, etc., o como en este caso que la pronunciaban como “f”. Era su forma de hablar y, desde luego, tan respetable como cualquiera otra, pues en realidad no es que hablasen mal el español o castellano, sino que hablaban bien el extremeño, o por no ir demasiado lejos en temas que están tan pocho-manidos que hasta huelen mal, diremos la forma de hablar en Extremadura, sobre todo en muchas zonas rurales, donde estas pronunciaciones y otras por el estilo eran normales por la habitualidad y extensión de su uso por todo el pueblo, (leer, por ejemplo, la obra del poeta Gabriel y Galán), aunque ciertamente al día de hoy, a medida que el nivel cultural ha ido elevándose y el aislamiento reduciéndose, cada vez se van oyendo menos estas formas de hablar.

Dicho hogar, o “fogal”, consistía en un rectángulo más o menos grande (1 x 2 metros solía ser una medida bastante utilizada), con el borde hecho de ladrillos y de unos veinte centímetros de profundidad, el cual se rellenaba de tierra o arena, cubriéndole con lanchas iguales a las del suelo, excepto la zona justa donde se hacía el fuego que tenía que ser forzosamente de piedra...../.....

Castillo
Fecha: 22/12/2011
Hora: 16:32
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Cabañas: Viviendas y enseres (3)

PARTE 3ª DEL COMENTARIO “CABAÑAS: VIVIENDAS Y ENSERES”.-
granítica (en ocasiones se utilizaban trozos de piedras de molino ya desechadas), pues las lanchas, sobre todo las pizarrosas no eran útiles y sí peligrosas por descomponerse con la elevada temperatura del fuego, proceso durante el cual estallaban, saltando pequeñas y afiladas esquirlas a gran velocidad. Los ladrillos, aunque se fabricaban en los mismos lugares de las tejas, no eran adecuados para este menester, ya que al no ser refractarios se descomponían en poco tiempo con el fuego.

En la mayoría de las ocasiones en que la lumbre estaba en la planta baja, sobre el “fogal” se construía la chimenea, la cual llevaba en su parte inferior y por todo el borde exterior una pequeña cornisa donde se colocaban distintos útiles. En algunos casos no se construía chimenea dejando que el humo escapara por donde pudiera, en especial por el postigo de la puerta y una pequeña ventana que solía abrirse frente al fuego para el mismo efecto y ventilación de la estancia cuando estaba el ambiente demasiado cargado. Si el fogal estaba sobre “el doble”, o sea en la planta alta, nunca se construía chimenea, pues el humo escapaba fácilmente por el tejado entre las separadas tablas y los huecos que dejaban las irregulares tejas por ser hechas a mano, como se ha dicho. Tanto abajo como arriba, con chimenea o sin ella, siempre era obligado colocar en la vertical sobre el punto donde se haría el fuego y a unos dos metros de altura, una gran estaca de madera o hierro, cuya función era sujetar las llares, que consistían en una cadena de fuertes eslabones, fabricadas siempre por el herrero del pueblo, con ganchos que se podían poner a más o menos altura para colgar calderos y calentar agua o hervir distintos productos. Ni que decir tiene que las llares estaban totalmente ennegrecidas por el constante hollín que recibían. Tan negras estaban que solía ser un referente a la hora de hablar sobre algo que fuera de ese color, y así se decía: “Tal o cual cosa es o está más negro que unas llares”, significando con ello que su color era negro muy intenso. Y en no pocas ocasiones, cuando algo estaba muy sucio y con costra, era frecuente la expresión, “eso tiene más mierda que unas llares”.

Como punto final de la construcción se colocaban puertas y ventanas. La puerta de entrada, siempre de madera armadas con clavos de fragua, solía encajar en su marco correspondiente aunque en ocasiones extremas se prescindía de éste. Solía constar de dos partes: La inferior denominada puerta propiamente dicha y la superior que se llamaba postigo o portón. Éste podía abrirse y cerrarse con independencia de la puerta, no así ésta que solo se podía abrir si a la vez lo hacía el postigo o ya se encontraba abierto. De esta forma, con la puerta cerrada y sujeta por un cerrojo o tranca interior, el postigo se podía mantener abierto, con lo que se dejaba pasar la luz y, a la vez, se evacuaba el humo de fuego. En el postigo o portón se incrustaba la cerradura, que se trataba de una llavera construida por el herrero y cuya llave era enorme, llegando en algunas ocasiones a medir más de veinte centímetros de longitud y a tener un peso próximo al medio kilo. Dada las dificultades sólo se fabricaba un ejemplar, por lo que si había varios habitantes, cuando todos estaban fuera de la casa, la enorme llave se escondía en algún lugar convenido, normalmente un agujero de la pared. Si dejaba de funcionar o se perdía, la puerta terminaba sujeta desde el exterior con un candado o una simple cuerda amarrada a una estaca clavada en la pared y por el interior con una tranca que se pasaba por un agujero practicado adecuadamente en la pared. Las mujeres solían clavar en los postigos una pequeña cruz hecha con tallos de la “Hierba de San Juan”, pues decían que traía buena suerte siempre que se hubieran cortado, precisamente, durante la mañana del día de San Juan, que se celebraba el día 24 de junio, y por su colorido también servía como adorno. Es indudable que esta costumbre tenía connotaciones con los ritos mágicos-religiosos de esta fiesta ancestral. Por su parte los hombres recordaban más la dimensión lúdica de la misma y lo hacían con este pareado: “La mañana de San Juan, cuando la zorra madruga / el que borracho se acuesta, con agua se desayuna”. Lo de la sed producida por el exceso de alcohol es fácilmente entendible, si bien, nadie aclaró nunca el papel que hacía una zorra madrugando el día de San Juan, pero es indudable que algún significado tendría. También solía verse junto a la citada cruz, un ramo de olivo de los bendecidos por el cura el día del Domingo de Ramos, teniendo el mismo sentido que la cruz de hierba, pero sobre éste asunto no había pareados. Se supone que un árbol que da aceite merece más respeto que unas hierbas aunque sean de un santo. En cambio aún no se observa colgada en la misma ni junto a ella, la verga o la hiel del cerdo, toda vez que aún no se ha realizado matanza alguna en esta nueva casa.

En la parte inferior de la puerta se practicaba un agujero circular de unos doce o quince centímetros de diámetro destinado al paso de los gatos, por lo que se llamaba la gatera. En algunas ocasiones la gatera se abría paso en las ventanas en lugar de la puerta. En la parte exterior de la puerta, en lugar próximo a ella, se solían poner fuertemente clavadas en la pared unas estacas o anillas de hierro cuyo objetivo era atar burros, mulos o cualquier otro animal de forma momentánea mientras el dueño estaba dentro de la casa. Lo frecuente era que estos puntos de amarre estuvieran al lado contrario del ventanuco de la cocina que solía alojar algún geranio o clavelera, para evitar que el animal allí sujeto se entretuviera en comerlos mientras esperaba que lo recogieran. En alguna ocasión y si la anchura de la calle lo permitía, en el lugar más adecuado de la fachada se plantaba una parra, que una vez alcanzado el tamaño adulto se extendía sobre unos palos adecuadamente colocados en horizontal que formaban el parral, dando además de los frutos propios, sombra que impedía a los rayos solares penetrar por la puerta. Junto al tronco de la parra se levantaba un poyo de piedra para sentarse al fresco en las noches estivales y junto al mismo era normal colocar un cubo viejo lleno de tierra para sembrar hierbabuena, cubo que en alguna ocasión se colgaba de un gancho en la pared para evitar que los perros marcasen su territorio sobre la hierba que serviría para aromatizar el cocido, entre otros usos.

Las ventanas eran escasas y casi siempre de tan reducidas dimensiones que podría hablarse de simple ventanucos por los que era difícil que pasara el cuerpo de un hombre adulto. Una de ellas, a veces la única de la planta baja, se solía practicar, como ya se apuntó, frente al lugar donde se haría el fuego, y en alguna ocasión solía tener como elemento de seguridad un simple palo o hierro colocado en vertical en su centro, a manera de reja. La ventana propiamente dicha, solía ser de madera, con o sin gatera, y se cerraba por dentro con una pequeña tranca o piedra para que no la abriese el aire. En ocasiones consistía sólo en una placa de corcho que encajaba en el hueco. Por el lado exterior, aprovechando el vano, solía colocarse un pequeño cacharro, junto al geranio o la clavelera, para sembrar perejil.

En la parte alta de la casa no siempre había ventanas y cuando así era, su tamaño era mínimo, siendo su cierre, si existía, similar al descrito para la ventana del bajo. También en ellas se practicaba algún agujero para facilitar el paso de los gatos, que desde la calle solían trepar por la parra para alcanzar los sobrados a través de estas ventanas.

Las estancias interiores solían carecer de puertas, teniendo colocadas cortinas de simples trapos y en numerosas ocasiones sin nada.

Bajo el hueco de la escalera que comunicaba con la planta alta, se hacía una pequeña fresquera, o alacena con el fin de mantener en las mejores condiciones posibles los alimentos que hubiera. Los más delicados, como podía ser la leche, una vez hervida tan pronto llegaba a casa, se solía guardar en algún hueco del fondo de las habitaciones posteriores, pues al estar bajo tierra eran los lugares más frescos de la casa.

Por último, y como elementos que aunque no necesariamente eran propios de la construcción de la vivienda, pues se podían añadir en cualquier momento, también se colocaba, la clásica
“enramá”, llamada así por consistir en largas varas obtenidas de ramas, y que se colgaban de forma paralela unas a otras de las vigas del techo de la cocina formando un entramado de ramas o varas, de las cuales penderían en su momento los embutidos y partes de despiece del......./.......

Castillo
Fecha: 22/12/2011
Hora: 16:33
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Cabañas: Viviendas y enseres (4)

PARTE 4ª DEL COMENTARIO “CABAÑAS: VIVIENDAS Y ENSERES”.-
cerdo sacrificado en “la matanza”. Desde la vigas del techo a “la enramá”, solía haber escasos centímetros, y su colocación en la cocina era obligada, toda vez que en los primeros días, tras ser hechos los embutidos, si se producía mucha humedad debido a lluvia intensa y sobre todo con la niebla, era fácil que no secaran y terminaran estropeados; para evitarlo se atizaba constantemente el fuego consiguiendo el pronto secado. (Como “la matanza”, merece comentario aparte, no nos extenderemos aquí sobre la misma).

La sujeción de “la enramá” a las vigas del techo era obligado hacerla con alambres, lo más finos posibles, a fin de evitar que los ratones pudieran bajar a través de ellos y alcanzaran los embutidos, los cuales comían. Sin embargo no era lo peor lo que comieran, pues solía ser poca cantidad, sino que se dedicaban a roer las cuerdas de las que pendían cayendo éstos al suelo, lugar donde los gatos daban buena cuenta de ellos en el transcurso de la noche. Es esta la única colaboración que se conoce entre ratones y gatos, pues nadie en el pueblo, ni aún los más viejos, relataron jamás conocer ninguna otra, sin embargo esta operación combinada la efectuaban a la perfección y, además, de forma respetuosa y en debida forma, como debe ser, pues los ratones estaban arriba, en “la enramá”, y los gatos en el suelo y nada mejor para mantener la colaboración y la amistad que guardar las distancias y trabajar en silencio. Las ratas, que también eran muy numerosas, no solían atacar “la enramá”, simplemente porque su tamaño no las permitía pasar a través de los pequeños agujeros de “el doble”. No obstante se dedicaban a hacer sus estragos en el grano, bellotas y cuanto podían, y no faltó ocasión en que mordieran en la cara y las orejas a algún bebé que se encontraba en la cuna, pues eran numerosísimas. Si contra los ratones se utilizan trampas corrientes, de andar por casa que diríamos, contra las ratas se utilizaban serios y contundentes, no faltando ocasión en que alguien perdiera los nervios o se le inflaran los “güevos” que viene a ser lo mismo, –perdón por la expresión al estilo de la zona, que puede sonar mal pero es altamente expresiva-, y tirara de escopeta contra tan facinerosos roedores. Puede asegurarse que los que se dejaron echar la vista encima mordieron el polvo, pues no es necesario decir, por ya haberlo hecho, la afición escopetara que había entre la población masculina del pueblo (*). Otros, con ánimo ejemplarizante, atrapaban viva a alguna de estas delincuentes y con un fino alambre la colgaban por el cuello en las vigas de los sobrados para que las demás tomaran nota a través de sus agónicos chillidos y posterior olor; otras directamente eran destripadas regando con su sangre todos los rincones de las mismas estancias, pero según parece, al día de la fecha la batalla se inclina a favor de las ratas, pues aquellos guerreros humanos en su mayoría, aunque curtidos en mil batallas, el tiempo ya les quitó de en medio, y los pocos que quedan están a punto de entregar la cuchara, mientras que las ratas siguen campando a sus anchas por todo el pueblo. Veremos cómo termina la película si es que algún día termina habiendo ratas de por medio.

(*) La afición a la escopeta y la caza era tal que en no pocas ocasiones las mujeres consideraban que sus hombres abandonaban algunos deberes religiosos y tareas caseras, incluso atenciones sobre ellas mismas y, a pesar de aportar en buena medida parte de la carne necesaria en el hogar, hacían causa común con el cura que de vez en cuando amenazaba con enviarles al infierno sin traje de amianto, y, solidariamente por su parte, los recriminaban la incontrolada vocación que sentían por Diana, y además de calificarles de “mentirosos y exagerados como cazadores”, tratando de zaherirles lo más posible en su ego cazador, los vaticinaban el mismo fin que a una vulgar prostituta (de las de entonces, claro), y no se arrugaban al soltar públicamente una frase que es todo un poema. Decía así: “A la puta y al escopetero, a la vejez los espero”. Sin comentarios.

Una vez terminada la construcción, se procedía al lucido de paredes, dejando en la mayoría de los casos la fachada principal a piedra vista, toda vez que el lucido con barro pronto sería arrastrado por el agua, y la argamasa era cara, por lo que no solía utilizarse, excepto en el interior. Aunque no siempre, el zaguán, o sea la estancia de entrada, que hacía también de sala de estar y cocina, solía lucirse con cal y arena, que después se pintaba de blanco mediante el procedimiento de encalado. Las habitaciones posteriores, destinadas a dormitorios, podían estar lucidas con la misma argamasa o con barro, siendo la pintura por encalado o con una lechada de barro rojo. En ocasiones también se dejaban sin lucir y se pintaba directamente la piedra. En todos los techos de la planta baja, que no era otra cosa que “el doblado”, se dejaba la madera con su coloración natural, sin aplicarle pintura de ningún tipo, siendo ennegrecida por el humo en poco tiempo, lo que en realidad, durante los primeros años, realzaba el color del roble, resultando una tonalidad muy atractiva a la vista, hasta que desaparecía bajo la perpetua acción del humo.

Las estancias de la parte alta, o sea los sobrados, no se lucían ni se pintaban, ni siquiera aunque alguno de ello se tuviera que utilizar como dormitorio forzados por la necesidad del crecimiento incontrolado de las familias, pues era muy normal un número de hijos que oscilara de cuatro a ocho y en ocasiones bastantes más; ello hacía que se viviera con cierto hacinamiento y las dos o tres camas de las que se disponían estuvieran ocupadas por varios miembros a la vez, teniendo otros que alojarse en jergones de paja en los desvanes.

Como último retoque se procedía a colocar algunos pares de estacas clavadas en la pared al mismo nivel para hacer repisas apoyando una tabla o trozo de corcho. También se colocaban algunos clavos en los costados de las vigas y estacas aquí o allá en las diversas paredes. En cualquier caso siempre había más punta, clavos y estacas que cosas que colgar, aunque eso no contaba demasiado. Lo importante es que hubiera estacas clavadas en la pared, pues daban cierta impresión de abundancia, mientras que la falta de las mismas era mal augurio, pues quien no las ponía es que no tenía nada que colgar. Tan mal presagio era que habitualmente se utilizaba una frase al respecto para indicar el resultado de un robo o la extrema pobreza, y así se solía decir al referirse a las personas en citada situación y más aún a su vivienda: “En esa casa no queda ni estaca en pared”, indicando con ello que no había absolutamente nada, ni siquiera que comer, por lo que el siguiente paso de sus moradores sería el campo del hambre y la indigencia. Se entiende el por qué era habitual tener varias estacas por las distintas estancias de la casa aunque no sostuvieran nada.

Como complemento de la casa, aunque casi siempre separada de la misma, estaba la cuadra, casilla o burrera, que era una simple estancia-establo para guardar la paja o el heno y los aperos de labranza, que contaba con una pesebrera donde comía el burro que se guarecía en la misma. El perro solía dormir junto al burro, aunque en ocasiones se le dejaba suelto por las calles para que ahuyentara a zorros y lobos de los alrededores, o cuidara de la casa avisando al dueño con sus ladridos. De vez en cuando era obligado sacar el estiércol producido, que era aprovechado para el pequeño huerto, en caso de que se poseyera, de lo contrario se tiraba en estercoleros comunes que unas veces estaban en los extramuros del pueblo y otras en el interior, aprovechando cualquier rincón de las calles, de donde posteriormente se llevaría a diversas fincas de labranza u olivares.

El gallinero, también separado de la casa, en algunas ocasiones estaba en la misma cuadra del burro, con dos o tres palos para que se subieran las gallinas a dormir y unos nidales al efecto. Si este era el caso, a cierta altura del suelo, y cerca de la puerta se solía practicar un agujero en la pared para que entraran y salieran las gallinas, era la hornilla, “jornilla”, en pronunciación propia del lugar. Agujero que por las noches se taponaba fuertemente con un madero o piedra a medida para evitar que entraran depredadores. También el gallinero podía estar fuera del pueblo, incluso en algún pequeño huerto. En este caso había que cuidar mucho los cerramientos, pues las zorras, jinetas y comadrejas las atacaban de noche de forma inmisericorde, mientras que de día las águilas, halcones, milanos, cuervos y hurracas, hacían su...../.....

Castillo
Fecha: 22/12/2011
Hora: 16:35
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Cabañas: Viviendas y enseres (5)

PARTE 5ª DEL COMENTARIO “CABAÑAS: VIVIENDAS Y ENSERES”.-
agosto tanto con las gallinas adultas como con los polluelos. Ello las costó algún que otro escopetazo.

Por último estaba la zahúrda, sajurda, zahurdón, sajurdón, batuca, batucón o guarrera, que de todas estas formas y algunas más se nombraba, donde vivía el cerdo que serviría para la matanza anual. Podía coincidir que estuviera en la misma cuadra del burro, pero no era lo habitual. Lo normal es que la zahúrda estuviera en las afueras del pueblo y costaba de un hueco de piedra cubierto de tierra para que durmiera el animal y otra parte formando una especie de pequeño corral, donde se le echaba la comida directamente en el suelo o en el dornajo. La pequeña puerta de acceso era siempre de madera y se sujetaba mediante cuñas, también de madera, entallas a presión a golpes maza. Por lo que suponía y significaba había que asegurar a toda costa al cerdo.

Ya está la casa, con sus anejos operativos, terminada y preparada para recibir los distintos enseres que utilizarían sus habitantes. Estos eran tan escasos que a veces no llegaban ni a ser los imprescindibles, pero los que había se les daba la máxima utilidad, cumpliendo todos ellos la función para la que habían sido fabricados. Mentalmente entraremos en la casa recién construida y amueblada e iremos señalando los distintos “trastos”, como por allí se decía a los enseres con cierto tono despectivo dado su escaso valor físico.

Penetramos en el zaguán, que a la vez hace de cocina, cuyas dimensiones pueden ser de 6 x 3 metros, aproximadamente. Justo detrás de la puerta de entrada, colgada de una estaca a buena altura se observa una escopeta de avancarga, de un solo cañón, así como los útiles complementarios de la misma. Unos centímetros más adelante, sobre un corcho, hay una palangana de latón esmaltado de color blanco, con numerosos despostillones por todos lados. Dentro de la misma se observa un trozo de jabón casero tapando en parte una flor roja que aparece dibujada en el fondo, y por encima, sujeto a la pared con varios clavos, un trozo de espejo; al lado de éste, también suspendido de un clavo hay un trapo oscuro que hace la función de toalla y una bolsita de ganchillo de color azul de cuyo interior asoma un peine negro al que le faltan varías púas. En el rincón de la derecha según el sentido de entrada, desde el punto de arranque de la escalera que conduce al piso de arriba hasta el rincón, existe un pequeño hueco y en él observamos varias herramientas almacenadas, tales como una azada, un azadón, un zacho, un calagozo, una horca de cuatro dientes, un hacha muy afilada, una marra y junto a la misma dos o tres cuñas de acero, una azuela, una sierra de mano, un pico, una pala, un legón y una guadaña, y sobre todo ello, colgado en la pared, una barrena y una hoz con sus correspondientes complementos, entre los que destacan dos cuernos de toro acondicionados para llevar en ellos sal, aceite y vinagre (estos dos elementos se ponían juntos, pues al no ser miscibles se podían sacar y usar de forma independiente) que eran fieles compañeros de las faenas agrícolas veraniegas para poder hacer el gazpacho, comida refrescante y, muy habitualmente, única posible por su simplicidad y bajo coste; un poco más al lado también hay una criba, un zurrón y dos o tres astiles de distintos gruesos a medio hacer. Junto al zurrón hay colgada una garrota de buen tamaño hecha con un tallo de acebuche. A continuación está la escalera y debajo la alacena o fresquera, que no abriremos pues solo contendrá un poco de aceite, algún cacharro con garbanzos, un poco de tocino, unas cuantas patatas, si acaso unas cabezas de ajos y una ristra de pimientos secos, el pan del día y poco más.

En el rincón seguido, medio metida bajo el hueco de la escalera, hay una mesa camilla bastante desvencijada, sin faldas, y bajo la misma una tarimilla muy vieja con múltiples marcas de quemaduras. En el agujero del centro se observa un brasero vacío cubierto por una alambrera medio aplastada y en el interior una badila. Alrededor de la misma hay tres sillas de madera y eneas ennegrecidas y rozadas. En una de las paredes, detrás de la camilla, en el correspondiente hueco-repisa se ven empinados cuatro o cinco platos de cerámica, casi todos ellos despostillados y de distintos tamaños, con algunos motivos dibujados en sus centros y bordes, predominando el color verde, por lo que posiblemente estén fabricados en El Puente del Arzobispo (Toledo). Delante de ellos dos tazones, también de cerámica, colocados boca abajo y en el centro de ambos, una copa de cristal de gruesas paredes con sus aristas muy rozadas y del tamaño de un cáliz. Se ve que es una pieza muy antigua, sin duda ha pasado por herencia de generación en generación. También hay un vaso de buen tamaño tallado en madera y otro vasito muy pequeño de cristal con la capacidad de una copa pequeña, sin duda es el utilizado para invitar a tomar aguardiente a cualquiera que llegue a la casa en días señalados, tal como cumpleaños o el día de la matanza, copa de aguardiente que será obligado acompañarla, siempre que sea posible, de una exquisita perrunilla de las “del deo jincao” elaboradas por la dueña de la casa y cocidas en el horno del pueblo. (Este tipo de perrunilla, así denominado en Cabañas y otros pueblos de los alrededores, es extremadamente grande y gruesa, llevando en el centro un hoyo que se rellena de azúcar y está hecho con el dedo pulgar, de ahí el nombre. Dado que entre sus ingredientes está la manteca de cerdo, que las hace muy pesada, al unirse con el aguardiente, que no le iba a la zaga al alcohol de farmacia, era normal que quien tomara el combinado sufriera durante toda la mañana más ardores que una cabra harta de tomillo. No obstante, se aguantaban, y si era preciso o posible, se repetía, de esa forma se quitaban los ardores del primer lance, que no era poco.

En la pared frente a nosotros se abren dos puertas, correspondientes a las dos habitaciones dormitorios. Cada una de ellas tiene colocada una cortina de un trapo oscuro mil veces lavado. Entre ambas puertas, se extiende un poyo donde descansan dos cántaros de cerámica y otro de pequeño tamaño de cobre, todos con sus correspondientes tapaderas de corcho (denominadas “torteras” por similitud de forma y aspecto con las tortas. Sin embargo a un chico u hombre bruto o burdo se le denominaba peyorativamente “tortero”). Un cubo de cinc muy abollado y a su lado una caldereta de hojalata con una larga cuerda atada al asa para sacar agua de los pozos. Junto a ella hay un botijo de cerámica color rojizo y que ya perdió el piporro propiamente dicho y colgado justo encima, otro botijo de era o de carro suspendido de su cordel.

Como a un metro de altura, sobre todos estos recipientes hay clavada en la pared, con una pequeña punta, una estampa de la Virgen de Guadalupe y a su ladoa, una foto amarillenta, enmarcada pero sin cristal, del mismo tamaño, correspondiente a un soldado con el uniforme utilizado en Cuba por nuestro Ejército Colonial, fechada en La Habana en 1898. Se supone que la foto se realizó en los primeros días de dicho año, pues de inmediato estalló la Guerra que puso fin a nuestro imperio y no habría mucho tiempo para poses.

En el centro de la pared de la izquierda está la lumbre y junto a ella una trébede (las estrebes, como allí se llamaban). A su lado una tenaza propia para mover los tizones, y al lado del fuego un puchero tapado del que sale vapor y desprende buen olor, posiblemente se estén cociendo en él los garbanzos con un trocito de tocino, que no se comerá y será guardado para que al día siguiente sirva de comida, con un trozo de pan, del padre mientras esté trabajando en el campo o cuidando ganado, y unos centímetros de morcilla de lustre: Es el popular cocido, bastante pobre éste en ingredientes, pero cocido en definitiva. Colgado de las llares hay un caldero de hierro con agua caliente que desprende un ligero vapor. Delante del “fogal” está colocado boca abajo un cajón de madera, de unos cincuenta centímetros de altura, que hace de mesa, y sobre él cinco cucharas. En torno a la improvisada mesita de comedor hay cuatro asientos de corcho y una silla muy bajita destinada en exclusiva para uso de la dueña de la casa y que en su día, pegada a la pared, junto al fuego, será el asiento del más anciano de la casa, o sea, al abuelo. (Es indudable que la familia que ocupa la casa está a punto de comenzar a comer… si no les quitan antes la comida las moscas, pues hay tantas que si todas se pusieran a volar hacia arriba a la vez, levantarían la casa en el aire sin dificultad alguna). En la cornisa de la....../.......

Castillo
Fecha: 22/12/2011
Hora: 16:36
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Cabañas: Viviendas y enseres (6)

PARTE 6ª DEL COMENTARIO “CABAÑAS: VIVIENDAS Y ENSERES”.-
chimenea se observan dos o tres tazas de pequeño tamaño y unos botes de corcho conteniendo laurel, sal, pimentón, etc. En uno de los ángulos de dicha cornisa está colgado el candil de aceite, ahora apagado, naturalmente. A un lado de la chimenea, en un hueco practicado en la pared están colocados tres o cuatro platos de latón esmaltados en blanco con el borde azul, un par de pucheros y una olla, así como unos vasos de hojalata y en uno de ellos que está boca arriba hay varias cucharas, tenedores y un cuchillo de reducidas dimensiones. Bajo esta estantería y en el mismo rincón, sobre un poyo en diagonal, hay una pequeña tinaja tapada con un trozo circular de corcho y un vaso de hojalata encima. Es la destinada a contener el agua de beber. Al lado de ella hay otra un poco menor que sirve para endulzar las aceitunas. Al otro lado de la chimenea hay colgadas de clavos en la pared tres sartenes de distinto tamaño, una de ellas tiene tres patas incorporadas, y una más con múltiples agujeros en su fondo destinada a asar castañas o bellotas, y junto a las mismas, también colgadas, hay una espumadera de hierro y una especie de espátula del mismo metal, sin duda fabricadas ambas en la fragua del pueblo, y del mismo clavo de la espátula, un manojo de orégano seco para a aderezo de las aceitunas y otros remedios. Dicha espátula llamada “rallaera”, servía para cortar la masa a la hora de hacer el pan, raspar la artesa y demás, (hubiera sido más propio llamarla “raspaera” o simplemente espátula, pero era una palabra no contemplada en el vocabulario de esta población). También hay suspendido de una estaca un cincho de hojalata para hacer quesos. Debajo, en el rincón, un recogedor de hierro y una escoba de lantisca y un cucharro de corcho con un fregón y jabón casero, utilizado para lavar los cacharros de comer en el barreño que está al lado. Del techo de la cocina cuelga “la enramá”, de la que ya se habló, y que actualmente está vacía esperando la próxima matanza.

Atravesando la puerta que da acceso a la habitación de la derecha se observa una cama, no demasiado grande, montada sobre apoyos de madera de un metro de altura que sostienen unas cuantas tablas, de grosor considerable y que hacen las veces de somier. Sobre ellas hay un colchón de lana de oveja cubierto con sábanas de lino tejidas en los telares del pueblo y, sobre ellas, una o dos mantas de tiras o “tiranas”, que se tejían haciendo tiras a los trapos viejos, las que una vez debidamente torcidas a manera de cuerda con la que se formaban ovillos, pasaban a los telares. (Realmente eran trapos viejos e inservibles que se reciclaban, de los que se obtenían mantas muy vistosas y elegantes, aunque abrigaban poco y resultaban pesadas). Bajo la cama se divisa una bacinilla de cerámica y en la pared, sobre la cabecera, hay colgada una cruz de madera algo carcomida, sin Cristo; a su derecha un clavo con algunas manchas de aceite unos centímetros por debajo, por ser el lugar destinado a colgar el candil a la hora de ir a la cama. A los pies de ésta, en el suelo y junto a la pared, descansa un baúl de madera y chapa, seminuevo, que contiene las escasas ropas del matrimonio. Sobre el mismo hay doblada una manta de paño y un viejo capote militar. Un poco más arriba del baúl hay un sombrero nuevo colgado pendido de un clavo y un pañuelo de cuello sobre el mismo. En una de las vigas del “doblado”, en la vertical del lateral derecho de la cama, se observan dos anillas de hierro fuertemente clavadas, pues son las que están destinadas a sostener colgada, en su momento, la cuna de corcho que está apoyada en una pared. (La gran mayoría de cunas para los bebés eran de corcho, ya que el alcornoque es un árbol muy abundante por la zona, y consistían en un semicilindro de dicho material cortado longitudinalmente siguiendo un plano imaginario que pasaba por el eje de revolución).

En la otra habitación, que al igual que la anterior sólo recibe la escasa luz que logra franquear la puerta a través de las cortinas de trapo, hay una cama apoyada en unos tajos cilíndricos de tronco de encina. El somier también es de tablas, pero el colchón es un simple jergón relleno de paja. No tiene sábanas, estando cubierta con una manta de paño bastante raída, y se observan dos almohadas, una en la cabecera y otra en los pies, pues los tres chicos de la casa duermen juntos: Los dos más pequeños en una almohada y el mayor en la otra. A medida que vayan llegando nuevos hermanos a la familia, los pequeños llegados irán ocupando el espacio que dejarán vacío los hermanos mayores en la cama, que pasarán a dormir sobre sacos de paja en los sobrados. (En familias muy prolíficas (*), que no eran escasas, los sobrados llegaban a convertirse en almacenes de adolescentes y mozos. A los pies de la misma, en un rincón, hay un cajón tapado con un trapo, que contiene la ropa de los tres hermanos. En otro rincón hay una vara y en uno de sus extremos tiene una pequeña cabeza de caballo hecha de corcho del que pende una cuerda a manera de riendas. Es el juguete preferido del hermano más pequeño con el que recorrerá, colocado entre las piernas y azuzando a su caballo, todas las calles del pueblo varias veces al día.

(*).- Ciertamente había familias con proles muy numerosas, pero también es cierto que la mortandad infantil era elevada. En Cabañas se dio un caso en este sentido, que se cita como ejemplo extremo y trágico a la vez, de una madre que alumbró a dieciséis hijos y murieron todos sin llegar a alcanzar la edad adulta).

Seguimos con la visita de las casa y subimos la escalera, encontrando que todo el espacio superior es una estancia sin división de clase alguna. Los dos ventanucos, única luz que tiene, a parte de la que entra por entre las tejas, dan a la fachada principal y no tienen cierre alguno. A medida que se vayan recogiendo las cosechas, los distintos granos se irán amontonándose en los diversos rincones y junto a las paredes, así como las bellotas que se recolecten (casi siempre hurtadas) para el cerdo. Como utensilios aparecen una artesa apoyada en la pared, en la cual se amasa para hacer el pan, y sobre ella, a bastante altura para que los pequeños no puedan alcanzarlo, envuelto en un trapo y atado con una cuerda, de cuya lazada pende de un clavo, un enorme cuchillo. Es “el cuchillo de matar”, como se llamaba, sin más connotación que la referida a la muerte del cerdo de la matanza, y nada más, claramente. Un poco más allá hay una cuartilla y encima un celemín. También un castillejo o castillete para niños, que viene a ser como un taca-taca actual pero sin ruedas. Por último colgado de un clavo de una de las paredes hay una enorme sierra para ser manejada en vaivén entre dos hombres. Debido a su enorme tamaño la gente había cambiado el género y decían “sierro”, y a veces, en aumentativo “sierrón”, pues realmente lo era. Colgada de una de las tablas de chilla que sostienen las tejas hay una jaula hecha con finas varetas de olivo, bien peladas y alisadas, destinada a albergan una perdiz o perdigón, y al lado cuelgan de un trozo de alambre unos cuatro o cinco cepos de ballesta para pájaros, llamados maulas, toda vez que son trampas que se ocultan bajo una fina capa de tierra dejando a la vista sólo el cebo, con el fin de engañar a las aves. En la pared del fondo hay colgadas dos o tres cestas de mimbre de diversos tamaños y un cesto del mismo material para transportar la ropa al río para ser lavada.

Y esto es todo. No es posible invitar a nadie a vivir un tiempo en una de estas casas porque, como se dijo al principio, ya han sido derribadas o reformadas, pero lo cierto es que de poderse realizar constituiría una experiencia extraordinaria, pues nos ayudaría a valorar en su justa dimensión todo cuanto hoy poseemos, incluso nos haría ver la nimiedad de los problemas que nos presenta de vez en cuando la vida y que tanto nos agobian, al compararlos con la problemática que se veían forzados a soportar durante toda su existencia nuestros antecesores, pues ellos no tenían problemas en la vida, su problema era la vida misma, y lo superaban.

dionisio tejero martin
Fecha: 09/05/2012
Hora: 20:42
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Ca, d, cas.

En este pueblo, monumento civil o militar, RETAMOSA, ROTURAS, SOLANA.




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