El corazón de Carlos el Malo
A. I./
Si miramos el altar de la iglesia de Santa María de Ujué, en la pared izquierda apreciaremos un hueco. Desde el siglo XIV allí se guarda, dentro de una vasija de vidrio, el corazón del rey navarro Carlos II el Malo (se peleó sin mucho éxito con los reinos de Castilla, Inglaterra y Francia y además le falló el marketing: el sobrenombre se lo pusieron unos viperinos cronistas franceses, y así se le quedó). En Ujué probablemente caía mejor: ordenó construir la actual iglesia gótica, la rodeó con el paso de ronda y con cuatro torres almenadas -hoy quedan sólo dos-, mandó revestir de plata la talla románica de la Virgen y hasta empezó las obras para fundar aquí una universidad. Este último proyecto se canceló porque las oleadas de peste y las campañas bélicas internacionales agotaron los recursos del reino. Pero su devoción por Ujué se prolongó hasta las últimas voluntades y hasta rozar la casquería, cuando pidió que depositaran su corazón en la iglesia de Santa María (y que llevaran su cuerpo a la catedral de Pamplona y las vísceras disecadas a Roncesvalles). Los descendientes de Carlos II el Malo también mantuvieron ese fervor por Ujué. Su hijo, Carlos III el Noble, construyó el Palacio Real en Olite y desde allí organizó frecuentes peregrinaciones hasta la villa serrana. Siguieron con esa costumbre la reina Blanca de Navarra (que pidió ser enterrada en la iglesia de Ujué, aunque al final no pudieron darle el gusto) y su hermana Leonor (que además liberó de impuestos a los vecinos). Así nacieron las famosas romerías que todos los años suben hasta el pueblo.
El Diario Vasco 24 de julio 2007