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E U S K A L - E R R I A.
OLITE EN UJUÉ.
(RECUERDOS E IMPRESIONES.)
Unicamente pueblos que conservan muy viva y ardiente la fe religiosa pueden proporcionar la ocasión de que se escriba una frase como la que va por cabeza de este escrito. Se trata del verdadero Exodo religioso de una población, de su salida en masa sin distinción de edades, ni sexos, ni categorías, del abandono voluntario de los hogares, no para correr a una fiesta, no para recrear el ánimo, no para procurar lucros, sino para tocar la cumbre de una elevada montaña peregrinando por ásperos e inhospitalarios caminos, y al llegar á ella, más cerca ya del cielo, depositar ofrendas, elevar votos, derramar lágrimas ante una milagrosa y milenaria imagen de la dulcísima María.
Todo preparaba al ánimo a recibir puras impresiones, y a la memoria a guardar imperecederos recuerdos. En medio de la callada noche, el repique de las campanas, la vibrante llamada de los bronces; más tarde, la Misa en San Pedro, acompañada por los cánticos del Rosario, la muchedumbre de rodillas, las naves del templo henchidas de solemne oscuridad; luego la portada del convento de San Francisco iluminada alegremente, las majestuosas ruinas del palacio Real de Olite, cortando la transparencia de la azulada atmósfera, y bañándose en el tenue fulgor de oro de las estrellas; después hacia la parte de la ciudad un murmullo, una salmodia grave, que se acerca y crece, acordes de música, coro de frescas voces femeninas que como la alondra parecen anunciar el cercano dia, encendidos faroles, lúgubres entunicados que llevan á cuestas pesadas cruces de madera, hábitos grises de frailes, estandartes, banderas; todo ello pasa y toma el camino de los campos, y en ellos se pierden personas, cánticos y luces a la vez que la rosada aurora se enseñorea del cielo.
Las cofradías y fieles que en procesion desfilaban se habian citado en sus respectivas parroquias, donde oyeron misa, comulgando muchos; los Sres. párrocos subieron al púlpito, explicaron el orden en que habían de marchar los romeros, recomendando el mayor orden y compostura, y recordando el poder de la oracion y de la plegaria, les manifestaron lo que a la Virgen de Ujué convenía que pidiesen.
Las siete y media de la mañana serian poco más o menos, cuando los romeros comenzaban a llegar a la cruz de piedra esculpida que se alza como a un cuarto de hora de Ujué. Por las tortuosas encañadas de aquellas áridas y secas montañas venia avanzando la muchedumbre en grupos más ó ménos nutridos, que entonaban cánticos religiosos.
Al llegar a las gradas de la cruz, muchos de los romeros y romeras que no lo habian hecho al salir de Olite, se descalzaban. A pesar de las tres horas y media de marcha por agrias cuestas y accidentados barrancos, los peregrinos caminaban airosamente, proclamando el vigor admirable de la raza, que no desmentian tampoco las animosas mujeres, cuyas filas nutrian delicadas señoritas. El sol no habia roto todavía los velos de la bruma matutina; pero una luz diáfana y pura, propia de los campos de la Ribera, inundaba los dilatados espacios, casándose armoniosamente con el perfume del tomillo y del romero, y con los gorjeos de las aves.
En la cima del enhiesto monte, colgado por las abruptas pendientes, como si fuese a rodar a los abismos, aparece Ujué: una torre almenada lo corona; parece de una torre feudal, de una fortaleza de la Edad-Media; pero no... el volteo de las alegres campanas que lanzan sus clamores desde ella, revelan que aquel edificio es la iglesia.
A las nueve penetra la romería en el pueblo; figuran en ella la Cofradía de San Pedro (de la parroquia del mismo nombre); la del Corazón de Jesús (de las Monjas de Sta. Engracia); la Asociación Josefina (de la parroquia de Santa María), la Hermandad del Santo Sepulcro (de la misma), la de San Isidro, Asociación de San Luis, la Orden Tercera, la Comunidad de Franciscanos, el clero secular. Preside el Ayuntamiento, cuyo pendón lleva el síndico. Sigue la música de la Ciudad, y detrás se apiñan las mujeres, que llevan por cabeza a las hijas de María, y marchan en el mismo orden que los hombres.
El efecto que hace la peregrinacion al desembocar por el arco de la escalinata es profundo; aquellos hombres rudos y altivos de ordinario, que se encorvan bajo el peso de la cruz; aquellos pies polvorientos que dejan gotas de sangre sobre las losas; aquellas entusiastas mujeres que entonan un himno de amor, mostrando en sus trajes y rostro las huellas de una penosa caminata; la música, el repique de las campanas, los cohetes que estallan en el aire, las aclamaciones que se dirigen a la Reina de los Cielos, como si realmente se verificase un desfile ante su corpórea presencia; aquel alarde de fe varonil, aquellas actitudes de humildad, aquellas explosiones de inmarcesible esperanza, hablan el más sublime de los lenguajes; el edificio de las pasadas edades atestigua la perpetuidad de nuestras tradiciones; la atracción del cielo obra sobre nuestras almas; los velos de la materia se rasgan por un instante y gozamos de la inefable libertad del espíritu; el enternecimiento nos hace llorar, y las lágrimas que resbalan por ciertos curtidos rostros, valen más que todos los diamantes de la tierra.
La peregrinación penetra en la iglesia, que es espaciosa y clara, construída en dos épocas diferentes; así lo revela su arquitectura doble, románico-bizantia en la parte más antigua (siglo XI) y ojival en la más moderna (siglo XIV). (1) Una vez allí comulga un buen número de romeros, y todos ellos saludan devotamente a su amantísima Vírgen de «Usua», que contempla arrodillada a sus plantas a otra generación de nabarros, tan rendidos hijos de Ella como los bascones de hace «mil» años.
Después de trascurrida media hora de descanso, es decir, a las diez de la mañana, se dijo la misa cantada por la Comunidad, oficiando el Sr. Vicario de Santa María. El tema del sermón, discretísimamente escogido, versó sobre lo sobrenatural y divino que resplandece en todos los hechos referentes a la aparición de Nuestra Señora de Ujué, confundiendo, en un rasgo de soberbia elocuencia, a la impiedad moderna con el testimonio de tan espontáneas y unánimes manifestaciones populares. Los R. R. Frailes cantaron una misa de nuestro popular e inolvidable Mariano García, con maestría que excede a toda ponderación, siendo también muy digna del conjunto la ejecución de la parte del órgano, que por cierto, es un hermoso instrumento.
La misa puso fin á las funciones religiosas de la mañana y los romeros se esparramaron por el pueblo, a reponer sus fuerzas. Aquí se manifestó uno de los rasgos más elocuentes del fervor religioso de la romería de Olite. A pesar de la aglomeración de gente que siempre favorece los desórdenes, de la promiscuidad de sexos y condiciones, del carácter bullicioso, alegre y chancero de los ribereños, de su apetito y «sed» justamente proverbiales, no se oyó una expresión torpe, ni un grito descompuesto, ni se vió un gesto reprensible. La más grande y segura de todas las fuerzas coactivas, la conciencia, refrenó todos los impulsos y ennobleció todas las expansiones; hubo alegría, pero alegría honesta, alegría cristiana, digna del acontecimiento que la provocaba y del lugar que era testigo de ella.
Desde la parte más elevada de la meseta de Ujué y desde la elevada torre fuimos algunos a lanzar una mirada de amor, a la vieja y gloriosa tierra nabarra. ¡Qué inmenso, qué inenarrable espectáculo!
La grandiosa llanura de la Ribera perdiéndose en la llanura aragonesa; tan ilimitadas ambas, que parecían el mar; el gigante Moncayo, las azuladas sierras de Soria, de Burgos y de Bizcaya por un lado; de otro los montes de la merindad de Estella, Monte Esquinza, el bravo Montejurra, como un centinela, las estribaciones de la sierra del Perdón y de Alaix, las alturas del Carrascal, el gallardo cono de la Higa de Monreal por otro; en distinta dirección, el curso del Aragon, a su izquierda la sierra de Leire, más grande por los recuerdos y las glorias que albergan sus repliegues que por su ingente mole, la Foz de Salvatierra, colosal portillo abierto en la roca viva, y por encima los salvajes montes de Aezcoa y Roncal, la blanca línea de las nieves casi perpetuas, la sucesión de picos escalonados desde el Pirineo Basco, Orhy, Ainie, Sumport, el Vignemale, los gigantes de piedra y nieve, los puertos de Canfranc, de Jaca, y al alcance de nuestra mano, como quien dice, los riscos escuetos de Sos, las desiertas asperezas de la sierra de Peña.
A las tres regresaba la peregrinación por el camino de San Martín de Unx; el sol quemaba; numerosos carruajes y caballerías seguian a la procesión que iba bajando la montaña, siguiendo los zigs-zags de la carretera. A las nueve y media de la noche llegaba a Olite y a las diez se oía cantar a los romeros de San Pedro las letanías con robusta y entera voz cuando se retiraban a su parroquia.
Así como los cuerpos conservan el sello de los antiguos nabarros, la robustez, la agilidad, la dureza, la resistencia, las almas han conservado la inspiración de las más portentosas hazañas, el fervor religioso; en vano el tiempo nos ha arrebatado muchos y valiosos elementos externos de nuestra especial civilización, la independencia nacional, la monarquía privativa, las Cortes indígenas: no nos ha arrebatado la fe que vive en nuestras almas, como el fresco manantial en los senos de la ruda montaña. Mientras viva, Nabarra será Nabarra, las más remotas esperanzas serán posibles y no arrastrarémos otras cadenas que las que son trofeo de nuestras armas.
ARTURO CAMPION.
(1) Véanse los preciosos «Recuerdos de Ujué», de D. Juan Iturralde y Suit, que acompañados de algunos dibujos que les anteceden, se publicaron en la pág. 74 y siguientes del tomo XII de la EUSKAL-ERRIA.