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Respuesta al mensaje, enviado el 22/03/2012 a las 14:09 por Las Matas:
Una de mis mayores alegrias en aquellos tiempos, era la época de los cangrejos. Siempre andaba detrás de mis padres para que me sacarán el carnet de pesca. Al final un año me lo sacarón y fue tanta la ilusión que aún lo conservo. Si entre tantos papeles lo encuentro, igual lo cuelgo. Ya veré. Además fue por aquella época cuando los cangrejos empezaron apareciendo flutando en el río. Y los que se cogian vivos, algunos no llegaban a casa.
Fue pena, una pena muy grande...
Me encantaba ir al río,...
Hola, foreros de Bustillo y de La Nuez (sí, la de Arriba); no me cabe la menor duda de que con las explicaciones de Las Matas sobre el negocio familiar de la confección del queso a más de uno os habrá venido a la cabeza la idea de hacer un hermoso queso casero.... "para que no sea dicho". No os quepa la menor duda de que hay cosas "de peores", que dicen por estas tierras de acogida que he aprendido a comprender y a valorar.
Las Matas, son tan minuciosas tus explicaciones y tan claros tus recuerdos que yo he tomado nota de ciertos detalles que tenía ya aletargados en los repliegues más ocultos de la memoria. Por ejemplo, lo de mimar al queso lavándolo una vez a la semana con suero da la impresión de tratarse de un "señor queso", solícitamente atendido y realmente mimado. ¡Jo, y hasta quitarle el sudor a diario en las cálidas tardes de verano, cuando el pobre se derretía de calor! ¡Contento tenía que estar el señor Chato!
Cuando yo veía a mi abuela dar al vuelta a los quesos de la tabla colgada en la despensa, tal como tú nos lo cuentas, entonces yo no veía más que una simple maniobra para poner el queso al oreo. Ahora, con tu relato, y por una simple asociación de ideas, me viene a la memoria la escena de san Lorenzo asándose en la parrilla y diciéndoles, tan cachondo, a sus verdugos: por esta parte ya está bien, dadme la vuelta e id comiendo. ¡Qué, macabro, ¿no? ¡Ése sí que tenía más cuajo que el queso!
Bueno, respecto de la venta de los corderos, el bar "Valdeajos" (¿no es uno que se encuentra en la calle San Pablo, cerca de la plaza del sur, es decir, cerca de la estación de autobuses?), las cosas del tintero, el suero calentado para la obtención del requesón, la trilla con tractor, la pesca del cangrejo y otros cuantos etcéteras más se podría escribir un libro entero, pero sólo me fijaré en lo de la trilla.
Sí, porque después de la comida (que era cuando solía comenzar la faena de la trilla), y cuando el sol de justicia de los veranos burgaleses en julio y agosto te iba derretiendo poco a poco los sesos a través del sombrero de paja, entornabas primero los ojos y terminabas cerrándolos por completo. Eso unido a la monotonía de ir mirando constantemente la retaguadia de las vacas por si les surgía una necesidad fisiológica y había que aplicarles el utensilio ad hoc, hacía que irremisiblemente se te hicieran los ojos pequeños y terminaras cayendo en los brazos de Morfeo sin poderlo remediar. ¿Qué sucedía entonces? Que las vacas, sin que tú te percataras de ello, o hacían sus compactas deposiciones en la parva, o una especia de tsunami de orines te salpicaba las piernas con lo cual despertabas despavorido. Lo usual es que te llevaras una reprimenda, pero si tenías la mala suerte de ser reincidente, podías encontrarte, asi, como quien no quiere la cosa, con un buen pescozón o un pistorejazo que decía mi abuelo, palabra que no he visto reseñada en ningún diccionario.
Dios me libre de juzgar mal a mis abuelos por aquellos pistorejazos; sé que no eran fruto de la ira, sino que estaban movidos por la noble intención de despejarle a uno las ideas para que estuviera más atento a las vacas que movían el trillo de forma cansina, una vuelta tras otra, en esa especie de rueda del eterno retorno.
Ahí quería yo haber visto a Victaria, a través del túnel del tiempo, cantando al amor bajo los abrasadores rayos de sol y haciendo concesiones al Eros y al Agapé; ahí quería yo haberte visto a ti, con tu Barreiros, machacando la parva a buen ritmo, arrastrando un par de trillos y la escasa chiquillería de la aldea celebrándolo encima de ellos. Claro que, si en mi tiempo hubiera aparecido un Barreiros en las eras, la gente lo habría mirado con prevención como si fuera un artilugio venido de otro planeta. ¡Qué tiempos! Cuando el primer tractor entró en Bustillo, ya hacía muchos años que a mí me habían desarraigado de ese lugar de mis recuerdos infantiles.
Bueno, ahora sí que corto porque no es cuestión de escribir el libro hoy mismo. Os saluda Chindasvinto
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