LA RUTA DE PEÑAS ARRIBA
Esta era la ruta de “Peñas Arriba”, el épico relato novelado del escritor costumbrista cántabro José María Pereda; y, el Nansa, el río que nos orienta a lo largo del abrupto camino. Es toda ésta, además, hasta Polaciones, tierra de trovadores y tierr
Esta era la ruta de “Peñas Arriba”, el épico relato novelado del escritor costumbrista cántabro José María Pereda; y, el Nansa, el río que nos orienta a lo largo del abrupto camino. Es toda ésta, además, hasta Polaciones, tierra de trovadores y tierra de rabeles. Aquí, cualquier persona de alguna edad nos recitará de corrido una de esas historias que narran sucedidos y hazañas de héroes populares, pastores o lobos, de festejos y acontecimientos memorables; o nos deleitarán con unas tonadas al rabel, instrumento pastoril de origen árabe, que tañe con unos tonadas cuerdas y unas “serdas” de caballo, a la puerta de cualquier casa o tal vez al calor de la lumbre de una de las “glorias” o cocinas típicas de la zona.
Si la ruta, una vez remontado el Nansa, nos deja en Carmona, al otro lado del valle de Cabuérniga y al pie de la famosa Collada, que también nos puede llevar, desde Valle, hasta allí, estaremos ya admirando uno de los lugares más típicos de Cantabria; y lo podemos hacer antes desde el mirador asomado del Ribero en la misma Collada. El palacio de los Mier y los Cosío, convertido en mesón, destaca sobre el caserío.
La carretera recién reformada, nos lleva a Puentenansa, en dirección oeste, y, aquí, tomamos rumbo al sur, hasta el inmediato Cossío, de apretado caserío, punto donde, además de admirar, no sin cierta sorpresa la casa almenada, obra de un potentado del lugar, indiano, decidir la ascensión, siete kilómetros de recorrido, a la aldea de San Sebastián de Garabandal, lugar de supuestas apariciones marianas y de constante peregrinar de devotos de todos los rincones del mundo, a lo largo del año. Una visita al alto enclave, la inevitable interrogante que su ambiente ofrece, con casas y solares ocupados o en venta, por extranjeros, y regreso al punto de partida.
Peñas arriba, con el Nansa, se van sucediendo lugares como Rozadío o el Robacío de la novela, Sarceda luego, a un lado; en la altura, Santotís o el Santitos perediano; La Lastra y Tudanca. Aquí, hemos de hacer parada y fonda. Aldea singular arrebujada en los pliegues de la montaña, en que se alza la casona de los Cuesta, La Casona, sin más, eje de la épica perediana, plena de recuerdos y archivo de una larga ejecutoria literaria española, por amor y gracia de la obra de su último señor, José María de Cossío.
Gentes sencillas, clima duro, costumbres inalteradas, ambiente recoleto...
Es Tudanca, la cabecera de una comarca imaginaria, casi, de la que reciben nombre los ganados vacunos autóctonos, esa vaca que, como decía Víctor de la Serna parece “una figurita de Copenhague” y con quién también comparten nombre río y valle.
Vestigio de una vida ancestral es el llamado “Prau Conceju”, predio comunal que, cada año, se reparte entre los vecinos, mediante sorteo, para su explotación en siega... Y que tiene, como medida de los lotes, una vara, la vara precisamente, de una especie de narria o trineo que aquí se llama “basna” útil imprescindible para acarrear la hierba y transportarla ladera abajo. No será difícil hallar en cualquier rincón del pueblo arrumbado uno de estos elementos etnográfico de gran interés.
El último tramo y más empinado de la ruta, lleva de La Lastra el valle alto de Polaciones, “buena tierra, donde nieva de continuo, y aquel que no mata lechón, tampoco come tocino”, en que el hombre ávido de agua, construyó el pantano de La Cohilla. Vida dura ésta impuesta por el clima; recia gente, buen talante; e historia: Puente Pumar, Unzayo, Lombraña, Tresabuela... La Laguna, Pejanda; Santa Eulalia; Salceda, Cotillos, Belmonte y San Mamés, comparten forma de vida. El ganado, la siembra de patatas, algunas hortalizas son la base de su economía. El paisaje es grandioso: Liébana un lado, Campoo al otro, las tierras palentinas desde el puerto de Piedrasluengas, y hermano, el Caos de Vejo, la imponente pared que nos permitió en constante zigzag sobre la vertical de una sima permanente atormentada, horadada en la mismísima roca nos permite alcanzar el objetivo y disfrutar de algo que resulta tan difícil, como la paz.
Es obligada la cita en este valle, y al pueblo de Tresabuela, a un jesuita influyente en la corte de Fernando VI, de quien fue confesor, el Padre Francisco Rávago, porque aquí vió su luz primera; y gracias a su influencia, en aquellos años del siglos XVIII, se consiguieron para la provincia caminos imposibles o un “estatus” tan importante como el de la diócesis santanderina, creado en 1754. En su humilde casa, sobre el dintel, es lo que queríamos decirte, puede leerse una curiosa leyenda: “Esta casa hizo Francisco de Rávago en 17... si quieres saber lo cuesta, hazte otra como esta”. ¡Así sin más!.
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